Opinión

Tratado de la lujuria


A Noelia, debió haber sido ayer,
pero sólo pudo ser hasta ahora.

Todo lector guarda una relación especial con algún libro. ¿No es así Noelia? Las razones son múltiples. Puede ser que en aquel texto encontró consuelo para sus desvaríos de amante abandonado. Es probable que ese otro haya abierto su apetito de amante insobornable. Casi es seguro que el libro recomendado por amigos afables le ayudó a declarar su amor incontenible por la joven universitaria que despertó de nuevo su embriaguez hormonal. Si no hubiera sido por los consejos brindados por cierto autor no encontraría justificación alguna para explicarse a plenitud los motivos que indujeron a su amada al abrupto rompimiento.
Poesía o prosa, los libros terminan por convertirse en acompañantes solidarios, explícitos, enternecedores, en cómplices imprescindibles. Pulen tus sentimientos o amplían tu conocimiento. Cambian el rumbo de tu vida o te emplazan a que tomes la decisión acertada. Todo lo pueden porque todo lo saben. El secreto está en saber interrogar al texto, en saber preguntarle, en escuchar sus sugerencias y mostrarte sensible a sus reclamos o requiebros. Las posibilidades infinitas que te ofrecen sólo puedes atraparlas si te muestras sensible, atento, humilde a sus dulces decires.
Existen causas más banales que ligan al lector con una obra y no otra. Todo lector aventajado lo puede decir mejor que yo. Uno de esos lectores aristocráticos a quien debo mucho de mi relación afectuosa con los libros es Jorge Luis Borges. No sé si a vos te pasa igual que a mí. Después que lees al argentino das crédito a sus palabras. Su sapiencia es el resultado de “una vida consagrada menos a vivir que a leer”, por lo que sus mundos perfectos, imperecederos, son hijos dilectos de su entrega sin límite al acto de lectura.
No teme confesarlo. Sus prólogos y ensayos son el testimonio más sincero para respaldar lo dicho. Les ama por lo que han aportado a su existencia, por haberla hecho de ese modo diferente. Al final, una sensación irreparable de desconcierto me aturde ante su sabiduría y desplantes eruditos. Algo parecido me suscita el nicaragüense Salomón de la Selva. Mucho de lo poco que he aprendido de griegos y latinos a él lo debo. Se propuso helenizar al mundo como lo sugería James Joyce en Ulises, y su tarea fue fértil y potente como siempre imaginó y recreó para nosotros la vida de cada uno de los dioses y diosas griegas y latinas.
Algunos libros poseen el encanto de remitirte a otros. Te obligan a abrevar de otras aguas. También provocan el gusto de rememorar tus propias lecturas. Te remiten a ellas porque bajo el poderío de su visión augusta, enlazas en encadenamiento infinito, autores y temas a los que te has prendado. Ese impulso irrefrenable de evocar algunos textos de mi predilección me invadió con la relectura del Tratado de la Lujuria, edición conjunta de Lea Grupo Editorial y la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI), Managua, 2007. La primera razón, la más pueril de todas, son los ligamentos afectivos que me atan con la Ilustre familia (México, 1954). Tuve ocasión de leer su Edición Príncipe junto con mi hermano Jorge Eliécer cuando éramos estudiantes de bachillerato. Ese libro grandote, con ilustraciones bellísimas, que Salomón de la Selva arropó con esmero, igual que el amante cuida la llegada del niño que incubó en mujer de largas piernas y culito respingón. Una criatura concebida por Júpiter, el incontinente, digo, por el libidinoso Salomón de la Selva. Sólo un amante brioso de larguísimo ayuntamiento podía engendrar semejante criatura.
Jorge Eliécer, rijoso e inflamado de pasión, me invitaba a su cuarto en el segundo piso de nuestra casa en Juigalpa, en Palo Solo, para leerme entusiasmado los pasajes más encendidos de este libro contagiante y maldito. Con intención aviesa, mi hermano escogía para emborracharnos, las páginas más picantes, los manantiales que nos embriagaban con su olor a semen y los desafueros de Júpiter encandilado, triturando mancebas. Dioses y diosas lujuriosos, encabritados, disputando en desigual batalla a los mortales, sus mujeres más apetecidas, sin importarles que nosotros nos enterásemos de sus desafueros, ni sentir pudor por su arrebato. Diosas y dioses en una concupiscencia incestuosa. La mitología griega llegaba de mano de diosas y dioses que no atemperaban su ánimo, más bien encendían el tuyo. Igual que Júpiter, deleitábamos nuestros días, sentándonos en lo alto del Olimpo, para apreciar de cerca cómo Hércules desfloraba cuarenta y nueve vírgenes con la potencia heredada de su padre. No fueron cincuenta. Polycasta, glotona, convenció a Leda, su hermana menor, que sus carnes no soportarían la embestida de aquel macho delirante y le cedió el puesto.
