Opinión

Las Educadoras Comunitarias, reserva moral de nuestra Educación


Pocos días atrás tuve el privilegio de conversar, con fines investigativos, con un grupo de educadoras comunitarias en la Dirección de Preescolar del Mined. Las hipótesis que había tejido sobre este Programa estaban abarrotadas de percepciones positivas, aunque con tonalidades de insuficiencias y vacíos. Pude entablar un diálogo franco y respetuoso con ellas, a merced de preguntas insistentes y provocativas sobre su quehacer, aflorando con naturalidad sus sentimientos, expectativas y sueños. Jamás en mi vida profesional había encontrado un grupo de educadoras que me ayudaran a reflexionar con tanta profundidad y desapego en la educación, removiendo mis propios paradigmas educativos. Nunca la educación me pareció tan bella e inalcanzable como en ese momento, a la vez que tan cercana a las distintas caras que presenta la pobreza de las comunidades más abandonadas del país en las que ellas trabajan.
El programa se reinició en la década de los 90, como experiencia exitosa que había sido en los 80, con características similares, aunque en un contexto muy diferente. A lo largo de estos años, el programa ha avanzado y se ha extendido por todo el país, bajo la dirección del Mined y con la colaboración de varios ONG que vienen aportando un enfoque integral a la educación infantil. La Comisión Nacional de Educación Infantil se constituyó, precisamente, en el punto de encuentro, coordinación e incidencia, integrada por las instituciones del Estado responsables de programas educativos, y de un conjunto de organismos de la sociedad civil con experiencia e interés en el tema.
Los principales obstáculos que ha encontrado este programa en su andar son, entre otros: Ausencia de una política educativa específica para este rango de edades, bajos niveles de preparación académica, carencia de un estatus laboral adecuado, reciben una ayuda de C$ 500, obstáculos institucionales para incorporarse a programas de formación, invisibilización social, grandes limitaciones para desarrollar su labor en locales sin condiciones pedagógicas, desatención de las Delegaciones del Mined, cierto desdén en el tratamiento de funcionarios y educadores del resto de niveles, casi no cuentan con medios didácticos, no se les reconocen sus derechos laborales ni de organización.
-Las Educadoras Comunitarias y su vocación de entrega: Lo más llamativo que aflora, frente a estas grandes contradicciones, es su gran vocación, entrega y capacidad de iniciativa y voluntad para educar a los infantes desde un enfoque de integralidad. Detrás de cada una de ellas se ocultan tragedias personales y familiares que han servido de trampolín para acrecentar su entrega a la educación. Su fortaleza y resiliencia ante las adversidades personales y los obstáculos institucionales ha despertado en ellas capacidades de primer orden, a las que hace tiempo muchas instituciones académicas renunciaron. Es su compromiso ético el que alimenta, en ellas, iniciativas técnico-pedagógicas. Su autenticidad se convierte en el mayor valor de su desempeño educativo.
-Con una voluntad de superación científica y pedagógica insatisfecha: Las menos con bachillerato y otras estudiando o concluida la primaria, difícilmente son aceptadas en programas de superación docente de las Escuelas Normales. A pesar de ello, su voluntad y decisión de aprender son infinitas, como invaluables sus esfuerzos para “aprender en soledad” sin el apoyo institucional requerido. Su entusiasmo y entrega les ha fogueado hasta el punto de gestar iniciativas pedagógicas maravillosas impensables en escuelas de primaria y secundaria.
-Frente a la falta de recursos y apoyo, su voluntad incondicional de aportar a la comunidad: La ausencia o insuficiencia de recursos de apoyo ha desarrollado en ellas un olfato pedagógico inimaginable, para convertir la naturaleza y el medio en los mejores recursos de aprendizaje. A falta de tizas, lápices de color, pega, papel, etc. ellas mismas los han reemplazado por otros con tanto o mayor valor didáctico. La miseria que rodea los locales en que enseñan no les amedrenta, la compensan con su pedagogía del afecto y apoyo; identifican los casos de violencia familiar y construyen mil estrategias para incidir positivamente en las familias y en la comunidad. Se constituyen, con su trabajo, en arma para superar la violencia y aportar al desarrollo.
-Ante la pedagogía del silencio imperante en el sistema educativo, su pedagogía liberadora. Despliegan su vocación con una pedagogía capaz de devolver y liberar a sus niños de temores, transformando la cultura del silencio e imposición imperante en sus hogares en la cultura de la palabra que les libera, cultura que pronto volverá a ser asfixiada en Primaria y después en Secundaria por la cultura del silencio dominante.
-Frente a la ausencia de reconocimiento institucional y social, el amor de sus alumnos y de la comunidad: Cuando la institución les negó, hace pocos años, todo derecho a protestar o hacer propuestas, y cuando no se les toma en cuenta para participar en programas institucionales y sociales, su compromiso pedagógico dinamiza el aprendizaje de los niños a la par del desarrollo comunitario, convirtiendo la educación en la mejor arma para un desarrollo integral personal y social. Es preciso que el país visibilice las enseñanzas y valores de este programa, lo aliente, lo fortalezca y rescate de él las lecciones que aún no ha logrado aprender el resto de modalidades y niveles educativos.
*IDEUCA