Opinión

El compromiso de la universidad con el desarrollo social


Del 10 al 12 del presente mes, bajo los auspicios de la Universidad Nacional Abierta y a Distancia (UNAD) de Colombia, tuvo lugar en Cartagena de Indias el Foro Latinoamericano sobre “El compromiso de la Universidad con el Desarrollo Humano y Social”.
En el Foro, al cual asistieron más de doscientos participantes procedentes de seis países de América Latina, se abordó, además del tema central antes aludido, otros temas que hoy día ocupan un lugar importante en el debate internacional, como lo son: el compromiso de la universidad con la cultura de paz, los derechos humanos y los valores; la relación entre el desarrollo tecnológico y la inclusión social; la educación como estrategia de inclusión social y el nuevo concepto de extensión universitaria.
Además, el foro sirvió de contexto para instalar la Cátedra Latinoamericana “Orlando Fals Borda”, en honor al eminente sociólogo colombiano, considerado como el principal formador de las nuevas generaciones de sociólogos de Colombia, fundador de la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional y promotor del enfoque que propone, para los estudios sociales, una estrecha relación entre investigación, acción y participación. Quien estas líneas escribe fue designado para formar parte del Comité Académico de la Cátedra, junto con otros universitarios de Chile y Colombia.
Desde el célebre tríptico misional atribuido por Ortega y Gasset a la universidad, suelen resumirse las funciones claves de ésta en la enseñanza de las profesiones (docencia), ampliación y renovación del conocimiento (investigación), conservación y difusión de la cultura (extensión).
Una nueva dimensión adquieren las funciones de la universidad cuando se conjugan para realizar la importante tarea de crítica de la sociedad, que da contenido a la llamada función crítica. Ésta representa un aspecto de mucha trascendencia en el quehacer universitario contemporáneo, así como su complemento indispensable --la “función prospectiva”-- en virtud de la cual la universidad puede, sobre la base de su crítica objetiva y científica de la sociedad actual, adelantar visiones del futuro, escenarios alternativos, que propongan caminos más favorables para el desarrollo de la sociedad.
Se reconoce que corresponde también a la universidad una función social en el seno de la sociedad, encaminada a mejorarla y transformarla. Tal función se desprende de su participación en la vida nacional, pero que sólo puede cumplirla una institución libre.
La libertad de la universidad se manifiesta a través de su autonomía. En verdad, sólo una universidad libre puede cumplir con autenticidad su cometido, hasta el punto que se afirma que el concepto cabal de universidad implica el de su libertad, pues sólo mediante el ejercicio de esa libertad puede la universidad ser auténtica. Sin ella, la universidad no está en posibilidades de cumplir su función social ni de ejercer su función crítica, tan importantes para el proceso de mejoramiento y transformación de la sociedad.
Mas, la autonomía no es un fin en sí misma. En realidad, es un medio que permite a la universidad el desempeño de sus cometidos. Tampoco la autonomía debe provocar un divorcio entre la universidad y la problemática de su entorno. La universidad ha de estar presente en la vida de su colectividad. No puede, en razón de su autonomía, separarse del contexto social, pues es demasiado importante para que pretenda aislarse.
Abundan opiniones que sostienen que la repercusión de las luchas políticas en el seno de la universidad detiene su avance y perturba su misión específica. Pero también se acepta que la universidad es el reducto de la conciencia cívica de los pueblos y su participación en las tareas del desarrollo humano y sostenible demanda necesariamente la consideración de los problemas sociales, económicos y políticos del país.
El reto, que es amplio y complejo, tendrá que ser enfrentado, como recomendada Xabier Gorostiaga, de una forma universitaria, es decir, como academia, como la universidad partícipe de que hablaba el maestro José Medina Echavarría, en la década de los setenta. Ni universidad torre de marfil, de espaldas a la sociedad, ni universidad militante, invadida por los ruidos y consignas de la calle, sino universidad partícipe, que participa plenamente en la vida de la sociedad, pero sólo afirma aquello que como academia le corresponde afirmar.
Todas estas misiones y funciones de la universidad adquieren nuevas dimensiones en la sociedad contemporánea, de manera particular la dimensión ética. Como institución formadora, la universidad necesita orientar su quehacer por un plexo valorativo, congruente con los grandes paradigmas contenidos en las Declaraciones de las Conferencias Internacionales auspiciadas por las Naciones Unidas, como lo son el Desarrollo Humano Sustentable, la Cultura de Paz, la Equidad de Géneros y la Educación Permanente.