Opinión

Allende: “En cinco minutos se puede cambiar la historia”

A doña Esperanza Román (q.e.p.d)

Es Chile un país tan largo, mil cosas pueden pasar, cantaban los Quilapayun. Chile concentra el desierto más calcinante y seco del mundo; por el norte, en las noches pareciera que el firmamento se posara sobre él, tal vez no hay experiencia más mágica que hacer el amor bajo esos cielos. Posee por el sur las tierras más australes, con ciudades como Puntarenas o Chiloé, donde siempre hay verdor. Por el este la Cordillera de los Andes, con sus nieves eternas, sus abismos insondables, el ventisquero que hiere la cara al caminante. Esa misma Cordillera que atravesó Neruda rumbo al exilio: “Yo atravesé las hostiles cordilleras...” y al otro lado, el mar.
Su historia encierra la creación de los primeros partidos obreros de América (PC y PS); las primeras centrales de trabajadores influenciadas por el anarco sindicalismo, también por el cristianismo, como el legendario dirigente Clotario Blest; grandes matanzas y represiones a manos del ejército, allí cuando se cuestionó y se puso en peligro el sistema; un empresariado con visión y proyecto, primer ensayo del neoliberalismo en América Latina al cobijo de Augusto Pinochet.
Chile tuvo también el primer gobierno socialista de la historia de América, a cuya cabeza estuvo Marmaduque Grove, derrocado a los 15 días por la marina chilena. De su Constitución se valdría Allende para vehiculizar su proyecto popular en el marco de la Constitución y las leyes.
Allende era un líder verdaderamente carismático (cariño de su pueblo) y que aun viniendo de una familia de la rancia aristocracia, a quien le gustaba el buen vestir, la comida exquisita, desde que era dirigente estudiantil, ya había definido su opción por los pobres de Chile. Había recorrido varias veces el territorio en sus campañas políticas, el pueblo era más allendista que comunista, fue tres veces candidato a la presidencia. Después de la segunda derrota le preguntaron qué quería como epitafio cuando muriera. Él contestó con humor que quería se le pusiera: “Aquí yace Salvador Allende, futuro presidente de Chile...”.
Tenía una figura de abuelo bonachón, sus párpados encapotados casi escondían unos ojos nobles azules-grises, su bigote blanco, cabello gris-plateado y una frente siempre erguida. Era uno de los oradores más cautivantes que he conocido, tuve la oportunidad de estrechar su mano suave de médico, una vez en el edificio de la Unctad, manifestándonos al saber nuestra nacionalidad su admiración por Nicaragua, Sandino, Darío y la poesía de Ernesto Cardenal, a quien invitó por esa fecha a La Moneda. Cuando quería, tomaba un helicóptero hacia la Isla Negra a conversar con su entrañable amigo Pablo Neruda. Precisamente nuestro poeta Erwin Silva tuvo la oportunidad de conocer personalmente a Neruda cuando llegó triunfal a Chile con su Premio Nobel y se le hizo un gran acto en el Estadio Nacional.
Era tan impresionante la personalidad de Allende que el propio Pedro Joaquín Chamorro --al participar en Santiago en una reunión de la SIP, cuando los medios de comunicación de la derecha junto con las patronales estaban alzados en sedición--, a pesar de sus discrepancias ideológicas claras, no dejó de manifestar su admiración por el estadista chileno.
Allende sabía que el Ejército venía rompiendo su institucionalidad, ya había habido un intento de golpe de estado en junio del 73, pero él decía que moriría defendiendo la Constitución, las leyes y el poder que el pueblo le había entregado, aseguraba que no haría lo que hizo el presidente Balmaceda, suicidarse. El hijo de Balmaceda había sido muy amigo del joven Darío cuando éste llegó a Chile.
Su médico de cabecera que lo acompañó en la defensa de La Moneda dice que el presidente Allende se suicidó. La verdad es que algunos GAP (su guardia personal) que combatieron a su lado en La Moneda dicen que murió acribillado en la defensa de ese símbolo constitucional.
Decía Renato Julio (esposo de una de las hijas de Allende), a quien conocí en Perú y luego nos vimos en Nicaragua, que en la víspera del golpe, en una cena familiar en Tomás Moro (la residencia de Los Presidentes), una hija que llegaba de México le regaló una chaqueta de piel y que él se levantó para írsela a probar a su recámara comentando que tal vez tendría la posibilidad de estrenarla, quizás sintiendo que los acontecimientos se precipitaban y convencido de su irreductible decisión.
Allende siempre creyó en su vía chilena al socialismo, en la revolución de la empanada y el vino tinto, incluso, tuvo una áspera polémica con Regis Debray, éste con su enfoque Leninista ortodoxo del poder y aquél con su propia concepción de la historia de su país. Es curioso cómo el Che Guevara, siendo tan acérrimo defensor de la lucha armada, le envió de regalo a Allende su famoso libro: “La guerra de guerrillas” con la siguiente dedicatoria: “A Salvador Allende, quien por distintos caminos persigue los mismos fines”. La ironía es que Allende llegó desde la madrugada a La Moneda, cuando el golpe estaba en marchar, armado del fusil AK que en este caso Fidel Castro le había regalado.
Otro aspecto que quedará siempre como un enigma para la historia es que Allende pidió en medio de aquel combate desigual dos treguas, una para que salieran las mujeres, entre ellas su secretaria personal y algunos ministros de avanzada como Daniel Vergara, pero también pidió una segunda tregua.
Pinochet, con su voz chillona y cobarde, con un pie en Chile y otro en Argentina, ordenaba a los golpistas no dar una segunda tregua, ni siquiera hablar con el presidente Allende, pues temía su poder de persuasión. Se dice que esa segunda tregua la planteó Allende en un intento de salir por los lados laterales del edificio de La Moneda, iniciar una resistencia desde el seno de su pueblo, formar gabinete en el exilio y llamar a su reconocimiento a la comunidad internacional. Uno de los GAP que combatía a su lado le dijo: “Pero compañero presidente, ¿usted no sabe que en la guerra sólo se puede pedir una tregua?” Se dice que el presidente Allende le respondió: “Pero Luisito, ¿tú no sabes que en cinco minutos se puede cambiar la historia? No hubo una segunda tregua.
Managua, 05 de septiembre de 2007