Opinión

Mi Presidente


Sea usted su partidario o ni siquiera simpatice con mi Presidente --como político se entiende-- y si, además, es usted objetivo en sus observaciones, estará de acuerdo conmigo en que mi Presidente es una persona atípica en cuanto a que se tiene por normal que todo político fuera del poder busca cómo parecer simpático, aunque cuando ya está con el tostador en la mano, sufra su metamorfosis: se vuelva ajeno, inalcanzable, se sienta más allá del bien y del mal, porque entonces ya representa “a toda la nación”, cuando en verdad se sigue representando a sí mismo. Pero eso no le ha sucedido a mi Presidente en ninguna de las ocasiones en que ha gobernado desde abajo, pues siempre actuó igual, como si gobernara desde arriba.
Por eso mi Presidente es atípico, pues ha sido igual de displicente arriba y abajo o abajo y arriba del poder que, para él, hace rato ya es casi lo mismo. Antes de la primera vez, porque su ascenso al poder lo hizo en andas de la revolución, no tuvo que hacer campaña electoral. La campaña electoral del 84 la hizo desde el poder y en las posteriores al 90 gobernando desde abajo, cuando ya sabía guardar bien sus emociones tras la inmutabilidad de su rostro. Mi Presidente no ríe, y cuando le ocurre el milagro de una sonrisa asoma un rictus en su rostro. Disimula bien, ¿o no sabe disimular?
Son las palabras de mi Presidente las que miden su temperatura emocional, y ahí es cuando me acuerdo de lo que dijo la periodista española, Carmen Rigalt, de Felipe González, en las postrimerías de su mandato --y que prestada su idea para aplicarla a mi Presidente, es como si lo dijera con mayor propiedad--: “El poder oprime, comprime y reprime. El poder le pone cara de dios a quien lo usa, de dios cabreado, porque los dioses han sido inventados para cabrearse y ejercitar la ira.”
Cuando leí lo anterior, regresé a 1968, a la cárcel de “La Aviación”, celda número 13, en donde un plato de comida pasó de mis manos a las de mi Presidente y, de las suyas, el plato de comida salió volando a estrellarse contra la humanidad de Alex Somarriba. Mi presidente había ejercitado su ira contra el aún “compañero Somarriba”. En realidad, el plato iba contra su comportamiento egoísta --pues Somarriba rompió la solidaridad que en la cárcel es sagrada entre compañeros de infortunio--. Somarriba no quiso compartir su comida, como la compartíamos todos por igual entre los nueve huéspedes de la 13; aunque el alimento no nos llegara a todos, todos los días y, a muchos, no les llegara nunca, todos comíamos por igual. Aquella reacción fue justa en su causa, pero la ira pertenece al arbitrio de los dioses cabreados, y mi Presidente ya lo parecía en aquel antro, y no se dio la oportunidad de convencer a Somarriba con razones.
Después de la cárcel, durante la lucha revolucionaria, durante el triunfo, posterior a la derrota electoral y hasta nuestros días, la personalidad de mi Presidente no se le oculta a nadie; a nadie se le pierde su identidad, pese a lo enigmático de su rostro, o quizá sea porque lo enigmático es un distintivo de su personalidad. Pero los dioses no escapan a las debilidades del mundo terrenal. Eso se hace notorio cuando nacen contradicciones entre lo que deben hablar y no lo dicen, y lo que dicen no lo debieran hablar. Mi Presidente llama a la reconciliación, pero antes, al mismo tiempo y siempre, reprime las aspiraciones de sus “compañeros” cuando estas aspiraciones coinciden con las suyas. Herty Lewites, testigo ya ido, y los aún presentes Alejandro Martínez Cuenca y Víctor Hugo Tinoco conocieron la ira de dios cabreado.
Con un tapaboca --“zapatero a tus zapatos”-- cortó como un rayo celeste la inspirada idea de su “hermano” Dionisio Marenco, basada en que la sensatez y la sana política recomiendan a los dioses no gobernar desde sus olimpos privados, sino desde donde ha sido costumbre terrenal que gobiernen los dioses del poder de carne y hueso.
He traído como ejemplos casos que reflejan muchísimos otros casos de todas las medidas y todos los matices. Es que no se debe olvidar que “el poder oprime, comprime y reprime”, también es verdad el derecho de los mortales a no someterse a esa práctica inventada junto a los mismos dioses que lo usan con más propiedad y durabilidad que sus camisas floreadas o sus blancas camisas. Las camisas se gastan y pasan de moda. Son prendas de ocasión, no principios en prenda. En el olimpo, los principios no son objetos de moda, sino objetos de destierro.
Mi Presidente tiene su aliado espiritual en Miguel Obando Bravo, como corresponde a los dioses, para lograr a plenitud su conversión. Parece que la misión para alcanzar esa gracia es castigar a las impías mujeres que irrespetan el divino mandato de parir o mal parir con dolor y muerte, según la visión histórica de mi Presidente, a quien le consta pasó con la madre Eva en la ocasión de su edénico pecado con el padre Adán, algo que a mi Presidente le gusta revelar en sus actos de masas que parecen misas.
La penalización del aborto terapéutico es para nuestro dios como una plegaria para el Dios celestial, y dar cabal cumplimiento a su acto de contrición. Las víctimas humanas preferidas del poder lo son ahora también para salvar el alma de mi Presidente; y puso sus cabezas en el ara del sacrificio para que se arrepientan y purifiquen la suya por haber pecado como guerrilleras urbanas y de montaña; brigadistas de la alfabetización en campos y ciudades; brigadistas de salud en ranchos y cuarterías, y defensoras de sus derechos humanos, políticos y civiles. En fin, con la penalización del aborto terapéutico, se castigará con la cárcel o la muerte a la mujer, ese ser humano cuyo mayor delito es parir dioses que algunas veces parecen demonios.
Antes de que lograra la victoria espiritual en su cruzada contra las impías, el dios de otro olimpo, el “Flor de Caña”, espera atención para las señales que le envió a mi Presidente, con el reto de que rija su Estado-iglesia apegado a los intereses de los dioses del capital. Puede ser que mi Presidente crea conveniente unir esfuerzos de su sector capitalista con el sector tradicional del capitalismo criollo, pues entre las debilidades de los dioses está la de ser humilde con otros dioses, en la misma proporción que suelen ser soberbios con los humildes mortales.
Quién sabe. Después de su victoria sobre el aborto terapéutico, es posible que tenga su espíritu en paz. ¿Pero tendrá la suficiente templanza para esperar y ver culminada su otra cruzada contra el periodismo, antes de aceptar el reto del dios de las finanzas etílicas?