Opinión

Independencia de Centroamérica


La independencia de Centroamérica no existió. La que hoy se conmemora corresponde a una elaboración a posteriori, quizás sin conciencia plena, consecuencia del abrupto golpe de conciencia --esta vez plena-- de haber llegado a un punto sin retorno en la ruptura definitiva con España y de cualquier otra potencia. Un golpe que obligó al establecimiento político a asumir su propio destino como nación, empezando por darse una partida de nacimiento.
No hubo tal independencia porque con excepción de pocos líderes liberales, regionales y de cada provincia, que siguiendo el ejemplo de sus pares americanos lograron crear pequeños núcleos que sí lucharon sentidamente por la independencia de España, el pueblo no logró desarrollar esa necesidad sentida. El resultado fue que en Centroamérica nunca se estructuró un movimiento independentista, como sí los hubo, y muy tempranamente, en el resto de América.
Aquella independencia, pues, no fue el resultado de una lucha de los pueblos de la región. Menos de una lucha revolucionaria de ideología liberal, que fue la que orientó las luchas independentistas americanas. Aquella independencia fue producto de circunstancias externas: de la propia España y de las otras naciones americanas, en particular la de México, que al final de la lucha terminó asociándose en los hechos a la Corona española. Una verdad incuestionable, a pesar de que España negó su refrendo al Plan de Iguala.
La verdad histórica es que el llamado reino de Guatemala (una denominación político-jurídica que nunca existió, otra mentira histórica), mejor dicho la Capitanía General de Guatemala, de pronto y tardíamente se encontró a la deriva: entre un imperio español liquidado, sin ninguna posibilidad de recuperar sus posesiones americanas, y el resto de América ya independiente, a pesar de que en América del Sur aún persistían las guerras contra España.
En estas circunstancias y ante el hecho consumado de la separación de Chiapas y de su simultánea adhesión al imperio mexicano, que produjo el reclamo tumultuoso, demandando la independencia, por parte del pueblo de la ciudad de Guatemala --no de la Provincia de Guatemala y menos del pueblo de todas ellas, como al menos implícitamente lo enseña la historia--, las autoridades españolas de la Capitanía General no tuvieron más remedio que tomar una decisión en esa dirección. Una decisión en esa dirección. Y estaban conscientes de ello.
Ésta es la verdad. En medio de su desconcierto y sin duda con el apoyo de la esclarecida intervención de los poquísimos líderes liberales que tomaron parte de la asamblea que tomó aquella decisión, las autoridades españolas y los criollos que las acompañaban --incluyendo los independentistas-- fueron honestos, ingenua y cínicamente honestos, según del lado que se analice.
Para reconocer esta honestidad cínica-ingenua basta releer el primer punto “(que) el señor Jefe Político la mande a publicar para prevenir las consecuencias que serían temibles en el caso de que la proclamase el mismo pueblo”. Ingenuo frente a la Corona española: “ésta es la opción que nos permite trabajar por conservar la posesión de España sobre la Capitanía”; cínico, enrostrándoles a los liberales independentistas que nuevamente los obligaban a posponer sus luchas; cinismo que éstos dejaron pasar porque sí tenían conciencia de la imposibilidad de regresar a la dependencia española.
Fue sin embargo una decisión tímida, insegura, desconcertada como su reacción a las circunstancias que enfrentaban. En realidad estas autoridades no declararon la independencia de España. Esa intención era impensable. No estaba en su ánimo. (Sólo en el punto 17 mencionan “que Guatemala proclamó su feliz independencia”). Los temores de no ser sostenible como estado independiente sobrepasaban con creces las expectativas de constituirse en nación soberana. Y quienes pensaban lo contrario estaban en absoluta minoría.
Proyectando además estos temores a la convocatoria hecha a las provincias, para “formar el Congreso que debe decidir el punto de la independencia y fijar, en caso de acordarla, la forma de gobierno y la ley fundamental que deba regir”. Más claro, imposible: “en el caso de acordarla”. Por eso el miedo a la amenaza del uso de la fuerza de parte del naciente y poderoso imperio mexicano se impuso a ese intento democrático, viciado de origen, dirigido por las propias autoridades españolas que aún continuaban a cargo del poder en cada provincia.
Finalmente, sin esperar los resultados electorales, las autoridades centrales del nuevo estado a la deriva decidieron su anexión a México. Una decisión que despertó la conciencia en los sectores más avanzados, obligándolos rechazar esta decisión y a organizarse en la defensa de la sentida nacionalidad común. Así empiezan las guerras civiles en cada provincia, de cara a la unidad regional. Guerras que de hecho se convierten en tardías guerras de independencia y en adelantada revolución liberal.
Paradójicamente, sin embargo, estas guerras también se constituyen en caldo de cultivo de la división del naciente estado. Los pueblos empiezan a cobrar conciencia de su nacionalidad común a partir de su identidad local. Empiezan a actuar como naturales de cada provincia y no como ciudadanos de la patria mayor.
Fue hasta el fracaso del imperio de Iturbide que las autoridades del fugaz e innominado primer estado centroamericano se encuentran otra vez frente a la imperiosa necesidad de asumir la independencia. Entonces convocan de nuevo la Asamblea frustrada por la anexión a México, que en su primer decreto, del uno de julio de 1823, declara la independencia de definitiva “de la antigua España, de México y de cualquier otra potencia, así del antiguo como el Nuevo Mundo, y que no son, ni deben ser el patrimonio de persona ni familia alguna”, esto último en claro rechazo al imperio.
Entonces, por primera vez, la nueva Asamblea le da al país el nombre de Provincias Unidas del Centro de América, que muy pronto, apenas meses después, sería cambiado al aprobarse la primea constitución por el de República Federal de Centroamérica. Una constitución que se inspira en la de los Estados Unidos, sustituyendo al liberalismo principista de la revolución francesa por el pragmático de la norteamericana.
Pero la Constitución primigenia privilegia a los nuevos Estados dejando a un lado a la Federación, una situación que favorece las guerras civiles entre las fuerzas que se disputaban el poder central y que potencian el sentimiento nacional de los estados en contra de la ciudadanía centroamericana. Un sentimiento que aún perdura y cuyo abatimiento ha sido el reto histórico, permanente, de todas las generaciones subsiguientes.
Ésta ha sido la tragedia de Centroamérica. Una lucha por una unidad que virtualmente nunca ha existido. Igual que no existió la independencia que hoy conmemoramos, que por cierto, al conmemorarse su primer centenario provocó la primera gran discusión entre los historiadores de la región, durante la cual, la mayoría, principalmente los salvadoreños, proponían reivindicar el uno de julio de 1823 como la verdadera fecha de la Independencia de Centroamérica. Se impuso la tradición, mejor dicho, la costumbre.