Opinión

La generación de los sesenta llegó a los sesenta III


Octubre de mil novecientos sesenta y seis. Día inaugural de la Liga de Béisbol Profesional. Las graderías estaban llenas por completo. No alcanzaba ni un alfiler en el Estadio Nacional. La masa ruge, ansiosa espera el play ball. De repente de las graderías del left fields empiezan a bajar un grupo de muchachos, nadie entiende de qué se trata, con paso lento, firme y seguro avanzan. Se detienen; despliegan una manta en la que se lee: “No más Somoza”.
Cuando la gente que se había congregado en el Estadio Nacional leyó con claridad lo que decía la manta: “No más Somoza”, comenzaron los aplausos. Las rechiflas no se hacen esperar. Una mezcla encontrada de emociones en la que prevalecía la aceptación. Del dogout salieron patrullas de la Guardia Nacional al encuentro de los manifestantes. Desde la tribuna presidencial, todos los paniagudos del régimen veían aquello de manera sorprendente.
Los manifestantes desconocían que previo la Guardia había tenido información de lo que ese día sucedería, por lo que había orientado a Somoza no asistir a presenciar el juego inaugural.
Inició el forcejeo entre manifestantes y represores por quedarse con la manta. Gana la GN, posesionándose de la misma. El ajetreo de empujar a los manifestantes hasta el graderío inicial provocó un disturbio entre policías y estudiantes. Uno de los grupos caminó hacia un lado en el estadio y el otro grupo, muy pequeño, tomó la dirección contraria para evitar ser reprimido, pero lo que consiguió fue quedar atrapado entre la Policía.
Estábamos en la malla subiendo a la gradería de tercera base. Caminamos entre el público, quien nos recibió con tragos y alegría. De repente Casimiro Sotelo Montenegro regresa al terreno de juego. Cuando lo buscamos nos dimos cuenta que unas mujeres que habían quedado solas eran golpeadas por la Policía. Fue entonces que Casimiro avanzó hacia las mujeres y las cubrió con su cuerpo para recibir los golpes que le propinaban a María Teresa García, una joven social cristiana que por no haber llevado el calzado adecuado no había podido subir por la malla, ni siquiera correr con la suficiente velocidad para no ser alcanzada por los represores. Todos fueron a dar a la cárcel golpeados, y los que quedamos en las gradas decidimos dar la vuelta, volver a gradas sol, ver cuántos habíamos quedado y a cuántos se habían llevado presos. La Policía realizó un operativo en las gradas para buscarnos, y nosotros buscábamos cómo salir nuevamente, algunos conseguimos alcanzar la calle. Hubo un pánico generalizado. Al terminar el juego se produjo un apretujamiento al momento de la salida que dejó como resultado a doce personas muertas. Éstos fueron los sucesos del Estadio Nacional.
El Frente Estudiantil Demócrata Cristiano, representado por Dionisio Marenco y Brenda Ortega, y el Frente Estudiantil Revolucionario, representado por Casimiro Sotelo Montenegro y Doris Tijerino, en una reunión con unas veinte personas en la casa de Mayra Vega, nos habíamos puesto de acuerdo para hacer una acción común, como antisomocistas que éramos, fundamentalmente todos, más allá de nuestros planteamientos políticos.
Dos días después, unos diez que permanecían presos, salieron en libertad.
El entierro de las víctimas fue tumultuoso, lo que significó otra demostración del antisomocismo, de agitación y de la nueva conciencia que se estaba creando entre la población, que era precisamente lo que se intentaba en aquellos años.
Como siempre, los que no habían estado en el estadio, los que se quedaron en las gradas, fueron los que buscaron los flash y las grabadoras para dar declaraciones políticas como que eran los grandes protagonistas. Los garroteados y los prisioneros fueron invisibilizados. Bien, gracias.
Lo que no pudo evitarse fue que sobresaliera en la jornada una vez más el temple, la decisión y el coraje de Casimiro Sotelo Montenegro, ese líder estudiantil de amplísima trayectoria en la historia de Nicaragua. En esas alturas finales de los 66, varios activistas y líderes del sandinismo estaban clandestinos o retirados del movimiento público por estar inmersos en tareas conspirativas, entre ellos Julio Buitrago Urroz, Francisco Moreno y Daniel Ortega Saavedra, quienes eran los ausentes más notorios de estas jornadas.
Los pasaportes que se emitían en aquellos años tenían un sello: “No es válido para viajar a Cuba, la Unión soviética y demás países del bloque socialista”. Quienes tenían la posibilidad de viajar por esos lugares tenían que hacer mil cosas para que no les mancharan los pasaportes y poder ingresar y regresar a Nicaragua sin mayores problemas.
Tratados con benevolencia podrían estar presos en el aeropuerto, decomisarles lo que traían, pasar un interrogatorio y después enviarlos a su casa. De vez en cuando la Policía decidía dejarlos presos a través de las leyes anticomunistas de la época.
Hubo sus excepciones de quienes entraron y salieron sin mayores problemas y podían orgullosos mostrar algún busto de Lenin o algo de lo que compraron en las calles de Moscú o en las otras capitales socialistas que habían visitado para estar en la escuela de cuadros o en eventos internacionales de la época.
Los comunistas de esos años no era gente que estaba en primera fila en la lucha contra la dictadura. Estaban en una elucubración teórica de que el principal enemigo no era Somoza, sino el imperialismo. Veían como tontos, locos y aventureros a los muchachos que reclamaban revolución y que cuestionaban el aletargamiento de los comunistas y se lanzaban al combate callejero y más tarde a la lucha guerrillera.
Los demócrata cristianos podían perfectamente viajar a Venezuela o a Chile, países que no estaban en la lista negra, para pasar por sus escuelas de cuadros de sus respectivos partidos hermanos y después volver a Nicaragua sin susto y sin problemas. ¿Qué hacíamos aquellos que no teníamos la dicha de podernos ir a formar afuera? La literatura era escasa, los comunistas que no tenían la vocación de transmitir y preparar a esa banda de muchachos locos más bien les tenían temor.
Radio Habana Cuba, sus “Voces de la Revolución” y con su programación eran la fuente de todos nosotros, no sólo para conocer el mundo, sino para formarnos sobre los nuevos tiempos.
Existían grupos del Frente Sandinista en León, en Managua y grupos de obreros en Estelí. De todos, cada uno fue encontrando su camino y fuimos convergiendo hasta convertirnos en los combatientes (fuimos todos) y que a lo largo del camino --desde la caída de Selim Shible, agosto de 1967, hasta la de Cristian Pérez Leiva, mayo de 1978-- dejaron una larga estela de mártires y héroes. La gloriosa generación de los sesenta.
De los que cumplen sesenta o avanzan un poco más de esa edad que significa la frontera entre la madurez y la vejez, cuántos que me leen están pensando en las revelaciones que yo puedo hacer de quién es uno y quién el otro.
Ahí está el primero.
Llegó a Managua, expulsado del León, del Instituto Nacional de Occidente con el nombre del Bolchevique mayor. A que tienen la seguridad de quién se trata. Tenía 15 años cuando la masacre estudiantil de 1959. Hagan suma y hagan resta.

*Diputado ante el Parlamento Centroamericano.