Opinión

Recuerdos rápidos del Prinzapolka y los miskitos


Ahí está imponente esperando el Prinzapolka, embelesador a raudales. Mansamente fiero da abrazos mortales a los miskitos que vigilan fielmente. Yo estoy aquí, quieto, con reverencia, viendo pasar y queriendo ir en su curso.
Me pregunto si existe un pacto antiguo entre los miskitos y el Prinzapolka, escrito con remo sobre el río, con la letra que sólo ellos leen, ilustrados en la ribera que el forastero no puede interpretar.
Supe que tukthan se traduce como niño en miskito, lengua hermosa y curiosa, pareciera que encierra misterio. Los tukthan desnudos muestran armonía con la naturaleza, una relación muy íntima impenetrable muy de ellos, confundidos sin poder tocarlos.
Con apetito el Prinzapolka devora los cultivos, para provocar hambre, pero también mata el hambre brindando un pescado, permitiendo el pijibay y el plátano. No hay panadería, ni parque, no hay ruido de carros, de vez en cuando un motor fuera de borda.
Lento a su tiempo se desliza un bote (chalupa dicen en otro lar), no hay prisa, nadie interrumpe al perpetuo tiempo sobre las aguas. Ensimismados van remando en la única vía. Solos sin soledad, ellos y el Prinzapolka, como sempiternos en el viaje.
Las mercancías de valor son: el plátano, el pescado, el pijibay y la “esperanza”. La última se vende así: compre una y lleve lo que le alcance. El TLC aquí no cuenta, las estrategias de aulas magnas tampoco. Aquí se intercambian mercancías valiosas, miradas, apretones de manos y saludos. No hay cheques ni depósitos en cuentas. Pero hay riqueza que nadie les compra: gripe por tonelada, alergias por kilos, parásitos a montón, niños desnutridos al por mayor. ¡Ay, si les compraran eso! Cuánto favor les harían, por lo menos un trueque por risas ya perdidas de los niños miskitos.
Todavía recuerdo la sonrisa de un niño sobre un tambo, era como un clarín, solemne ante una marcha de alegría, alertando sobre lo posible de la felicidad. Sólo se necesita que asome lo humano, despertar del letargo egoísta que lacera hasta el alma.
La modernidad entró, con ella la Coca Cola, los chiclets y meneítos, tan mágicos que parecen porque es lo único que el Prinzapolka en las crecidas no se lleva para siempre.
Se ha medido antropométricamente al Prinzapolka, desde Alamikamba deslizándonos en sus curvas hasta abajo como “Dos Amigos”. Midiendo al niño en la unidad de medida que todavía no se aprueba, medida entre el ser y no ser, desde la vida al otro lado incierto.
Niño al filo de la guadaña. La madre lo duerme pero él no respira, vivió para conocer el río pero no avisa la ida, eso no es de los padres; sólo el traerlos al Prinzapolka ofrecerlos, no en sacrificio sino en pago por los que quedan. El tallimetro, la pesa no hacen reír, no devuelven la vida, sólo miden cuánto queda. Quisiera que fuera el canto y la mirada del alma, como una huella sin raíces, triste de mostrar el rostro que no refleja nada, porque no hay nada que ver, sólo mucho por hacer.
¿Cómo entiendo el paso del tiempo en las proles miskitas?, si no saben la hora en que el sol les alumbró, su progenitora no sabe su nombre. El lóbulo frontal no es benevolente, destrozado por el hambre y la violencia intrafamiliar. Si abraza al pequeño apenas los percibe por la levedad de su ser.
Trece años son suficientes para la indiferencia social del abultamiento del abdomen de una muchacha. Sólo hay dos repuestas: una, ella quiso y dos, no se sabe quién fue. Violentada su inocencia en la ignorancia popular de los derechos. Después de los cuarenta la fertilidad no es importante, hay que saciar el sexo machista, provocando el “alto riesgo”, pero éstas no son palabras del dialecto miskito.
Pero siguen otros miskitos, con hambre de nacer, para pasar hambre y luchar por no morir de hambre. El capitalismo no compra el hambre, hace propaganda del hambre para saber que ahí hay mercado. La paradoja natural informa que el amanecer de los miskitos alumbra el mundo con su luz universal pero ellos no lo saben y los demás no saben de ellos.

* El autor es economista