Opinión

Mundos y niños del mundo


Es curioso cómo en el tercer mundo los niños viven sin saber que son del tercer mundo.
No sabemos exactamente de dónde viene ese invento llamado tercer mundo, pero debe tener los orígenes en alguna página de historia inspirada en la Guerra Fría. No importa mucho saberlo de todos modos.
Los niños no tienen la culpa de las guerras que arman sus padres.
Lo que sí sabemos es que el tercer mundo existe porque también existe el primer mundo, y los niños hacen sus necesidades básicas --jugar, comer y dormir-- y son felices, en su mayoría, sin saber por qué.
Los niños del tercer mundo juegan en la calle con el sol encima, tranquilos, y si no a orillas de los cauces llenos de lodo y basura, sin mayor preocupación.
No tienen por qué estar limpios, pues a fin de cuentas, el gobierno (ese personaje histórico que recibe todas las críticas) no les brinda higiene. El famoso gobierno que aburre mencionar y que al mismo tiempo es necesario mencionarlo para entender mejor la situación de lo niños.
Culpar eternamente al gobierno no es cosa de niños, afortunadamente. Los niños tiran la moneda en un parqueo de supermercado para ver quién gana otro juego de azar y el azar parece el verdadero gobierno de los niños del tercer mundo.
Claro que los niños del tercer mundo no comen muy bien. Pero es algo tan normal que los niños del primer mundo ni siquiera imaginan. O por lo menos parece tan normal cuando, antes de ir a la cama, sus padres prefieren contarles historias de hadas o una cosa por el estilo.
Los niños del tercer mundo no estudian en las calles y viven en ellas. No abren un libro, pero abren el fruto caído de un árbol, y podrán ignorar quién es Harry Potter, pero conocen muy bien cómo vivir en medio del frío y sobreponerse a las autoridades que los repelen.
Dentro del tercer mundo hay otros mundos y los niños que viven en las calles sobreviven mejor que los niños que viven en sus casas. Sus instintos naturales se ven expuestos al peligro desde temprana edad y los desarrollan al punto de trabajar desde edades muy cortas.
Los niños de otros mundos, materialmente más ricos, contrastan con los niños del tercer mundo, más pobres. Pero son igual de niños, y en esta esencia radica lo que los une.
En el tercer mundo también hay niños que viven como en el primero. Son, a menudo, niños que estudian en escuelas modernas y no en las calles. Sus escuelas antes eran fincas apartadas por educadores adinerados que venían con alguna idea de cómo formar niños, ahora sus escuelas son edificios con pizarras acrílicas, hermosos columpios y transporte eficiente.
Los niños del primer mundo que viven en el tercero son igual de inocentes que los niños que estudian en escuelas públicas con pocos recursos. Ignoran que viven en el tercer mundo y hacen sus necesidades básicas sin saber que otros niños no pueden.
No todos los niños son felices, ni ser niño siempre es estar en un paraíso, pero por lo menos todos los niños del mundo, sin importar de qué mundo son, gozan de algo que sólo se tiene una vez en la vida: la infancia universal.
Es un error sentir lástima por los niños del tercer mundo, cuya inocencia los une a los niños del primero. También es un error creer que los niños del primer mundo son mascotas de Dios destinadas a desarrollarse, o visto de otro modo, querubines de un Estado benefactor que les deja un mundo construido, sólo para que lo habiten.
Todos los niños algún día conocerán sus profundas diferencias y ya no seguirán siendo niños. Unos seguirán fantaseando más que otros y de esto dependerá su felicidad.
Un día se darán cuenta que no viven en un solo mundo, a como pensaban antes. Al ver sus diferencias escogerán si vale la pena o no crecer para conocer el extraño mundo de los adultos y cambiarlo.
La historia de dos guerras mundiales en un solo siglo (XX) demuestra que los niños del primer mundo son vulnerables cuando crecen en ambientes muy competitivos y muy desarrollados.
Lo contrario debería pasar con los niños del tercer mundo, más propensos a solidarizarse entre ellos para desarrollar entornos decaídos y levantarlos. Pero no siempre sucede así.
La mayoría de los niños del tercer mundo no tienen una idea bien cimentada de lo que es solidaridad, a pesar de vivir en ambientes hostiles que podrían inspirarlos a unirse en un futuro, siguen todavía muy desunidos.
Mientras tanto, el mundo (primero, segundo o tercero) da vueltas en la cabeza de los niños que algún día tendrán que abandonar sus videojuegos por un trabajo, o sus amigos del barrio por un plato de comida.

grigsbyvergara@yahoo.com