Opinión

Urge marchar hacia el desarrollo sostenible…


Es una verdadera lástima que tanto poder casi unitario se desperdicie por falta de definición. Hablo del poder al control subversor hoy olímpicamente callado a pesar de la debacle que afronta el Estado aumentada, y de proyección imponderable, con la sangrienta y devastadora mecida del huracán “Félix”.
Innecesariamente, entre fascinantes fulgores de improbables ayudas desde el punto de vista pragmático, el gobierno ha venido patinando con más resbalones que aciertos, entró en un enfrentamiento innecesario bajo condición confusa que no tiene razón de ser y una estrategia fuera de tiempo que suponíamos había quedado atrás, y de acuerdo a la realidad global del concepto desarrollista en los nuevos caminos del mundo, no hay futuro prometedor para un pueblo marcado con una política exterior que dé bandazos, menos aún si es pobre, o empobrecido como el nuestro, por carlancas de insólitas administraciones que han puesto en peligro la unidad y el sentimiento de nacional. Por una desafortunada actitud irracionalmente belicosa perdimos parte del territorio: en el sur la llamada Provincia de Guanacaste; y al norte el que fuera en otro momento territorio en litigio, en región de la Mosquitia nicaragüense.
Soy de los que creo que no importa quién sea el gobierno si éste bien gobierna. Y cuando tomó el poder el señor Ortega con la ayuda silenciosa y socarrona del doctor Tambor y otros previstos pero insuperados momentos, esperamos que aunque hubiese cierta carencia de recursos en el aparato estatal heredado por falta de orden, responsabilidad y colaboración de algunos funcionarios y amigos selectos del anterior Presidente, por conveniencia de la administración del FSLN, dando respuesta a la representación porcentual del voto que le otorgaba el mando --aunque el señor Ortega no transmite a la nación la sensación de de conjugar su tiempo con el de un buen administrador de la cosa pública--, entendimos que rayaría el cuadro nacional y delegaría los negocios del Estado a buenos asesores y ministros, que, aunque tiene algunos no cabe duda, tal vez carezcan del poder de decisión que requiere la gran empresa nacional para el ejercicio de sus funciones, ateniéndose a un plan nacional y estar más o menos libres de esos jalones que no dejan pensar, y atan como cordones umbilicales a quienes pueden tomar decisiones.
Otro de los cangilones que amenaza el ejercicio funcional y democrático --o como quiera llamársele: el sustantivo sale sobrando, lo que importa son los hechos-- es la evidente dependencia exterior. Las decisiones de poder y gobierno parecen estar girando y responder a intereses extraños a los nuestros, en materia de política exterior.
La proverbial firmeza que tuvo el general Augusto C. Sandino al confrontar el asunto de la dependencia exterior fue evidentemente clara: jamás como verdadero líder que en la lucha de la jungla, y los escabrosos laberintos políticos con hombres de la ciudad, no olvidó la sustancia de sus ideas y capacidad de conducción: de tal manera que no le bailaron los ojos al sol de castañuelas que el poder hace sonar como flauta por los encantadores de serpientes.
No es que totalmente se deba renunciar a cierta estrategia usada por las izquierdas en sus políticas disuasorias: uno que otro golpe mal dado con buena o mala inteligencia, a lo mejor sirve para --no para parar los pelos a nadie, porque los pelos del poder están contados-- hacer abrir los ojos del Estado grandote, o lograr de participación o integración un poco más razonable; y claro está: poder caminar hacia solución de los problemas de la pobreza, e izar velas hacia puerto seguro que genere el desarrollo económico y la paz social.
En esta dirección pienso que la intervención del señor Carlos Pellas en el evento del Cosep es buen indicio que el mandatario debe aprovechar. Ningún Estado del mundo ha sido capaz de combatir el monstruo de la miseria metiendo en saco roto las realidades del poder: la pobreza no se combate con discursos glorificando al hambre, sino con el realismo económico que genera el sector productor: si no hay producción hay hambre; si no hay quien trabaje la tierra y se incorpore a ella organizadamente, no habrá forma rentable para lograr el flujo de paz y trabajo específico que requiere la producción. En el mundo, y en nuestro país, habrá empresa privada para rato: empresa privada en todos los niveles. Y esto lo saben los socialistas, los comunistas --si es que los hay todavía--, los social demócratas y social cualquiera en los laberintos terrestre.
Es necesario un pacto social: quizás nuevas leyes justas, no pródigas, que saquen al pueblo trabajador de la pobreza. Un pacto social global que comience ya con reformas en la educación fundamental, otorgando más presupuesto para la educación pública y elevando la calidad del magisterio. Es fundamental olvidarnos de las guerras: los conflictos civiles sólo han servido para empobrecer el país y atrasar el desarrollo económico y social de la nación. Hay un famoso adagio que hemos repetido ocasionalmente los nicaragüenses: indio que coge rifle no vuelve a agarrar machete... Este hecho se repitió masivamente luego de la última guerra civil en que murieron 60,000 campesinos y otros tantos miles huyeron a la ciudad refugiándose en sus periferias.
Mucho se habla de leyes en la Asamblea Nacional: de formas, de reformas, de contra reformas. Hay una sola ley de que nadie hable, que de aprobarse sería una verdadera revolución. Cerraría el callejón de entrada a los depredadores del Estado: que no exista prescripción penal para quienes roben al Estado. El Estado administra el capital que entrega el pueblo en concepto de impuestos para su administración y funcionamiento: este dinero lo da el campesino, lo da el obrero, lo da usted y lo doy yo. Defraudar dinero del Estado es defraudar al pueblo y debe pasarse una ley que nunca jamás prescriben las defraudaciones o robos contra el Estado.
Luego que venga el pacto social. Tal vez no vamos a llegar a la República que soñó Platón, pero al fin y al cabo, habremos comenzado a intentar poner las cosas en orden.