Opinión

Una especie en extinción


UNO
La muerte de Ryszard Kapuscinski (enero, 2007) lo precipitó por los caminos de la gloria y de la fama. En América Latina, aunque formó parte integral de su universo inigualable de reportero de guerra, continúa siendo desconocido por amplios sectores del mundo periodístico, pese a ser una de sus más grandes figuras paradigmáticas. La revelación de su genio comenzó a cobrar vuelo a partir de 2001, cuando impartió en Ciudad México uno de los tantos talleres de crónicas que familiarizaron su obra y agrandaron su influencia entre un centenar de periodistas que encontraron en sus enseñanzas, en su manera de ver y practicar el periodismo, una forma distinta de ejercer este fascinante y peligroso oficio, sujeto a todo tipo de asechanzas, sospechas, peligros, elogios y vilipendios.
Un oficiante mayor que sin aspavientos y estridencias ponía al alcance de todos sus diversas maneras de entender el periodismo. Una concepción radicalmente opuesta a la asepsia con que es asumido en esta parte del mundo por los practicantes del género. Kapuscinski se ubica en las antípodas. La cosmovisión que anima sus prácticas dista mucho de las visiones en que han sido formados los periodistas latinoamericanos en las universidades. Sus posturas se apartan del denominador común en que ha sido forjada la miríada de periodistas, cuya influencia directa viene del periodismo anglosajón y más específicamente norteamericano.
Kapuscinski poseía una clara conciencia del terreno que pisaba. Leerlo, comprenderlo y asumir sus tesis, para quienes han convertido en dogmas de fe inquebrantable las normas que preceden y sobre las que se asienta el ejercicio del periodismo anglosajón, resultan desafiantes. Invita a volver a andar por caminos transitados. Da de baja a la objetividad, esa carta de presentación con la que se inicia el decálogo del periodismo mundial, influenciado hasta los tuétanos por el periodismo de factura norteamericana. Poner en duda este principio o desconocerlo como lo hace Kapuscinski convierte automáticamente en un hereje a quien se atreve hacerlo. Ésta es la más profunda y sólida lección que dejó como herencia entre quienes tuvieron la dicha de compartir sus experiencias en la parte más ruda del oficio: corresponsal de guerra en tres continentes durante más de veinte años: África, Asia y América Latina, lo que le permitió cubrir más de veinte enfrentamientos bélicos, asistir y apreciar los procesos de descolonización en África y, como el Coronel Aureliano Buendía, sobrevivir cuatro veces frente al pelotón de fusilamiento y, como él mismo confiesa, haber subsistido por casualidad.
En un mundo como el actual, donde la desesperanza crece y la pobreza se multiplica, Kapuscinski siempre comulgó con la idea de que era antiético dejar de tomar partido a favor de los condenados de la tierra, para recurrir al nombre del texto de Frantz Fanon, uno de los intelectuales más lúcidos y comprometidos con las luchas de liberación africanas, continente sobre el que se especializó el polaco, al extremo que su libro Ébano se ha convertido en un imprescindible para cualquier diplomático occidental que quiera adentrarse en el conocimiento del mundo africano. Su manera de actuar era un firme compromiso con quienes sufrían los rigores de la guerra. Sin faltar a la verdad, ese principio que hoy las grandes empresas corporativas mediáticas han abandonado, Kapuscinki se inclinó a favor de quienes sufrían los embates de la guerra, mujeres, ancianos y niños. Sin despreciar la verdad jamás ocultó sus simpatías. Su máxima irrenunciable era que podía escribir recurriendo a las más delicadas técnicas de la escritura literaria, sin desapegarse por un instante de la cruda realidad. En esto se emparenta con Gabriel García Márquez. Su discípulo más aventajado, el norteamericano Jon Lee Anderson, periodista de planta de The New Yorker, guarda especial afecto por este principio, aprendido de su maestro: “Mi regla de oro es no llenar con ficción lo que no he podido comprobar”.
DOS
Ahora que la obra de Kapuscinski comienza a conocerse y expandirse por estas tierras, no puede seguir ignorándose. No es que se trate de un perfecto desconocido. La deuda a saldar: tener su obra y magisterio como firmes cabeceras en la bibliografía que se entrega a los jóvenes estudiantes de prensa escrita, para que conozcan de primera mano y comiencen a familiarizarse con uno de los grandes iconos del periodismo contemporáneo. A los jóvenes, por los que guardaba un especial afecto y para quienes vierte palabras elogiosas, en su célebre entrevista con la italiana María Nodotti, que aparece en uno de sus textos memorables, Los cínicos no sirven para este oficio, un texto esclarecedor donde además de verter sus tesis más apasionantes sobre la ética, brinda recomendaciones a las que uno debe suscribirse, si todavía comulga con la idea, casi en extinción, de que el periodismo debe concebirse como un apostolado, no en el sentido misionero o predicador, conceptos de los cuales descreía, sino como la responsabilidad que asiste a cada periodista de volver habitable el planeta para todos, sin excepciones ni exclusiones de ninguna naturaleza.
