Opinión

Los ideólogos de la nueva derecha


Es un Estado que tiene más de 700 bases militares ocupando el mundo. Sólo en uno de los países que tiene ocupado es responsable de un genocidio de cerca de un millón de personas. Ha inventado el sistema globalizado de secuestros y torturas de seres humanos.
Pero usar los conceptos de imperio e imperialismo es de mal gusto, sinónimo de mala educación. Son conceptos que huelen a exceso de testosterona, diría Gioconda Belli.
Un escriba se dedicó a contar el número de veces que Chávez y Ortega usaron estos conceptos en sus discursos. Tantas veces en que se evidenciaba su mala crianza.
Para demostrar una buena crianza habría que usar esos significantes cínicos que envilecen el sentido del lenguaje. Buena crianza sería decir, al estilo Bolaños o Caldera: “Una democracia modelo que respeta los derechos humanos y encabeza una lucha heroica contra el terrorismo global”.
Es peligroso defender la autodeterminación nacional, el derecho soberano a tener relaciones de mutuo respeto con todos los Estados. Porque conlleva caer en esa práctica detestable que los dominadores califican como “populismo”. Este peligro lo machacan los grandes medios y los ideólogos de la nueva derecha, tipo Sergio Ramírez, Carlos Fernando Chamorro o Gioconda Belli. ¿Qué puede pensar el Departamento de Estado?
La que fuera tiempos ha, una revista seria de análisis de coyuntura, Envío, hoy consternada sentencia: “Irán amenaza a la comunidad internacional; es irresponsable tener relaciones con Irán”. No hace otra cosa que repetir las sandeces que propagan el Departamento de Estado y los discursos del decadente George W. Bush.
Augusto Sandino, nuestro paradigma histórico, convertido en un democristiano defensor de la “economía social de mercado”. Es la versión de Sandino travesti que nos quiere vender un ex general que alguna vez, quizá, se identificó con sus ideales.
“Sin Estados Unidos no podemos luchar contra la pobreza”. Ideas semejantes la oligarquía las expresaba desde comienzos del siglo XIX, hace casi dos siglos. Giconda las plantea como un mensaje de clarividencia y visión de futuro.
La Moore, cuando estuvo de embajadora se los dijo con desparpajo a los periodistas: “Yo intervengo, pero también son ustedes quienes me estimulan” (en nica, la niña llorona y la china que la pellizca). Pero no son los periodistas, son sus amos, los empresarios mediáticos que les dan directrices.
Hoy que Trivelli ha bajado su perfil y ya no actúa como procónsul, no les gusta mucho a los empresarios mediáticos. La orientación es: necesitamos que intervenga Trivelli, hay que estimularlo para que intervenga.
Lo que es de buena crianza y rentable es la demonización de Chávez. Destilar bilis contra Chávez, quien es un macho con exceso de testosterona. Tener facciones afroindígenas no calza con los valores estéticos de las oligarquías, y siempre se les asocia con personalidades primitivas. Los cuarterones se aceptan solamente cuando son sumisos. Obando, cuando le besaban el anillo, el cholo peruano Toledo, el zambo salvadoreño Flores. O el feo con el alma bella, copia sublimada de la novela racista de Caridad Bravo
Adams, El negro que tenía el alma blanca. Si no son sumisos, las oligarquías les recetan bilis y caricaturas grotescas.
Pero no sólo bilis, mentiras y más mentiras. Que Chávez es un dictador autoritario.
No existe en el mundo un gobernante que gobierne con más consenso interno que Chávez. Se ha sometido a más de una docena de procesos electorales, con la mayoría de medios en su contra, conspirando y organizándole golpes, con la OEA y centenares de observadores hostiles. Siempre ganó con índices de aprobación que rondaron o superaron el 60 % de los votantes. Gracias al apoyo interno, resistió dos golpes de Estado y un intento de asesinato, como siempre fraguados por la oligarquía nativa y sus medios en complicidad con el imperio. Sin embargo, para Sergio Ramírez y Carlos Fernando Chamorro Chávez no puede ser otra cosa que el prototipo del autócrata latinoamericano.
Las mentiras se extienden. Sergio Ramírez es un novelista de calidad, de quien he aprendido cosas importantes leyendo sus novelas, pero como ideólogo es un reproductor barato de los lugares comunes del Establishment. Leo a veces por curiosidad sociológica, las columnas que publica en varios medios propiedad de las oligarquías latinoamericanas.
En una columna de La Nación, diario de la oligarquía tica, aparece cara a cara, compitiendo en el rictus de la sonrisa y el contenido de los escritos con el troglodita cubano Carlos Alberto Montaner. Leí allí una de sus mentiras más groseras: que en Venezuela durante el período de Chávez había crecido la pobreza. Los datos en este aspecto, confirmados por un organismo que hoy es un organismo del Establishment, la Cepal, son: nivel de pobreza general de la población en 1998, 49 %; en el 2006, 33,9 %; es decir una disminución en 15.1 puntos porcentuales. Pobreza extrema en 1999, 21 %; en 2006, 10.6%; es decir una disminución en 10.4 puntos porcentuales. Además, entre otros muchos logros en materia social, durante el período de Chávez se eliminó el analfabetismo y por primera vez los sectores populares tienen acceso a servicios de salud en sus propias comunidades. Pero también Venezuela es un país que crece económicamente y hacia adentro; sus rubros más altos de crecimiento no son los de la exportación petrolera. El crecimiento promedio del PIB durante los últimos tres años, 2003 – 2006, fue del 13,1 %. Se estima un crecimiento de 6 % promedio anual del PIB para los próximos seis años.
Qué le voy hacer, no puedo evitarlo; no puedo dejar de sentir vergüenza ajena.