Opinión

Café y cigarrillos


Con este título pensaría usted, amigo lector, que se trata de un artículo sobre las consecuencias negativas que produce el abuso de estos elementos históricos, sin embargo, todo en la vida viene acompañado de elementos semióticos y simbólicos que muchas veces se convierten en sellos de vida.
El cigarrillo y el café han sido primos-hermanos en varias épocas; algunos los dejan, otros regresan y otros se quedan con al menos uno de esos hábitos. Recuerdo una entrevista que le hicieron a don Danilo Aguirre hace unos años donde él confesaba que había sido un fumador de los fuertes y cómo lo tuvo que dejar por razones de salud. Cuando uno es joven piensa que tiene toda la salud del mundo para seguir haciéndolo.
Al visitar una oficina o un establecimiento, lo primero que le ofrecen es un cafecito, y no queda de otra que aceptarlo. Otros dicen: “Me voy a tirar un café para amarrarme el estómago y matar el hambre”. Lo mismo pasa con el cigarrillo. Hombré, voy al “toilet”, entonces uno enciende un cigarrillo, luego el del camino; se fuma otro porque tiene que pensar en algo, también lo hace después de la comida, luego en una reunión pequeña de nicóticos que generalmente se encuentran también en la hora destinada al café.
He conocido gente que ha muerto por fumar toda una vida, y que incluso necesitaba en sus últimos años de los famosos respiradores, que ahora los venden en cualquier parte. Una de esas personas es una señora que encendía un cigarro tras otro; yo siempre me preguntaba cuáles eran las razones de vida que la mantenían en el hábito (duró hasta los ochenta).
Pero antes de hablar de ello, fíjense cómo el cigarrillo en las cárceles se convierte en la moneda oficial. Personalmente he vivido varias etapas de fumador, dejándolo y regresando; esta última reinserción fue cuando --desempleado-- conocí a un grupo bastante considerado de albañiles que trabaja todo el día por US$50 a la semana, ellos fuman como los presos, es decir todos del mismo cigarrillo y tienen una puntería para que a cada quien le toque su sorbo. Como muestra de amistad entré en su círculo al aceptar una colilla de cigarrillo Líder, que era para ese entonces el más barato. Para estos hombres de familia no existe mañana, viven como si cada segundo fuese el último; irónicamente siendo obreros conservan cuerpos de adolescentes.
Siempre es hoy, es decir que para aquella señora --que en paz descanse-- y estos hombres la vida tiene sentido al reconocer lo impredecible de la misma, porque podemos morir en cualquier momento y no todos en el mundo la tenemos planificada, no todos tienen esperanza de tener casa, carros, tarjetas, hijos; hay algunos que no creen ni en Dios, ni nada de eso. Entonces, les queda adoptar una forma de vida de fumador, donde todo es una excusa para gastar los minutos de vida poco a poco. Al final, todo se convierte en polvo.
Algunos dirán: “Sí, pero para la humanidad quedas manchado”, aunque de todas formas quién es la humanidad para juzgar, si todos somos iguales, revolución. Llegas a un restaurante y tienes área de fumado y no fumado, lo cual es lo justo, pero también es verdad que todo fumador es víctima de discriminación por parte del que no fuma, como si no fumar te hiciese superior, porque fumar es una debilidad; para tal caso fumar es tener contacto todos los días con la muerte, con la velocidad de vida aplicada al tiempo que nos queda.
Año con año vamos aferrándonos a la vida que tenemos, entonces buscamos cómo dejar de fumar y de tomar café, y optamos por tomar té y comer frutas, lo cual es lo mejor para el cuerpo, pero de qué sirve tener cuerpo sano si no tienes espíritu. Dirán los religiosos que el cuerpo es templo del espíritu, pero eso es tan relativo. No puedo juzgar a una persona sólo porque fuma o toma café con respecto a uno que no lo hace. Seguro que la expectativa de vida es menor fumando, pero de todas maneras somos unos animales pensantes que constituimos una insignificancia en comparación con el universo, por lo que la vida es como un cigarrillo, va pasando como sorbo tras sorbo, e igual el café de a sorbo; son dos gustos mundanos que van marcando etapas y vivencias, como ir jugando con la muerte de a poco, entonces ya muerto uno, dicen murió en su ley y no como un temeroso de algo que nadie conoce aún y regresa para contarlo, ¿Cristo”
Así son las personas mayores, ya de viejos quieren hacer todo lo que no hicieron de jóvenes y pretenden que sus hijos no hagan lo mismo, “que jícara”, diría un amigo fumador llamado Pepe. No quieren que las hijas tengan relaciones, pero ellos los concibieron a temprana edad; no quieren que el hijo fume, pero ellos lo hicieron; no quieren que los hijos sean revolucionarios como sus padres lo hacían con ellos cuando eran jóvenes, y al final la historia es la misma. Posiblemente diez años más tarde escriba un artículo contradiciendo a éste, pero al momento la vida pasa ante nuestros ojos como una gran bocanada y no nos queda otra cosa más que aceptarlo.

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