Opinión

Nicaribes

Adentro de mi sangre llevo el mar/ saladita la rojona/ en mis ojos la cargo/ a veces se me derrama. Carlos Rigby

Quizá nunca se conozca la verdadera magnitud del zarpazo. Quizá las evaluaciones y los cálculos de daños jamás alcanzarán la verdadera dimensión del tarascazo que desgarró a nuestros hermanos nicaragüenses de la Costa Caribe, a los nicaribes, como los llama y se llama el poeta Carlos Rigby. Por ahora el duelo ha acallado la percusión de la música, y los ritmos del sim-sáima-sima-ló no contorsionan las negras caderas de sus bellas mujeres con su “rinqui-tinqui-tín, como si tuviéramos mil culebras sueltas por todo el cuerpo: con temblores de brazos, piernas y pies, con las manos en la cintura, en las caderas, sobre las cabezas, detrás de las cabezas, con el vientre, la cadera y los hombros para arriba y para abajo”.
¡Cómo hubiésemos querido que el mar hubiese ahogado la rabia de la bestia endemoniada; cuánto hubiéramos dado porque pasara de largo arrastrando su maldición y sus buitres; que su furia sólo hubiera roto los alambres y los postes del alumbrado eléctrico, que de poco sirven en estos tiempos de oscuridad, o ya por último, que derribara los techos de las casas pero que no le arrebatara la vida a nadie y se la llevara para siempre de los suyos!
Sin embargo, ese mar de langostas, chacalines y camarones que ha visto tanta vida, acogió en sus aguas a las víctimas de la bestia rabiosa que, en forma de meteoro, sorprendió y asesinó a tanta gente. Las imágenes son imborrables. Ahora flotan solos, aquietados, como flores marchitas donde tantas veces nadaron, rieron y gozaron la vida, abandonados en la inmensidad del mar, desde donde son rescatados y subidos a una panga de Caronte, el encargado de guiar las sombras errantes de estos difuntos recientes que, sin una moneda bajo la lengua para pagar el viaje, regresan al muelle donde los miran sus familiares entre el velo difuso de las lágrimas, en una escena que no puede ser más dolorosa.
Bilwi, Sandy Bay, Bismona, Waspam, Cayos Miskitos, Krukira, Cayos Mara, Sangnilaya, Itara, Butku, Tahua, Pahra y tantas voces más se alzan frente al espanto, contraponiéndole sus esperanzas, esperanzas irredentas frente a la muerte, que reverdecen después de cada cataclismo, después de cada año de miseria, después de cada día de hambre inmemorial, a pesar de sus riquezas, que ven partir a mejorar vidas ajenas y a ensanchar bolsillos ajenos sin que mejoren ni sus vidas ni sus muertes. Ellos y ellas han sido damnificados de tiempo completo, de toda la vida, de todas las vidas.
Ojalá ahora logren cambiar su destino para mejor y para siempre, pero de lo que no cabe la menor duda es que el pueblo costeño, nuestros hermanos nicaribes afrocaribeños, sanará sus heridas y saldrá adelante con sus esfuerzos, con nuestra solidaridad y la del mundo, y volverán a comer rondón y cangrejos, y sus ojos a brillar y la risa a sus rostros, y la música a sus calles y el baile a sus cuerpos, mientras, oramos a Dios para que les dé bendiciones, alivio a su dolor y paz a sus espíritus.
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