Opinión

Sobreviví... salí de la cárcel del silencio


Soy una mujer adulta que ha sufrido abuso sexual en su niñez y que no ha tenido la buena suerte de haber sido protegida y sacada de esta situación dolorosa. Mi realidad es que viví el abuso por varios años y parte de varias personas. Para sobrevivir esta situación de abuso prolongado usé mecanismos de disociación, las pesadillas. Puse las experiencias reales en pesadillas. Me decía: “No puede ser realidad lo que vivo, es sólo una pesadilla”… Así sobreviví. Las amenazas del abusador me causaron temor. Y el pudor, la vergüenza y la educación de aquel tiempo hicieron imposible que yo hablara.
Lo que sucede cuando una niña es abusada por un pariente es que el sistema de confianza se destruye. De repente la persona que es responsable por el bienestar de la niña, que juega con ella y llega con juguetes, aparece con la cara del abusador. Esto hace que la niña viva siempre “electrizada” cuando entra esta persona a la casa, ya que no puede saber desde su rostro si viene como papá o como abusador.
Hoy, muchos años después y luego de un camino doloroso, puedo describir las secuelas que me dejaron los múltiples abusos y que hoy son parte de mi pasado, que ya no me afectan:
El abuso me convirtió en una niña muy triste que no se relacionaba fácilmente con otros niños. No confiaba en nadie y mis padres me regañaban mucho por ser “muy malcriada”. Me comía las uñas y me chupaba el dedo, me orinaba en la cama y todo este «mal comportamiento» fue razón para más regaños de mis padres y sus fuertes reclamos.
En mi adolescencia traté de suicidarme varias veces y me lastimé con frecuencia: con guillettes me corté en cualquier parte del cuerpo, «simplemente» para tapar el dolor en mi alma con un dolor que yo fui capaz de controlar. El abuso me dejó con la sensación que soy una inútil, que no tengo ningún derecho, que la vida no vale nada. Me quemé las manos con cigarillos para tener «una razón de sufrir», ya que el abuso no dejó heridas visibles, sino que me destruyó invisiblemente.
Físicamente el dolor me quedó en el cuerpo, siempre me dolía mucho toda la espalda y me sentía pesada. Mi postura corporal ha sido con la cabeza agachada, anduve siempre encorvada. No finalicé mis estudios universitarios de Psicología, sino que terminé en un hospital psiquiátrico donde me trataron “de loca”… En los años 60 en Alemania sólo pocas personas hablaron del abuso sexual y en los hospitales no sabían cómo tratar a una sobreviviente.
Las relaciones de pareja han sido difíciles, mi autoestima muy baja y siempre encontré “la culpa” por los fracasos en mí, pero la verdad es que por falta de confianza y por la incomprensión de mis parejas las relaciones fracasaron. Particularmente las relaciones sexuales me causaron mucho miedo y no logré relajarme y sentir placer. Hoy, después de mi proceso de sanar y haber trabajado las secuelas, me siento capaz de enamorarme nuevamente.
En el trabajo siempre me dejé sobrecargar de responsabilidades, un “no” no conocí, y también en la vida personal no desarrollé la capacidad de poner límites.
Así viví muchos años hasta que un “detonante” me obligó a trabajar mi pasado, y trabajarlo de verdad: buscar terapia con una persona especializada en el tema y en un grupo con otras mujeres que habían vivido lo mismo en su niñez. Este intercambio con otras sobrevivientes me hizo entender muchas cosas, lo más importante era hablar, salir de esta cárcel del silencio. Darnos cuenta que somos tantas que hemos vivido lo mismo. Darnos cuenta que con trabajar el cuerpo desaparecen los dolores en la espalda, los dolores de cabeza que nos causó la carga de un horrible secreto nunca mencionado.
Poco a poco logramos cambiar, reconstruir nuestras vidas, deshacernos de muchos hábitos y actuaciones que ya no los necesitamos, aprendimos a poner límites, aprendimos a decir “no” y a defender el derecho a un “no” y hacer respetar nuestro “no”. Incluso tenemos el derecho a un “no” si no queremos tener la relación sexual con nuestra pareja y la pareja no puede obligarnos a tenerla.
Aprendimos que los golpes del marido los aguantamos porque el abusador nos desbarató nuestro derecho al no, así como a reconstruir este derecho. Una de las tareas más difíciles ha sido entrar en una buena comunicación con nuestras madres y hablar sobre el abuso con ellas. Muchas de nosotras nos hemos dado cuenta que también nuestras madres han vivido abuso, y a veces éramos las primeras con quienes hablaron de su propia experiencia. En el grupo nos apoyamos también para cambiar la manera de actuar.
Como hemos vivido por tantos años con este secreto y como no teníamos un “no”, hemos usado muchas veces en nuestras vidas la mentira, y aprendimos en el grupo a decir la verdad y defenderla.
De repente logramos hablar de lo que nos pasó, vencer la vergüenza y el pudor. No somos nosotras quienes tenemos que sentir vergüenza, es siempre el abusador quien la tiene que sentir. Y es el abusador que tiene la culpa, no somos nosotras, ni nuestras mamás.
*Aguas Bravas
Movimiento contra el Abuso Sexual