En América Latina, quienes más han hecho por difundir sus enseñanzas son Gabriel García Márquez, a través de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), y el sitio web saladeprensa.org, bajo la dirección del mexicano Gerardo Albarrán de Alba, a quien invité dos veces para que viniera a impartir clases a los periodistas nicaragüenses, en los postgrados sobre periodismo investigativo, bajo los auspicios de la Agencia Noruega para el Desarrollo (Norad). En Nicaragua no puede continuar desconociéndose la obra de un periodista catalogado como el mejor reportero del siglo XX y quien en distintas ocasiones, por sus indiscutibles méritos, fue candidato a ganar el Premio Nobel. Un caso insólito dentro de la literatura mundial, se trataba de un escritor de obras de no ficción. Con justa razón hay quienes afirman que Kapuscinski es el creador de un nuevo género que cabalga a caballo entre la crónica, el reportaje y la literatura. Aunque para ser exactos su veintena de libros están contaminados de pura literatura. Era un periodista literato o un literato que hacía periodismo.
Aun descreyendo de los géneros periodísticos, una posición que lo aproxima a Carlos Monsiváis, como los grandes de su especie, termina siendo el creador de un nuevo género al cual deberá dársele algún nombre, así el maestro se sienta insatisfecho. Este ímpetu por la palabra le viene de los años juveniles en que debutó como poeta. Una pasión que mantuvo viva a través de su existencia, que cultivó con esmero (Libreta, 1986 y La naturaleza y sus leyes, 2006) y marcó de manera definitiva su acto de escritura. Algo similar ocurrió con Gabo. En su juventud hizo poesía, como lo hace ver el colombiano, Dasso Zaldívar, en la biografía El regreso a la semilla. A Gabo primero lo sedujo la poesía, sobre todo Darío y luego se dejó atrapar para siempre por sus oficios compartidos: la narrativa literaria y el nuevo periodismo.
Kapusciski deja una herencia. Enseña de manera humilde, pero efectiva, que para llegar a ser un grande se tiene primero, y antes que nada, que leer, leer y leer. Sus recomendaciones para los jóvenes que se abren a la aventura del periodismo: asumir con prestancia el vicio de la lectura. Sus alusiones al tema de la lectura son persistentes. Incluso, como él mismo lo confiesa, fue un lector de oficio y no de placer como lo recomienda Jorge Luis Borges. Tuvo que leer obligado por las circunstancias. Esta situación lo llevó a descubrir que la falta de una lectura constante puede convertirse en un valladar insalvable para cualquier joven periodista. Se trata de un lector tardío (comenzó a hacerlo a los veinticinco años), tal vez a eso obedezca que lo hiciera de una manera voraz, atragantándose textos en diversos idiomas. La ambición de que su trabajo fuese reconocido por todo el orbe lo indujo a aprender la lengua que hablaban los habitantes de su universo sin fin. Fue un políglota.
Para quienes se dejan encandilar por la luces del poder, debemos recordar que Kapuscinski siempre rehuyó de las fuentes oficiales. Son pocas las citas que formula de personajes encumbrados en las alturas del poder. Con la misma determinación que evitó hospedarse en hoteles alfombrados y con aires acondicionados, para irse a vivir entre la gente común y corriente en las barriadas, siempre tuvo reparos en acudir a las fuentes oficiales y oficiosas. Él habla de sus personajes en sus verdaderos ambientes. No se parecía para nada a los funcionarios del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial. Como cuenta Joseph Stiglitz en El malestar en la globalización, éstos llegan a nuestros países a hospedarse en lujosos hoteles, sin entrar en contacto con la gente y su entorno, a dictar recetas que por esa misma razón indigestan a nuestros pueblos.
En los tiempos que corren y de acuerdo al color del cristal con que se mire, para la mayoría, es decir, para los inteligentes y comprometidos, Kapuscinski será un raro, una especie en extinción y para los otros igual, nada más que por diferentes motivos: para éstos un periodismo de esta naturaleza ya nada tiene que ver con el mundo que habitamos. Un mundo en manos de poderosos empresarios mediáticos que ven el periodismo como un gran negocio y no como el sagrado deber de informar a los pueblos al precio que sea. Abrigo la certeza que la nueva generación de periodistas nicaragüenses encontrará en Kapuscinski ¡un dulce remanso en donde reclinar su cabeza!