Opinión

El poder y la muerte


Edwin Sánchez

La otra cara de la moneda del poder y la gloria en Nicaragua es el poder y la muerte. Hoy, hace 27 años, fue asesinado Anastasio Somoza Debayle. Vale reflexionar sobre nuestra historia que Rubén Darío quizás hubiese titulado: “Lo fatal”.
De hecho, las muertes violentas son parte de la humanidad que un día decidió, en su cuenta, expulsar a Dios de la historia y hacer su propio relato. Cuando más, quisieron incluso gobernar al propio creador encerrándolo en liturgias y desarticulando el poderoso mensaje de Cristo en credos, dogmas y tradiciones: el cálculo religioso para administrar los intereses del César de turno.
Las muertes en el poder no dejan de asombrar. Muerte que recorre los pasillos y ámbitos presidenciales. Esa misma que acortó el periodo de nueve presidentes en el cargo por diversas causas y demasiadas sospechas. ¿Significará algo el hecho mismo que el primer Presidente de la Historia Nacional haya inaugurado el régimen presidencialista con su propio deceso?
En el libro de Cipriano Orúe, “Los Presidentes de Nicaragua”, precisa que ocho abandonaron el cargo de forma violenta.
Fruto Chamorro fue el primero que falleció en el poder. Después la lista incluye a Francisco Castellón, José María Estrada, Evaristo Carazo, Diego Manuel Chamorro, Víctor Manuel Román, Anastasio Somoza García, René Schick.
Nuestros héroes fundamentales del siglo XX*, perecieron demasiado jóvenes como para ser recordados en bronce, óleo, versos, mármol y leyendas.
Benjamín Zeledón fue muerto a la edad de 32 años; Augusto C. Sandino fue asesinado vilmente cuando apenas contaba con 39 años; Rigoberto López Pérez se inmoló a los 27; Carlos Fonseca encontró la muerte en las montañas a la edad de 40 años. Quizás presagiaban con su juventud extrema los días contados del acontecimiento superior por el que tanto lucharon.
Jamás pensaron en la gloria del poder. Dos de ellos, con firmeza, enarbolaron su patriotismo con una frase que la terminaron firmando con sus propias vidas: patria o muerte.
Extraño caso del poder y la muerte. En un país donde los grados, militares u honoríficos se ganaron por el riesgo de morir en la batalla, un tipo se coló en la historia, después de ser inspector de los baños públicos de León. Sin haber ido siquiera a San Benito para escuchar el retumbo de una guerra de verdad se quedó con la Loma de Tiscapa. Somoza García se llamaba aquel “viajero de la oportunidad”, como lo califica el historiador Rafael Casanova.
Tacho empezó su guerra personal después, persiguiendo y asesinando a sus potenciales opositores, el primero de ellos Sandino.
Fue por la muerte de un líder de opinión, un periodista, que el país entero pareció despertar de un cruel letargo. Pedro Joaquín Chamorro se llamaba. Nunca una muerte como la de PJCH movió tantas vidas para empujar otro capítulo de la historia.
Muerte la que descompuso los años 80. Muerte de pequeños héroes, lista interminable de jovencitos llamados al Servicio Militar. Tantos muertos que desfilaron ante los atrios de las parroquias cerradas. El llanto de las madres definió la muerte urgente, rápida, de una revolución hecha con todos los sueños del pueblo para oponerla a una vieja pesadilla.
La revolución sandinista pereció demasiado joven como sus arquetipos, a los 10 años, casi niña. Y las revoluciones del siglo XX duraron en otras partes del mundo hasta 60 y 70 años en el mando y 40 en ahí nomás en el Caribe. A nosotros nos tocó un día en el calendario de las revoluciones de la humanidad.
¿No hay acaso algún mensaje que a un ex presidente le haya sobrevenido una serie de muertes en su entorno familiar y que otro, en el ejercicio de sus funciones, viera partir a dos jóvenes hijos?
Somos de una patria que define sus grandes acontecimientos alrededor del luto para mover la historia de los vivos. Un país que canta su himno en la paz o en la guerra, hablando de cañones que ya no rugen, cuando más rugían las carabinas, o de banderas que ya no se tiñen de sangre de hermanos cuando más manchadas se izaban.
El signo de la muerte, si se volviese la vista al pasado, parece marcado en la frente de la política, porque pertenecemos a un país que ha cabalgado con el jinete pálido del Apocalipsis y ya debiera ser la hora de bajarse, de desmontar la bestia, pero todos quieren ensillar el poder y peor, repetir.
Es la historia del poder, donde nada está más asegurado que “el espanto seguro de estar mañana muerto”, como escribió Rubén; sí, y ese encuentro sin protocolos ni paradas militares, que a nadie se le ocurre incluir en la agenda de la Casa Presidencial, sólo es el fin de una historia personal para dar paso a la historia colectiva.
De todos depende, y mayor es la responsabilidad de la clase política, que el siglo XXI no sea otro cortejo más en dirección a la tumba que “aguarda con sus fúnebres ramos” nuestra historia.
* Constitución Política de Nicaragua.
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