Opinión

100 historias salvajes y para siempre


Eran unos elefantes. Siempre eran unos elefantes. No sé de dónde se los sacaba mi madre, pero aparecían cuando todo estaba perdido y acudían al rescate de un barco varado en un río de aguas poco profundas en medio del África. Entonces los marineros podían continuar el rumbo. A lo lejos los elefantes los saludaban con la trompa levantada.
Ese cuento era el que yo le pedía una y otra vez a mi madre, cuando de chico me entraba la fiebre. Mucho tiempo después, ella me confesó que no era un cuento de nadie, sino más bien espontáneo, hecho de variaciones improvisadas que debían aliviarme bastante del trago amargo de la fiebre. Hoy recuerdo aquellos elefantes con la misma ilusión para hablarles de más historias.
Como las que me ocurrían en el bus del colegio de Managua donde daba clases. Al subirme a él cada mañana, lo primero que escuchaba no era siquiera un “buenos días”, sino el grito repetido de tres chigüinas que se sentaban detrás de mí diciendo: “Un cuento profe, un cuento”. Les había acostumbrado peligrosamente a inventarles un cuentito temprano hasta llegar al colegio a esas tres pequeñas amigas que no levantaban poco más de un metro del suelo. El problema empezó cuando se me iban acabando las historias y tenía que hacer variaciones de la misma. Pero aquel público exigente no iba a caer en esa trampa por más tiempo, y hasta ellas se daban cuenta de que mi imaginación se agotaba, así que les pedía que ellas me inventasen el principio de las historias y yo se las continuaba, y así las fuimos contando juntos durante un tiempo.
Alguna vez también les hablé del día que yendo en taxi hacia la UNAN en un apuro, me topé con la mirada del taxista que no dejaba de escudriñarme con el ojo derecho. No sabía bien si se trataba de mi aspecto o qué otra cosa podía estar llamándole la atención, hasta que llegando a la rotonda de la Centroamérica me preguntó en carrera: “¿Qué libro está leyendo?” Entonces le enseñé la portada diciéndole el título. Eso bastó para que el hombre comenzara a platicar de sus lecturas. Y para mi sorpresa, me preguntó: “¿Usted conoce ese libro de La Ilíada? Es una historia salvaje. ¡Qué bárbaros esos majes!”
Les confieso que me sorprendí un poco de aquella conversación inesperada con un taxista lector de La Ilíada, una historia de más de dos mil trescientos años que aquel hombre leía como si fuera una novela de ayer. Entonces me hizo un resumen del principio hasta casi la mitad, donde había llegado. Él se quedaba dormido, según me contó, con aquellas historias y después soñaba a su modo con ellas. “Sueños salvajes”, no dejaba de repetir. Yo le agradecí que me recordara que cada vez que se abren las páginas de un libro hay que acudir con la inocencia de los niños.
Otra vez, en el barrio de San Judas, dentro de una casa a mediodía, bajo un techo muy cercano de cinc, y en un bochorno como no hay otro igual que el de las doce en punto en Managua, los gritos de una mujer rebotaban en ecos por toda la casa. “Leila, ¿que no me oís? ¿Acaso sos sorda?” La mamá se desesperaba llamando a la niña para que fuera a la venta. Pero Leila no daba señales de vida. Echamos un vistazo al patio y allí estaba la niña, sentada en el suelo con la espalda contra la pared bajo la sombra prestada de un almendro plantado tras el muro de la casa vecina y con un libro abierto en las rodillas. La niña no estaba sorda, simplemente no estaba. Se encontraba buscando a alguien en las páginas. Por fin los gritos fueron más fuertes y la niña reaccionó como despertando de un sueño. La mamá la trató allí mismo. En la carrera para la venta, le pregunté de qué trataba su libro. “De nada”, me contestó con pena. Y luego antes de irse me dijo: “Bueno sí, de un hombre que se pierde y lo están buscando”. Aquella niña con su libro en las rodillas era ni más ni menos que la “felicidad clandestina” de que hablaba la brasileña Clarece Lispector refiriéndose a la lectura, algo que no tiene comparación con nada en el mundo.
A la literatura no hay que mitificarla, sino más bien perderle el respeto, tenerla a mano, usarla, leerla. En un mismo acto se pueden mezclar la ternura, el egoísmo, el odio y hasta el amor, sin poder entenderlo de otra manera que no sea contando una historia. Eso ha sido desde siempre, desde las primeras narraciones orales, hasta los primeros escritos, pasando por la Biblia, y lo demás. Las mejores verdades se cuentan con la ficción de las mentiras. En la Nicaragua de hoy, suele suceder que hay más acceso a la lectura en poblaciones pequeñas que en las grandes ciudades (dícese Managua). Hay un enorme déficit de bibliotecas, sobre todo en Managua, y me refiero a bibliotecas que presten, que te dejan llevarte el libro a casa por una semana o dos y devolverlo para llevarte otro. Esta cultura del préstamo que tan buenos resultados ha dado en Colombia, sin ir más lejos, necesita de un trabajo de poco tiempo y de una infraestructura relativamente sencilla. En los barrios y municipios aledaños a Managua se dispone de locales que bien podrían servir de albergue de libros, con salas de estudio donde poderse reunir en grupos de trabajo y otros espacios para actividades comunitarias, artísticas, etc. Hace poco en Tipitapa un grupo empeñado en esto consiguió que el municipio se hiciera eco de una petición que ojalá se replicara en Managua con la misma intensidad. Pero se necesitan más bibliotecas de barrio.
Ahora pienso que en el fondo, la literatura, la gran literatura, es de los pobres, escrita y hecha, salvo algunas excepciones, y eso es como decir de todos. Hay quien dice que no sirve para nada. Pero hay también quien dice que la imaginación no necesita recrearse, alimentarse, porque tampoco sirve para nada. Juzguen ustedes de qué les sirve la imaginación. Para mí al menos, siempre ha tenido la misma fuerza y utilidad de aquellos amigos elefantes que mi madre se sacaba de la chistera en busca de un rescate. El barco de los marineros seguía su rumbo y a mí se me quitaba la fiebre. Yo al menos he creído en eso como una esperanza, y también como una compañía.
Disculpen el atrevimiento, pero a falta de invitaciones por correo, desde acá les invito personalmente a dialogar entre amigos de esto y de más cosas el próximo miércoles 26 en la Galería Códice de Managua, a las 7:00 p.m. También será el jueves 27 en Masaya, junto a Poeta Masaya a las 6:30 p.m. Será a raíz de la publicación del libro sobre Las 100 novelas para siempre. Una selección que hice en el Nuevo Amanecer por más de dos años no para la crítica literaria sino para contarles mi gusto por esas novelas.
Les espero allí. Podremos platicar muchas cosas, por ejemplo “de un hombre que se ha perdido y lo están buscando”.

franciscosancho@hotmail.com