Júpiter, inclemente, devastaba la tropa y poseía a sus súbditos, aprovechándose de su condición de dios sagrado y bienaventurado. Algo extraño sucedía entre aquellos inmortales que trastornaba el espíritu. Contrario a lo expresado por algunos predicadores cristianos atribulados, ¡la abstinencia!, ¡la abstinencia!, aquellos dioses y diosas resultaban para nosotros más cercanos, más próximos, aquejados por nuestras mismas fiebres, poseídos por el demonio de la carne. Dioses y diosas en un festín cotidiano sin remordimientos que culpabilizaran sus vidas. Desenfrenados no se cohibían bajo nuestra mirada expectante. Nada les arredraba. Ni siquiera que la hembra que inflamaba sus goces, fuese miembro de su misma progenie. Gozaban el incesto con la misma intensidad con que nosotros tememos acercarnos a bellas damitas nacidas bajo el mismo alero. En la edad que nosotros leímos la Ilustre familia y nos detuvimos en el recodo a solazarnos con los desenfrenos de Júpiter, navegamos durante largo rato por las aguas de la ambigüedad. Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, casto de toda castidad, así José Saramago pretenda hacernos creer lo contrario en El Evangelio según Jesucristo y Dan Brown quiera contagiarnos con su versión escalofriante del Código da Vinci.
Perseo, hijo de Júpiter, padre de Elyctrón, nieto de Júpiter, padre de Alcmena, bisnieta de Júpiter, madre de Hércules, hijo de Júpiter. Una revoltura de sangre, un torrente incestuoso, delirante, que en vez de enfriar sus entusiasmos eróticos incendiaba sus vísceras como una marejada. Diosas y dioses en un ir y venir hacia la carne, en un viaje constante, lúdico, sensual y embrujante. No tenían recatos. Sentado frente a la cama veo de nuevo a Jorge Eliécer, alzando su voz para leerme con un fervor de macho en celo el momento en que Lyca, de largos dedos pálidos y fríos, replica a Hércules cuando éste se queja de sus manos heladas como la nieve, que tenía de fuego la boca “y la boca tomó el duro miembro de Hércules y le hizo sentir, con ardientes lamidas, como si dulce llama lo abrazara”. Si Júpiter, el potente, y Venus, de belleza infinita, se relamían los labios, ¿por qué nosotros, simples mortales, no íbamos a sentir iguales espasmos y nos privaríamos del goce compartido?
¿Cómo no sentir envidia por el banquete de Hércules, el amante incansable? Graficamos con deleite, quedó grabado para siempre en nuestras pupilas el momento culminante en que Hércules volvió a repasar a Polycasta, pero esta vez inmisericordiosos, se revuelcan en la cama desesperados, y el hijo de Júpiter “la volvió de espaldas y se le encimó, y ella se encabritó de gozo, con tal fuerza que ambos rodaron del lecho de colchones...”. Esto y más podía hacer Heracles. ¿Acaso no había matado al león que azolaba, como el lobo de Gubia de Darío, los campos del Cytherón? Despejado el valle, Thespio le allanó el camino y sirvió sobre dulces sábanas a sus cincuenta beldades, porque castigado por Juno, no tuvo hijo varón, sólo mujeres que habrían de fructificar con noble progenie la descendencia del padre. Al asegurar su linaje, Thespio garantizaba la dinastía de Júpiter.
El Tratado de la Lujuria tiene una estructura subyugante. No es el relato liso y lineal. Salomón de la Selva como el viejo Homero, heredero de esta estirpe, cuenta a su modo las hazañas, los trabajos de Hércules. El relato se corta después que Minerva, diosa entrometida y benevolente, alcahueta de amores, susurra al oído de Thespio que debe desposarse con Eurysthemis, y replica lo dicho a Eurysthemis, con la intención de que no permanezca soltera, a quien hierve el cuerpo pidiendo varón a gritos, “con el mismo ruido que la brama femenina del mar sube a los cielos”. La digresión sube el tono y la intensidad del relato. Los ecos del hijo de La Ilíada y La Odisea son un rumor multiplicado. Salomón se ciñe a la adjetivación del ciego fabulador que al paso del tiempo se acompasa y concita a los nuevos deicidas a proseguir su canto. Pablo Neruda, el de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, dice en sus memorias, Confieso que he vivido, que si él estuviera vivo en el año 2000, ¡y lo está todavía en este siglo!, se contentaría con escribir como lo hacía Homero desde los tiempos inmemoriales.
Salomón es hijo de Homero. Un vástago impertinente que canta al amor con desparpajo, ¡porque sabe que los dioses y las diosas se sienten halagados! Por todo lo anterior es que sostengo que todo lector guarda cierta complicidad con algún libro, es decir con determinado autor. Yo profeso una gratitud imperecedera hacia Salomón de la Selva, y vos Jorge Eliécer, ¡decidite pronto a confesar la tuya!