Opinión

La jura de la bandera en el Colegio de Varones de Managua


Fue alrededor del año 1915 cuando en el Colegio de Varones de Managua, centro seglar, fundado por iniciativa propia de un grupo de destacadas personas­, se realizó la primera jura de la bandera en conmemoración de las Fiestas Patrias. Años después el gobierno decretó la jura de la bandera como oficial y obligatoria para todos los colegios de la República.
En aquellos tiempos todo era diferente, especialmente el apostolado tanto del médico como del maestro. Y era posible que ambas profesiones se unieran en la misma persona. Tal fue el caso de mi bisabuelo, el eminente médico graduado en la Universidad de San Carlos de Borromeo, Guatemala, José Dolores Mayorga.
Para conocer la calidad del apostolado de maestros y médicos podemos remitirnos a las crónicas del destacado jurista avecindado del barrio San Antonio, Alejandro Zúñiga Castillo (q.e.p.d.), recogidas en su libro “La Managua del ayer”. Dice Zúñiga Castillo que la capital ha sido fecunda en dar grandes profesores y maestros que con sus enseñanzas han nutrido cerebros que brillan en estos lares y allende de sus fronteras. Consagrados maestros, entre ellos podríamos enumerar a Gabriel Morales, apóstol de la enseñanza de párvulos. Uno cuya sapiencia traspasó las fronteras de la patria fue Miguel Ramírez Goyena, pedagogo múltiple en el conocimiento humano, creador de teorías científicas, escrutador incansable de métodos propios para resolver ecuaciones, estudioso de la flora y la fauna, cultivador de la poesía.
Zúñiga Castillo en su libro habla de los que han volcado el oro de sus arcas y sin reservas, entregado el caudal de sus almas generosas para bien de la juventud. A éstos se les recuerda con admiración, cariño, cual si sus nombres estuviesen incrustados en nuestro propio ser; no se pierden en la lejanía de la historia y con orgullo los citamos en cada ocasión en que transcurren pláticas constructivas. Asimismo están los otros, ­continúa reflexionando Zuñiga,­ que tantas veces pasan por la vida ignorados, olvidados, pero concurrentes, al hablar de altruismo; surgen como faros de luz para ser recordados y ser imitados en sus ejemplos de nobleza.
Una de estas personas fue Lorenzo Navarrete Dávila, de estirpe humilde, nacido en Managua, sin título profesional; de formación propia, llegó a amasar una regular fortuna consistente en una finca sobre el camino de Jocote Dulce, al suroeste de la ciudad.
Cuenta Alejandro Zúñiga que los Hermanos Cristianos de La Salle fueron traídos por el gobierno conservador hace 100 años, ellos fundaron el gran Instituto Pedagógico de Managua. Los liberales en respuesta, a su vez, fundaron el Colegio de Varones, que abarcaría según sus estatutos, los estudios primarios y secundarios previa autorización gubernamental. Este colegio fue el antecesor histórico del Instituto Ramírez Goyena. Se procedió a organizar la directiva del colegio, pero al solicitar la autorización, el gobierno la concedió sólo hasta el segundo año de bachillerato. La directiva aceptó la limitación, no obstante había que buscar un local para instalar el colegio. Inesperadamente Lorenzo Navarrete Dávila ofreció de gratis su casa ubicada en el centro de Managua. Don Lencho, como cariñosamente se le llamaba, no sólo dio su casa sino también dinero para amueblarla y dotarla de todo lo necesario.
Al Colegio de Varones de Managua se le conoció a nivel popular, indistintamente, como el colegio de los liberales, asimismo, como el colegio Mayorga; de esta manera se le agradecía y reconocía al director, José Dolores Mayorga, su valiosa y desinteresada cooperación, ya que ­jamás recibió sueldo alguno­ para que el colegio siguiera funcionando a pesar de las adversidades.
En cuanto al ejercicio de la profesión médica en la Managua del pasado, el mismo autor refiere que las clínicas médicas operaban generalmente en la misma casa del facultativo, en lugar separado de su interior, ahí mismo estaba el botiquín con su boticario. El médico generalmente se transportaba en un coche jalado por caballos, manejado por el mismo galeno, o bien era llevado por los familiares del enfermo cuando se trataba de visitas domiciliares. Los médicos de entonces eran muy considerados en el cobro de sus honorarios. Las recetas eran cubiertas con su propio botiquín, salvo que no hubiera alguna de las medicinas prescritas se acudía a las boticas comerciales, lo cual no era muy frecuente, advierte Zuñiga.
El Colegio de Varones desarrolló una labor de cultura integral en la cual los alumnos recibían a la par de una instrucción profunda, una educación moral elevada y una cultura física ampliamente desarrollada. Los estudios impartidos por un profesorado selecto gozaron siempre de muy alta estima, siendo el primer colegio que desarrolló una enseñanza cívica y desfiló por primera vez con marcialidad y elegancia por las calles de la ciudad en actos cívicos oficiales, según cuentan las crónicas de Aníbal García.
En el cuerpo docente del colegio, constituido por célebres maestros, podemos destacar a Aníbal García Largaespada, Edelberto Torres, a quien se le conoce por ser el biógrafo de Darío; Carlos A. Durán, Sofonías Salvatierra, escritor que publicó en periódicos y revistas, además fue profesor del Colegio Bautista, del Instituto Ramírez Goyena, Normal de Institutoras, Colegio Rubén Darío y otros centros de enseñanza. María y Adela Herrera Flores, Rosibel Mendieta, Mercedes Mendieta, Arturo Velásquez, Francisco Huezo, José Luis Arce; en el área de artes, figuraron Abel Montealegre, Matilde de Saballos, León F. Aragón, distinguido intelectual y escritor; Alberto Selva y J. Rubén Galeano. En el área administrativa colaboraba Pepe Mayorga, hijo del director, mi abuelo materno, fallecido a temprana edad.
Fue el Colegio de Varones, bajo la regencia de José Dolores Mayorga, el primero que instituyó la ceremonia de la jura de la bandera en un acto emocionante que causó sensación y mereció el aplauso unánime de la concurrencia que llenaba los salones del colegio. Según refiere Zúñiga, la figura apostólica del director José Dolores Mayorga tomó en alto la bandera para luego entregarla a los tres mejores alumnos del plantel, quienes le sirvieron de custodia. La palabra sencilla, serena y austera de aquel varón ilustre fue algo conmovedor, cuyo recuerdo quedó indudablemente grabado en el corazón de los jóvenes y niños que recibían el sagrado depósito.
Esta ceremonia de elevación cívica, sin embargo, fue tomada en sentido subversivo por algunos espíritus suspicaces y malévolos que trabajaron porque el colegio desapareciera, pero la enérgica actitud de la directiva impidió ese paso inconsulto. No obstante, años después el Gobierno de Nicaragua decretaba la jura de la bandera como obligatoria y oficial para todos los colegios de la República.
José Dolores Mayorga falleció en 1923, pocos meses después de la muerte de su esposa, Concepción Bohórquez, sólo les sobrevivieron sus hijas Conchita Paquita y Lolita y sus hijos Raúl y Humberto Mayorga, el primero médico y militante del PLI, y el segundo destacado ejecutivo de la Casa Pellas y tío de William Roa Mayorga, quien llegó a ser entre otros importantes cargos en el consorcio Pellas, miembro de la junta directiva de la Nicaragua Sugar Company.