Opinión

Crónicas malditas


En el momento en que la publicidad se convierte en la princesa galante del mercado, ¿cuánta estrategia mercadológica acompaña el lanzamiento de un texto? ¿El título sugestivo y sugerente de un libro siempre es fraguado por los estrategas de ventas con la intención de incidir en tu ánimo y seducirte para su adquisición? El libro de la periodista Argentina Olga Wornat, Crónicas malditas desde un México desolado (México, Grijalgo, 2005; 359 páginas), aunque iluminado por los resplandores de la publicidad, su verdadero valor no lo debe a estos escarceos retóricos. Su solidez y consistencia obedece a lo escrito por Olga, con una pasión y una bravura que obligan a tomar partido, en todo cuanto dice y expone. Tiene el propósito de ayudar a la memoria del continente a recordar su propia historia, ésa que se construye desde la crónica de todos los días con la intención de penetrar en los intersticios del poder. Un género que cada día subyuga y convence a los lectores acerca de su trascendencia e importancia. No en vano las primeras formas de acercamiento al conocimiento de nuestras realidades fue a través de los primeros Cronistas de Indias, cuya mirada es proseguida por escritores de alto vuelo, convencidos que se trata de un estilo periodístico que revela más que muchos análisis políticos distantes e insípidos.
¿Crónicas malditas para quién o para quiénes? ¿Para quiénes alerta sobre los desmanes del poder y de los poderosos o para quiénes descobija poniendo frente a tus ojos sus delirios mesiánicos, su enamoramiento patológico con el poder, sus rabietas, bravuconadas, extorsiones, engaños y enriquecimiento ilícito; sus corruptelas y asesinatos? Su mirada penetrante le permite construir y definir los perfiles de los más variados actores de distintos credos políticos e ideológicos, desde México a la Argentina. Vuelve sobre sus pasos. Después de haber escrito La jefa, ese texto que sacudió las raíces de la política mexicana, haciendo ver en verdad quién era Marta Zahagún, la ex primera dama de México: sus manías, la conturbación que le provocaban las alturas; su deseo enfermizo por convertirse en la primer mujer presidente del país azteca. Sus negociados, su apetito desmedido y el uso fraudulento de su cargo, vuelven a descomponer su rostro en Crónicas malditas, al mostrar sus imposturas y veleidades, su creciente gula por alcanzar la Silla del Águila. Dos crónicas, Resucitada I y II, bastan para enterarnos quién es la persona que ansiaba el solio presidencial. Sus contradicciones y precipitaciones, metiendo a su marido, el presidente Vicente Fox, por los laberintos de las aclaraciones y desmentidos palaciegos que él mismo propalaba.
Entre Olga Wornat y Marta Zahagún existe una obsesividad mutua. Creo que sueña o tiene pesadillas con la ex primera dama de México. Su fantasma la acosa. En poquísimas crónicas o escritos de los cinco capítulos que componen su libro, elude mencionar a Marta aunque tal vez no quepa. ¿O sí? Cada quien es dueño de sus propios sueños o pesadillas.
Desliza su pluma o carga la tinta sobre la figura de Andrés Manuel López Obrador, quien estuvo a unos milímetros de alcanzar la presidencia de México, en unas elecciones acusadas de fraudulentas por ciertos sectores políticos de América Latina, y como Olga misma lo previó. Uno de sus capítulos más interesentes, Historia de machos poderosos, constituye una revelación apabullante. Desenmascara el gusto especial por el poder de Hugo Chávez Frías, Carlos Menem, Augusto Pinochet y Lino César Oviedo, haciéndolo con enorme desenfado, yendo a fuentes primarias. Investigando y entrevistando a sus más cercanos colaboradores, a sus mujeres y amantes. Poseída por una rabia explicable, contra el tráfico de influencias; el poder aplastante de los caudillos; su esoterismo cargado de tonos fuertes: santuarios, ritos, fotografías atravesadas por alfileres, altares levantados en la propia cueva del caudillaje; la creencia enajenante en las buenas y malas vibraciones; su terror a cargar por cuenta propia sus listas de desaparecidos (Pinochet-Menem); la corrupción como política de Estado y los caudales públicos administrados como cajas chicas o grandes como si fuesen propios.
