Opinión

Fenómenos naturales: tragedias para reflexionar

Tomó, pues, Jehová Dios al hombre y lo puso en el huerto del Edén, para que lo labrara y lo cuidase. GÉNESIS 2: 15

Los severos daños causados por los seres humanos al medio ambiente durante el transcurso de los años están llegando a su clímax con el aumento de fenómenos naturales que siguen causando tragedias por todas partes del mundo. Catástrofes naturales como tormentas tropicales, inundaciones, huracanes, nevadas, incendios, sequías, terremotos, maremotos, deslaves, tornados y tsunamis son la muestra de que existe una reacción de la naturaleza muy difícil de entender sobre todo para quienes el dinero y los intereses económicos son más importantes que un río cruzando entre montañas, que un árbol dejando caer sus frutos, que los peces en los arrecifes o una simple brisa entre los manglares.
Quienes no se preocupan en absoluto por la acción de los fenómenos naturales son los dueños de las transnacionales de los países desarrollados y los grandes capitales que extraen de la tierra la materia prima para hacer su producto que luego les deja jugosas ganancias a costa del deterioro de los recursos naturales y el sufrimiento de la población que se muestra indefensa ante los embates de la naturaleza, la cual ahora se está cobrando silenciosamente los daños que los seres “racionales” de la tierra le están ocasionando.
Sin embargo, irónicamente los que más sufren cuando ocurren los fenómenos naturales, que son la enorme mayoría de la población mundial, tampoco aprenden a convivir con la naturaleza ya que la pobreza y el hambre los llevan a cometer actos ilícitos. En este grupo, aunque con mejores condiciones, podemos mencionar, entre otros, a los agricultores con sus malas prácticas agrícolas. Lo lamentable de todo esto es que existe una mafia de depredadores entre los que podemos mencionar a los madereros que realizan una sobreexplotación sin medida aprovechándose de las necesidades de los dueños de fincas, a quienes no les importan las consecuencias que su voracidad pueda traer a las futuras generaciones.
La actividad humana ha incrementado la gravedad de las inundaciones y deslaves debido a los cambios en el uso del suelo, como los provocados por la urbanización y la deforestación. Hoy la deforestación es considerada un problema, antes erróneamente se pensaba que liquidando y reemplazando el capital forestal por otras formas de capital para generar alimentos, materias primas, energía o infraestructuras se estaba contribuyendo al desarrollo de las naciones, lo que realmente hubiera ocurrido si la explotación de los bosques se hubiera realizado con planes de manejo sostenibles y amigables.
En otro orden, la revista The ecologist, en noviembre de 1999, da una estimación de las víctimas de los ensayos nucleares en la industria de armamentos; según la especialista Rosalle Bertell, se calcula que las explosiones nucleares han matado, enfermado o deformado, directa o indirectamente, nada menos que a mil doscientos millones de personas, a lo largo de medio siglo, una verdadera tragedia. Como si fuera poco, tres organizaciones internacionales --World Conservation Monitoring, WWF International y New Economics Foundation-- afirman que el mundo ha perdido en los últimos treinta años casi un tercio de su riqueza natural, catástrofe que está expulsando de sus hogares, cada año, a trescientos millones de personas. Cielo intoxicado, clima enloquecido, planeta recalentado, hielos polares derritiéndose, selvas, ríos y animales en extinción son el producto de las acciones irresponsables de quienes creen que el mundo es de ellos y quienes lo habitamos valemos un cero a la izquierda.
Escribo este artículo a propósito de la tragedia ocasionada por el huracán “Félix” en el litoral Atlántico de nuestro país, cuyos poblados fueron arrasados por este meteoro de gran magnitud llenando de tristeza, desolación, luto y pobreza a miles de personas que poco o nada han tenido que ver con las acciones negativas contra la madre tierra. Nuestro país ha sido golpeado por muchos fenómenos naturales que han dejado muertes y pérdidas económicas como el terremoto de Managua en 1972, el huracán Mitch en 1988 y éste que pasó con furia sobre las poblaciones indígenas de la RAAN.
Las autoridades gubernamentales aún no terminan de contabilizar los daños cuando se está hablando que hay cinco fenómenos pendientes y que más de alguno podría darse una “pasadita” y ocasionar más muertes y daños de los que ya tenemos, como si no bastara con lo sucedido a nuestros hermanos costeños que hoy lamentan la pérdida de sus viviendas, medios de trabajo, cosechas y lo más doloroso: la pérdida de seres humanos entre ellos niños, mujeres y ancianos, que son los más vulnerables e indefensos en estos casos.
Las tragedias siempre dejan una lección que aprender. Por un lado está el exceso de confianza de la población ante las alertas, en esto hay que señalar que una alerta oportuna y eficaz llega mejor a la población, máxime cuando existe el problema de poca accesibilidad a los poblados. Por otro lado, la fragilidad de la infraestructura, las viviendas de las poblaciones costeras en su mayoría son viejas, mal construidas y de madera, lo que agregado a las características naturales de la zona del litoral Atlántico, con ríos caudalosos, áreas montañosas y el océano bordeando las costas, pone al descubierto lo vulnerable que somos ante este tipo de fenómenos naturales y el grado de atención que debemos dar a las alertas ante eventos de esa magnitud.
Francamente urgen acciones mas allá de la conciencia humana que a estas alturas está contaminada por el dinero. Las acciones deben pasar primero por las leyes, pero leyes que se cumplan y no aquellas que quedan en papeles o archivos de los entes del gobierno como las actuales. Me parece que concienciar al ser humano no está sólo en enseñarle a la población sobre las malas acciones que perturban el medio ambiente sino también poner buenos funcionarios en las instituciones que tienen que ver con el asunto, como Marena, Inafor, alcaldías y otros. Que sean funcionarios capaces, insobornables y sobre todo conscientes del trabajo que deben realizar.
Nueva Guinea, RAAS, septiembre 2007.
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