Opinión

¿La panacea de la educación?


Mucha gente ve la educación como una panacea, en la creencia de que es posible transformar las sociedades invirtiendo dinero para elevar los estándares educativos. Sin embargo, si bien es correcto creer en el poder de la educación --de hecho, muchos académicos consideran que crea ciudadanos más sanos y prósperos-- ese entusiasmo no nos dice cómo hacer para que más niños vayan a la escuela por más tiempo ni cómo asegurar que aprendan habilidades útiles mientras están en ella.
Hoy en día, prácticamente todos los niños y adolescentes de América Latina y el Caribe entran a la escuela primaria y la mayoría completa varios años de secundaria, lo que es un notable avance, si se compara con hace medio siglo. Sin embargo, aprenden menos habilidades en cada año escolar que los estudiantes de los países de altos ingresos, e incluso que otros países en desarrollo. Los niños indígenas tienen una probabilidad significativamente menor de tener éxito en la escuela. Guatemala, Haití, Honduras, Nicaragua y Paraguay están detrás de, incluso, otros países latinoamericanos.
A pesar del entusiasmo generalizado por mejorar el rendimiento educacional en América Latina y el Caribe, se han hecho pocos esfuerzos por determinar cómo aprovechar mejor las inversiones en educación. ¿Cuáles son las políticas que funcionan mejor?
Hay gran diversidad de opiniones. El Banco Mundial recomienda descentralizar la administración y la toma de decisiones en las escuelas, de modo que respondan mejor a las necesidades locales. Sin embargo, no hay estudios fiables que hayan demostrado la eficacia de esta estrategia. La educación bilingüe es otra propuesta que precisa de mayor investigación para comprobar con certeza sus beneficios.
Los estudios en África sugieren que dar medicamentos desparasitantes a alumnos de escuelas primarias reduce la prevalencia de los problemas de salud que reducen la concentración y asistencia a clases. En México se creó hace poco un programa para dar a los profesores incentivos monetarios y formación profesional, pero los estudios realizados hasta ahora no han encontrado efectos significativos en los resultados educativos.
Claramente, existe un déficit de información útil y estudios científicos serios en este ámbito. Sin embargo, se deberían promover tres opciones.
En primer lugar, existe evidencia plausible de que los niños que reciben una mejor nutrición en los primeros años de su vida permanecen en la escuela más tiempo y aprenden más en cada uno de los años escolares. Esto se demostró por primera vez en los años 60, cuando investigadores guatemaltecos dieron a los niños de dos pueblos seleccionados al azar una papilla nutritiva todos los días, y un refresco de frutas mucho menos nutritivo a los niños de otros dos pueblos. Más recientemente, Bolivia lanzó el Proyecto Integral de Desarrollo Infantil (PIDI), que dio a los niños urbanos de bajos ingresos alimentos y actividades educacionales adicionales.
Esta política puede ser muy razonable en cuanto a costos: dar papilla en Guatemala cuesta apenas US$ 23.25 por niño al año, mientras que el valor monetario del aumento de los salarios futuros de los niños es entre dos y cuatro veces más alto.
Una segunda opción son los programas de transferencia de dinero condicionada, que hacen pagos de dinero a hogares pobres cuyos niños asisten a la escuela regularmente. Las familias de algunas comunidades rurales de Honduras, Nicaragua y México reciben pagos en efectivo si los índices de asistencia escolar de sus hijos superan el 85%. En Nicaragua estos programas han aumentado los índices de escolaridad en cerca de 13 puntos porcentuales.
Sin embargo, este tipo de incentivos no enfrenta el problema de la educación de baja calidad, y los estudios muestran que los beneficios no siempre son mayores que los costos.
Las autoridades pertinentes pueden entonces optar por seguir el ejemplo de Chile y Colombia, que dan a los estudiantes dinero del Estado para pagar la educación privada. En Colombia, a principios de los 90 se entregó becas a 125,000 estudiantes de comunidades urbanas pobres. En los lugares donde la demanda superaba la oferta, los destinatarios del “vale” de educación privada se seleccionaban por lotería.
Cada vale le costaba al gobierno de Colombia US$ 24 más al año que su gasto previo por estudiante, pero aumentó los índices de asistencia y las calificaciones. Se estima que los beneficiados mejoraron sus ingresos futuros en cerca de US$ 300 al año. Con beneficios que superan los costos entre 10 y 25 veces, ésta parece ser una buena opción.
Sin embargo, un análisis del programa de vales de Chile no encontró efectos positivos en las calificaciones de los estudiantes o sus años de escolaridad. En lugar de eso, el principal efecto del programa parece haber sido estimular a los mejores estudiantes de las escuelas públicas a cambiarse a escuelas privadas.
Invertir en educación es vital para América Latina y el Caribe. Pero hay mucho que no se conoce aún. Algunas opciones de políticas muestran su verdadera cara una vez que se examinan con detenimiento, mientras otras se muestran promisorias pero requieren más estudio. Los programas más costosos no son necesariamente los más eficaces.
Decir palabras bonitas sobre los beneficios de la educación no hará nada por ayudar a los países de América Latina y el Caribe a ponerse al nivel de los países desarrollados. En lugar de eso, los gobiernos y las organizaciones internacionales deberían apoyar políticas educativas que han demostrado su eficacia, fomentar la investigación y evaluación de otros tipos de políticas y programas educativos y respaldar políticas y programas que mejoren la calidad de vida en los países en desarrollo.
Bjorn Lomborg es el organizador del Consenso de Copenhague, profesor adjunto de la Escuela de Negocios de Copenhague y editor del nuevo libro How to spend $50 billion to make the world a better place. Amy Damon y Paul Glewwe son economistas del Departamento de Economía Aplicada de la Universidad de Minnesota. Conozca más sobre la Consulta de San José en www.iadb.org/res/consultaSanJose/index.cfm.
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