Opinión

El sexo juvenil y sus obstáculos


El sexo, esa droga natural que consume la juventud y que abandonan los adultos cuando el cuerpo se erosiona bajo el avance de la edad, es tan necesario, y sin embargo se oculta bajo las sombras de la religión y su moralidad.
Si la niñez es la edad para ser besado, la juventud es la edad para besar. Pero hoy, con el mundo hecho a imagen y semejanza del plástico y el dinero, el sexo se convierte en un falso juguete de la pubertad. Y es peligroso que en los colegios y universidades de nuestro pequeño país, abonados con discursos moralistas, no exista una buena educación sexual.
Hoy que muchos padres guardan un tradicionalismo de provincia siglo-veinteañera, parecen estar en complicidad con las instituciones que confinan el sexo a un suceso matrimonial. Y ojo con esto, porque también es una forma de atraso social.
Muchos jóvenes andan sueltos a merced de sus hormonas sin lugares seguros donde tener sexo, ni protección, ni higiene correcta. Y otros, todavía más desdichados, ven reprimidas sus tendencias sexuales ante la mirada castrante de una sociedad enfocada en el prejuicio y la estrechez mental.
Y para confirmar lo antes mencionado, citemos las páginas de Sucesos de cualquier diario del país donde los protagonistas son las violaciones y los comerciantes de pornografía infantil que hacen dinero a punta de púberes descarriados.
Podríamos decir que la juventud está abandonada frente al monstruo del comercio sexual. Ya no se diga la olvidada niñez que emerge superpoblada entre los barrios de la capital y las zonas rurales de los departamentos.
Siendo el sexo tan necesario en un país repleto de jóvenes, los tabúes sobre el mismo deben ser derribados con todo y sus promotores. Sobre todo en un siglo que empieza rebosante de tecnología, con tanto material para tener sexo seguro desde el internet que nos abastece democráticamente de información sobre cómo cuidarnos.
Esta ola de eufóricos evangélicos que proclaman lo pecaminoso del sexo, para poner un ejemplo común pero aterrador, están entre los más destacados promotores del retroceso social junto con los católicos, menos bulliciosos, pero igual de dictadores.
Vemos que al ser los jóvenes privados de una buena educación sexual en la escuela media o superior, se lanzan sobre las drogas que los mandan a las cárceles y los enfilan entre las pandillas. Y luego nuestros protagonistas se hacen una idea morbosa de la sexualidad utilizando como principal objeto a la mujer.
En la semilla de todo joven sexualmente desinformado, crece el machismo.
Los jóvenes no pueden tener sexo en la casa de sus padres, o por lo menos eso dice el discurso oficial de cabezas de familia que exigen privacidad en sus cálidos hogares. Muy cierto, pero al mismo tiempo sinónimo de problema, en un país con pocas alternativas de entretenimiento sano.
Los jóvenes nos las tenemos que ingeniar para tener sexo seguro, no sólo por la mente retrógrada de los padres que ningunean la necesidad juvenil con discursos que lo vuelven peligroso o prohibido, sino también por la falta de una promoción sexual que evite arrastrar a los jóvenes hacia las discotecas para empezar una vida marital, precoz e irresponsable, luego de un “tortazo” inesperado.
Estamos claros que en la universidad no se puede hacer aspavientos, sería, además de imprudente frente a tanto revólver de “CPF”, en exceso incómodo. Incluso garantía de expulsión, y sólo unos pocos osados se atreverían a buscar sombras lo suficientemente silenciosas en los rincones de sus “aulas magnas” para llevar a cabo tan delicado proceso.
Los moteles no son nada seguros. Los hoteles privados son muy caros y poco accesibles. Los apartamentos alquilados suben la renta con la luz y el agua, si es que no terminan por escasear en plena faena. El auto no es ninguna garantía, habría que parquearlo muy escondidito y con esta delincuencia in crescendo --que paradójicamente protagonizan los mismos jóvenes-- sería un sexo lleno de nervios, interrupciones y poco satisfactorio.
Además de todo este vendaval de obstáculos, agreguemos el hecho que la gran mayoría de jóvenes no tiene vehículo propio y tendría que secuestrarlo de la casa para “hacer su noche”.
En la iglesia del barrio, capilla o sacrosanta casa de Dios, seríamos condenados al infierno si los ángeles guardianes nos delataran.
El sexo, en fin, parece estar reservado para el lecho matrimonial con sus lunas de mieles y escenarios encandilados. Pero no todos los jóvenes aspiramos a tan sofisticada forma de amar.
Tendremos que resolver el problema de la sexualidad y sus prácticas con imaginación, procurando no tocar los puntos críticos de una ciudad plagada de reprimidos, o si no desplegar un onanismo colectivo, cada quien desde la penumbra de su cuarto y con puerta cerrada bajo llave, porque ¡ni quiera la majestad divina!, cualquier sospecha de tan sucia forma de buscar placer sería un sacrilegio imperdonable.

* grigsbyvergara@yahoo.com