Opinión

La tecnología de los países ricos debe beneficiar a los países pobres


Según informes del Banco Mundial, para el año 2001 unos 2800 millones de personas, cerca del 47% del total de los 6000 millones que habitaban el planeta, vivían con menos de dos dólares (U$2) al día. Unos 1200 millones, el 20% del total de habitantes, vivían con menos de un dólar (U$1) al día, en pobreza extrema. El ingreso promedio de los 20 países más ricos del mundo era 37 veces mayor que el de los 20 más pobres. A pesar de que ya estamos en 2007, estas proporciones no han variado mucho.
Algunos países ricos, por su parte, han venido tomando conciencia de que las recetas del Fondo Monetario Internacional (FMI) no son suficientes, y que es necesario un componente social para ayudar a mitigar el sufrimiento de los más pobre, para evitar que continúen las oleadas de emigrantes ilegales que invaden los países más desarrollados en busca de mejores perspectivas para el futuro. En sus últimas cumbres los ocho países más ricos del planeta (G8) han reconocido la difícil situación de estas naciones, han ofrecido un mayor alivio de la deuda y subrayado la necesidad de programas sociales por parte de la comunidad internacional. Pero los países, especialmente los africanos, siguen esperando acciones categóricas que revelen tal compromiso.
La promesa de los países desarrollados de dedicar el 0.7 % de su PIB a ayuda y cooperación oficial para el desarrollo de las demás naciones está muy lejos de cumplirse. Para 2006, sólo cinco países de Europa cumplían o sobrepasaban la meta prevista, siendo el promedio de la Unión Europea del
0.22 %. Por su parte, el país más rico del planeta, Estados Unidos, tiene el índice más bajo: 0.11 %.
Si queremos que el número de pobres no siga aumentando en el presente siglo, necesitamos urgentemente una nueva creatividad y una nueva asociación entre ricos y pobres, antes de que sea demasiado tarde. Son necesarios la condonación completa de las deudas de los más pobres y el cambio de dirección en los programas del FMI y el Banco Mundial (BM). Una mayor participación de los organismos internacionales, como la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO en ingles), que deberían representar un papel importante en la identificación de las prioridades mundiales de salud y agricultura.
Una muestra fehaciente de la firmeza del compromiso de algunos de estos países con el bienestar mundial es la gran indiferencia estadounidense ante las agencias de la ONU que asisten a los países más pobres, en salud pública, ciencias, agricultura y ambiente.
Un desafío muy importante es la movilización global de la ciencia y la tecnología para enfrentar las crisis de salud pública, la productividad agropecuaria, la degradación ambiental y la presión demográfica que atacan a estos países. Sin embargo, ciertos países no honran sus compromisos con los países más pobres y gastan más en armamento que en aliviar la pobreza y construir un mundo mejor.
La sociedad moderna y la prosperidad se fundamentan en la ciencia moderna. Por supuesto que el capitalismo global es un conjunto de instituciones sociales: derechos de propiedad, sistemas legales, instituciones políticas, acuerdos internacionales, corporaciones transnacionales, establecimientos educativos e institutos de educación públicos o privados, etc.; pero la prosperidad aportada por estas instituciones se arraiga en el desarrollo y aplicaciones de las nuevas tecnologías con base científica. Dentro de este contexto, cabe notar que la inequidad entre los ingresos del mundo es superada por la desigualdad en la producción científica y las innovaciones tecnológicas.
Aún cuando la ciencia y la tecnología mundiales provoquen nuevas oleadas de riqueza y bienestar en los países ricos, en los países pobres la situación empeora dramáticamente. La investigación y desarrollo de nuevas tecnologías van dirigidos a solucionar los problemas de los países ricos. ¡Claro está, la ciencia sigue al mercado!
Muchos de los avances científicos y tecnológicos son obras de científicos de países pobres, que trabajan en laboratorios de países ricos. El punto fundamental, entonces, parece ser que: la ciencia global está dirigida a las naciones ricas y es para mercados de países ricos, hasta el punto de movilizar mucho del potencial científico de los países más pobres. Esto resulta especialmente cierto en una era en la que los saltos tecnológicos requieren un equipo costoso de científicos y laboratorios de investigación bien aprovisionados.
Es innegable que el desarrollo de la ciencia requiere una asociación entre los sectores públicos y privados. A pesar de los ideólogos del libre mercado, apenas existe una tecnología importante que no haya sido alimentada tanto por el sector público como por el privado.
En un mundo donde la ciencia es prerrogativa de los países ricos, al tiempo que los pobres continúan muriendo, las bondades de los derechos de la propiedad intelectual resultan menos apremiantes que las realidades sociales. El mundo tendrá que reconsiderar la cuestión de los derechos de propiedad antes que los derechos de patente permitan a las ricas multinacionales adueñarse de los códigos genéticos de todos los alimentos de los cuales depende la humanidad, y hasta del mismo genoma humano. Un profundo desequilibrio en la producción global de conocimientos es, probablemente, el motor más poderoso para la divergencia entre el bienestar global de ricos y pobres.
La situación de los países más pobres (HIPC) se ha vuelto insostenible, especialmente en un momento en el que los países ricos están desbordantes de riqueza y capacidad científica. Ha llegado el tiempo de replantear fundamentalmente la estrategia de cooperación entre ricos y pobres, con el manifiesto propósito de echar a andar a los más pobres entre los pobres, para que participen en la carrera por el progreso humano.
*Diplomático, Jurista y Politólogo.