Opinión

Foros de la incultura o conclusiones desesperadas


Hubo un error de percepción por parte del Foro Nicaragüense de Cultura en cuanto a la búsqueda de iniciativas desde los actores culturales de la sociedad civil dirigidas a incentivar las políticas de Estado con ese fin, mediante el análisis crítico y propositivo. Tanto en el primero como en el segundo debate realizado en fríos auditorios de distintas universidades, quedó la impresión de que “cultura” era un equivalente de literatura, danza, música u otras expresiones mal entendidas como artísticas. No se logró llegar al clímax en la apropiación de dicho concepto en ninguno de los encuentros, por la sencilla razón de que no estaban presentes las ciencias interdisciplinarias y el conocimiento científico.
Penosamente, se cree que aquí en Nicaragua existen movimientos culturales a los cuales se les debe reclamar el resurgimiento de las artes y las letras para dar rienda suelta a sus ambiciones o ampararse en la protección del Estado. Buscan impulsar un marco jurídico que les garantice pensiones, seguros, reconocimientos, cargos como agregados de embajadas, viajes, representaciones, accésit al gobierno… y hasta la primorosa publicación de sus obras, lo que nos demuestra un prurito infantil cuya fuente principal se cierne en la ingenuidad y ensoñación de las vacas, sagradas o impuras.
En un país tercermundista como el nuestro, las políticas de Estado deben priorizar el cumplimiento de las demandas sociales ante todo, sin voltear a ver ni de soslayo a quienes con ínfulas de artistas o letrados pretenden hacer del gobierno un mecenas o Pericles que financie sus proyectos onanistas o haga florecer las artes a su antojo. Para que ello suceda, primero tiene que renacer un verdadero movimiento cultural, crearse una nueva escuela, élite o corriente con la fuerza y energía tal que revolucione el pensamiento e influya en todos los campos posibles del conocimiento. De ese modo, el Estado atendería espontáneamente a la cultura, con o sin movimientos culturales, pero con verdadero talento artístico.
Y es que es eso lo que falta en la realidad de nuestro entorno: conocimiento, talento artístico e ímpetu creativo. De manera que es lícito aspirar a una urgente redefinición de conceptos, que se adapte a los tiempos modernos y a la vorágine de cambios constantes; evolución exenta de mojigatería y valores anticuados, sin patrones fantasiosos, pero con previsión al futuro radical que se nos viene encima. No podemos negar la realidad del presente ni la consunción del mañana, así como tampoco la importancia del conocimiento científico, la ciencia y tecnología que es donde descansa lo que siempre hemos denominado “cultura”.
¿Se puede llamar entonces “hombres cultos” a los que promueven las artes y las letras en su estrecho y limitado campo de acción? ¿Es cultura reglamentar la Ley de Derechos de Autor, crear un fondo editorial permanente, redes de escritores y congresos… o dar charlas y conferencias para que incidan quién sabe dónde? Es una pérdida de valioso tiempo; y es por esa negligencia que las letras y humanidades están en crisis. Por lo que resulta mejor enfocarnos en la educación del futuro bajo cualquier método didáctico, autodidáctico o academia centrada en sus cabales. Es ahí donde debe encaminarse nuestra voluntad de ánimo para alcanzar la verdadera “regeneración de la cultura”, que no es otra cosa más que la fusión de las artes y las letras con la praxis de las ciencias o el conocimiento científico. Sólo así entenderíamos lo que significa cultura.
Sin embargo, hay unas pocas líneas que se salvan en la presentación de estos foros, gracias al despeje de los nubarrones que a veces evidencian algunos de sus principales protagonistas. Es encomiable que se apele por una equidad de género, por la responsabilidad ambiental y la “lucha contra el oscurantismo y todo tipo de fanatismo” para ubicar al clero en su púlpito. Pero además es necesario hacer conciencia en lo pernicioso que resulta estancarse en el conservadurismo, retoricismo, rubendarianismo, provincianismo y clericalismo que atenta contra la universalidad y evolución constante de la cultura. La técnica y la industria son más útiles al país que una producción masiva de artistas dislocados de la realidad, o vates de quincallería. No todo lo que hay aquí es bueno; ya pasó la época de los grandes creadores.
Pero aun así, es posible esperar el renacimiento del “hombre culto”, que se caracterice por ser autosuficiente, como un personaje libre en todo el sentido de la palabra, un adalid del conocimiento universal, alguien que alcance una simbiosis entre la inspiración y la ciencia experimental, la imaginación y la práctica. Semejante artista nunca se vería envuelto en sus pasiones interiores ni la desesperación y la prisa, que es la madre de todos los fracasos; sabe esperar su momento cumbre y propicio para actuar.

*A propósito del segundo Foro de Cultura, realizado el 01 de septiembre en la UAM.
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