Opinión

Las últimas preocupaciones papales


Es lamentable que a estas alturas de la historia, la humanidad todavía tenga que soportar los juicios y las opiniones impertinentes del embajador del cielo o Santo Pontífice, máxime cuando sus dichos pretendan imponerse como verdad axiomática e influir en la vida y pensamiento de la gente. Las futuras generaciones nunca entenderían, sorprendidas, la razón por la cual el mundo fuera presa de la mentira y falsedad por tanto tiempo.
Las últimas declaraciones de Joseph Ratzinger nos hunden en una indignación sofocante, pero alentadora a la vez cuando advertimos la afortunada preocupación que delata en sus frases y homilías. El “Vicario de Cristo” no se abstiene de proferir sus hondos criterios, como tampoco puede detener la ola de corrupción y zozobra por la podredumbre nacida de su propio seno.
Para salvarse de la vindicta pública, el Papa intenta solapar su “doble moral inmoral” amparándose en sus “recriminaciones infalibles” y que se hace cada vez más evidente:
Primero, se alarma la Iglesia por la “baja natalidad en Europa, fruto del egoísmo y la falta de fe en el futuro”. Ante semejante apreciación, se nos revela que el Vaticano siempre se ha nutrido de la proliferación demográfica, condena característica de los países subdesarrollados que afrontan un mundo globalizado y mercantilista consumidor de “paupérrimas masas”.
El descontrol y desorden en las relaciones sexuales, aunque no es la principal causa de pobreza, es duramente censurado por la Iglesia Católica, quien además de practicar la más desenfrenada de sus pasiones dentro de oscuras catacumbas, cae en una concupiscencia tan aberrante como prohibida para sus seguidores. Sin embargo, los curas defienden una relación viva y carnal sin barreras anticonceptivas, declarándose como “enemigos del látex” porque no lo usan en sus dedos índice, medio o anular a la hora de abusar a menores víctimas de la pederastia.
En segundo término, el Santo Padre critica agriamente hasta el hastío la propensión al “poder y la riqueza que ha apartado de sus buenos valores a la humanidad”. No obstante, sus tiaras plateadas con incrustaciones de finas pedrerías y diamantes son apenas destellos de todo lo que esconden las bóvedas y bodegas de tantas catedrales, la Capilla Sixtina o la plaza de San Pedro. No en vano los tronos del Papa y los cardenales se alzan entre columnas y edificaciones colosales que imitan las más detestables de las monarquías y familias reales que todavía quedan.
Tercero, el ocio y recreación han sustituido la santidad y entrega debida a cada domingo o al “día del señor”, suplantando la Eucaristía por las mismas razones de “egoísmo y concupiscencia”. Por lo que el Papa exhorta en última circunstancia a mantener el celibato y la abstinencia “para aquellos que se sienten marcados por Cristo”; o lo que es mejor, recomienda a los devotos que sufran los embates de las muchedumbres, los guiños lascivos de sus congregados o las tentaciones y actos tan naturales como frecuentes en los monasterios que ahora se han convertido en “centros de negocios”, según sus propias declaraciones.
A veces el Papa expresa preocupación por la invasión y la guerra, el terror y el fundamentalismo islámico, las tormentas monzónicas y grandes inundaciones en Asia, o los incendios forestales y contaminación medioambiental en Europa. Falacia más que comprobada, porque lo que lo inquieta más es el uso del condón, la homosexualidad encubierta entre sus fieles, los matrimonios gays o el decrecimiento de sus fondos.
El orín de las nuevas generaciones ha mellado lentamente los cimientos de la Santa Sede, tanto que sólo es cuestión de tiempo esperar la corrosión de sus bases que el olfato papal ha percibido ya, pero que no puede evitar. En buena hora para la humanidad, Roma se ha equivocado en elegir de entre sus filas decadentes y en estos tiempos de afloración de la máxima verdad a un Papa como “Benedetto, Benedetto” (según la plaza empedernida), quien gracias a su ultraconservadurismo y extremo tradicionalismo, no sabe qué hacer ante la crisis que hoy vive la Iglesia, y que aunque se lamenta, no puede más que mantenerse en la recesión y anquilosamiento que a la postre fundirá sus estructuras y congelará a sus miembros. Se ha vaticinado el mal que para ellos no es bueno, ni pueden detenerlo.

*Autor de Teoría de la Nada
mowhe1ni@yahoo.es