Opinión

A mi madre, Graciela Martínez Vda. de Guido


El 21 de septiembre de 1956, el dictador Anastasio Somoza García fue baleado por el poeta Rigoberto López Pérez, en la ciudad de León, y murió el 29 de septiembre en Panamá. Mi padre, el doctor Clemente Guido, fue encarcelado en octubre por sus sospechosos vínculos con el poeta López Pérez, dado que ese mismo año había estado en la República de El Salvador, se había entrevistado con él y había traído a Nicaragua una revista con un mensaje codificado.
Durante tres meses, mi padre fue reo político, sin derechos... torturado fríamente por los guardias asignados a su interrogatorio y bajo la supervisión personal del genocida Anastasio Somoza Debayle (declarado como tal por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, de la OEA, en 1979). Le querían hacer confesar “la verdad”... querían involucrar en el acto suicida de Rigoberto al doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, también víctima de torturas y vecino de barrotes de mi padre, en el “zoológico de papá” (pumas y leones contiguo a la prisión de los reos políticos).
Mi padre, en un acto heroico, que me pudo costar no escribir este artículo hoy 51 años después, “confesó la verdad”, engañó a sus torturadores y les hizo creer que involucraría al doctor Chamorro Cardenal, pero cuando estuvo frente a la Corte Marcial (como si él fuese militar para ser juzgado por tal tribunal), dijo su verdad y no la que sus torturadores querían oír. Su confesión pública probablemente le salvó la vida, pues las radioemisoras transmitieron en vivo sus declaraciones. Y a él no le pudieron probar nada, por lo que tuvieron que liberarlo.
Mi padre nos contaba sobre el odio y la venganza. “Después del terremoto de 1972, salí caminando hacia el Hospital El Retiro para ayudar como médico; cuando pasé por la Loma de Tiscapa, me encontré con Somoza Debayle, estaba sentado bajo un árbol y sin escolta... me hizo un saludo de mano alzada, yo le respondí igual...”. Mi padre decía que no le guardaba odio, ni deseaba vengarse de aquel jefe de torturas, aunque se le presentase una oportunidad como esa. Él no celebró su asesinato en Paraguay y, por supuesto, tampoco le lloró.
Sin embargo, no solamente mi padre fue víctima de las torturas del régimen. También hay que pensar en las torturas que significaron tres meses de soledad y angustia para mi madre. Ella, Graciela Martínez Romero, una enfermera de origen salvadoreño, apenas tenía unos pocos meses de haber llegado a Nicaragua. No tenía amistades en este país, alquilaban un cuartito y en su vientre iba la primera hija de un joven matrimonio, mi hermana mayor, Maritza.
Mi madre sufrió la soledad en un país extraño, su angustia le hizo cometer actos imprudentes, como nos cuenta ahora a sus 75 años de edad (el 20 de septiembre, un día antes del tiroteo de León, había cumplido 24 años). “Fui a la vela de Somoza, porque me habían dicho que si hablaba con doña Salvadora podía ayudarme a liberar a Clemente”, relata. “Pero por la angustia, no me fijé que me había puesto un vestido rojo, ¡y era la vela de Somoza!”, exclama hoy a carcajada limpia. Al percatarse de su tremendo error, salió rápidamente de aquel sitio, sin dar el pésame, ni pedir clemencia para su esposo.
En otro momento, intentó visitarlo en la Loma, donde se suponía los tenían presos a todos, pero mi padre le envió un mensaje para que dejara de intentarlo, pues solamente se exponía a que la ficharan. Y la suerte le favoreció cuando logró colarse en el Hospital Militar, usando su uniforme de enfermera y un contacto médico que estaba en dicho hospital, para ver a su esposo convaleciente de las torturas en una cama de aquel centro, donde le habían llevado para que tuviera un mejor semblante a la hora de presentarse ante la Corte Marcial.
Teniendo a su esposo preso y con muy pocas probabilidades de salir bien de aquella cárcel, sin parientes ni amistades que le dieran una mano amiga, ¿por qué no se fue de Nicaragua? Soló hay una respuesta: amor. Y ese fue el motivo por el cual mis padres, superado aquel terrible momento, vivieron un matrimonio que duró 48 años, hasta que quiso Dios llamar al venerable Clementón a su jardín de ángeles, un 23 de enero de 2004.
51 años después, la enfermera de Quezaltepeque; metida luego a librera del Mercado Oriental; madre amorosa y sobreprotectora de sus cuatro hijos (dos mujeres y dos varones); católica hasta la pared de enfrente; incansable activista de su Movimiento Catecumenal; abuela de trece nietos y bisabuela de dos bisnietos, quien todavía maneja su camionetota como si tuviera aquellos 24 años con que vino a Nicaragua; sigue aquí en Managua, nicaragüense y salvadoreña, cuidando la memoria de su amado flaco y largucho, Clemente Guido.
La tortura psicológica que sufrió mi madre la sufrieron también las esposas e hijos de todos aquellos reos políticos que en 1956-1957 fueron sometidos al salvajismo de un régimen que pretendía ser democrático, pero que en su esencia era un adalid de la violación a los derechos humanos. La historia de todas ellas y la de sus hijos es la historia no contada, pero que también ocupa un lugar en la memoria de un pueblo sufrido por los abusos de los gobernantes.