Opinión

La vieja izquierda y la devaluación de las expectativas de nuestra gente


Leí el pasado jueves 13 un artículo de Amaru Barahona con el título “Los ideólogos de la nueva derecha”, en donde comentaba sobre la magnificencia de Hugo Chávez en términos muy parecidos a como lo hacía el grueso de la izquierda latinoamericana en la década de los sesenta al referirse a Fidel Castro.
Los ardientes defensores de las ejecutorias del presidente de Venezuela a menudo lo califican como un extraordinario personaje porque ciudadanos humildes de su país ya no son analfabetas y progresivamente se benefician más y más de servicios básicos de salud pública. No vamos a discutir aquí la certeza de esta afirmación o las estadísticas sociales que las sustentan (o cuánto utiliza Chávez los servicios estatales para hacerse propaganda personal, por ejemplo poniendo pósteres de su figura en las postas de salud y hasta su foto en los frascos de medicina).
Un mensaje subyacente en escritos como los de Barahona, que es típico en Chávez y sus seguidores, es que los recursos del país le pertenecen al gobernante (como en tiempos de la Colonia), el que desborda su nobleza cuando los humildes tienen la posibilidad de satisfacer elementales derechos a la educación o la salud que, en cualquier caso, todo Estado civilizado está obligado a proporcionar. Por supuesto, después de “cumplir” con los pobres, el gran líder puede personalizar el Poder Ejecutivo, politizar la justicia, manipular a los mismos pobres, utilizar los servicios de comunicación estatal para su propaganda personal, corromper el sistema judicial, etc. Algo así como el muchachito a quien se le da venia para hacer lo que le ronque cuando ya hizo su tarea de colegio.
Lo desatinado y particularmente ridículo de esta posición se hace más evidente si la miramos desde una perspectiva o contexto distinto. Imaginémonos un país como Noruega, del cual el poeta Joaquín Pasos decía, a lo mejor pensando en sus servicios sociales, que es suave como el algodón. En este país, al igual que en Venezuela, el Estado es administrador de sus más importantes recursos naturales. La gran mayoría de los noruegos, como ocurre en los países escandinavos, no solamente disponen de computadoras personales para su educación continua, sino que todos disfrutan de servicios odontológicos y médicos de primer nivel, tanto que podríamos decir, como parafraseando a Pasos, las viejitas ahí tienen dientes blancos, blancos dientes que relucen en mejías de color manzana, para comer pescado todos los días.
A ningún noruego se le ocurriría proclamar que el nivel de vida del país obedece a la magnanimidad o benevolencia de Stoltenberg, su primer ministro, y menos aún lo defendería a capa y espada si se le viene en gana reformar la Constitución para perpetuarse en el poder. Sin embargo, y tomando en cuenta la extraordinaria calidad de los servicios sociales en Noruega, podemos estar casi seguros que si Chávez fuera gobernante de ese país, Barahona lo estaría proclamando el jefe de las tres divinas personas y a lo mejor hasta le aconsejaría desenterrar el derecho divino regio del medioevo en lugar de molestarse desmontando la Constitución. Por supuesto que al ocurrir esto, los noruegos, con su gran cortesía, le ofrecerían asilarse en uno de sus notables servicios mentales, o a lo mejor, discretamente, se morirían de la risa.

(*) Especialista en Administración