Olga asume una posición radical que la hace cortar el aire con el filo de su pluma. Frontal, no hace concesiones al poder, pero no se inmola. Reconoce virtudes pero no atempera el juicio. Condescendiente a la hora de juzgar a la senadora Cristina Fernández de Kirchner, anticipando sus probabilidades de llegar a la Casa Rosada, no se inhibe en afirmar que cuando el presidente argentino casi muere de una hemorragia digestiva, los rumores sobre el estado de su salud se vieron multiplicados debido a la falta de transparencia y secretismo en el manejo de la información: “...el estilo hermético y casi stalinista de la pareja presidencial, que no comprendió --y sigue sin comprender-- que la salud del presidente no es algo que atañe a su vida privada, sino una cuestión de Estado y los ciudadanos tienen derecho a estar informados”. Error en el que incurren los gobernantes que no comprenden el papel de la prensa y evaden que la ciudadanía se entere acerca de la marcha de los asuntos de gobierno.
Leer las Crónicas malditas es un deleite. Escritas con fuerza, enseñan tanto o más que cualquier texto de historia contemporánea de América Latina. Sin fisuras, Wornat se muestra inteligente y cáustica, informada, valiente, temeraria, culta, controversial. Coge del cuello al poder y a los poderosos con una bravura que quisiera asfixiarlos. Delinea su rostro. Esculpe su imagen. Los aterra e induce a matarle. Camina sobre el filo de la muerte. Secuestrada en la Argentina de Menem vive de milagro. Provocativa y provocadora, las Crónicas malditas develan y revelan. Baja a los abismos del poder para mostrarnos sus pústulas. Su amoralidad e inmoralidad. Fisgona y entrometida, todo lo quiere ver para ponerlo frente a tus ojos. Inclemente y devastadora genera odios criminales o simpatías explícitas. Lo que Olga dice acerca de Eva Perón en Las cartas secretas de Evita, puede aplicarse a ella. Parte en dos los afectos. La quieres o maldices. Aunque no compartas su criterio por eso no se guarda de expresarlo. Presta su sensibilidad irritable para que conozcas bien la cara deforme del poder y su moral ambigua. No hay medios tonos. Cierra el círculo. Compartes sus verdades o las rechazas de golpe.
La periodista argentina escribe para incomodar o más bien sus crónicas incomodan, porque fueron pensadas para desnudar de cuerpo entero a quienes fingen ejercer el poder con una rectitud beata, que dista muchísimo de ser como ellas y ellos pretenden hacerlo creer a sus respectivos pueblos. Les despoja de sus oropeles y abalorios. La sacralidad del poder es profanada. Lo exhibe. Lo voltea al derecho y al revés. Desacraliza y atormenta. Practica el periodismo con un virtuosismo de violinista consagrada. Muestra el camino, el único posible para quienes han escogido este oficio o profesión: el de la verdad revelada cualquiera sea el precio que tengan que pagar. Impulsiva, Olga Wornat no se intimida ni da marcha atrás así tenga que pagar sus osadías con el precio de su vida. Constituye un ejemplo para quienes escogieron el duro y riesgoso oficio de informar, sin otro límite que el de la decencia, el respeto, la responsabilidad y el apego a una ética encarnada en los valores de la justicia y la equidad.
Olga Wornat siente un enorme goce por lo que hace. La crítica de amante empedernido que formula del controversial y desaparecido Carlos Ahumada en México, se revierte. Cada uno de nosotros es presa de sus pasiones y toda pasión es excluyente. El periodismo la fagocita. Exprime sus jugos. ¿Le resta vitalidad? ¿Qué deja para la noche esta mujer apasionada y apasionante? ¿Sobras? ¿O más bien su trabajo la enciende y encandila a la hora de hacer el amor? En dos ocasiones nada más, transcribe literalmente lo grabado. La entrevista que hizo para la revista Poder a Carlos Ahumada en Ciudad México y el diálogo que sostuvo en Buenos Aires con el escritor Ernesto Sábato, en todo caso precedidos por un riguroso perfil, trazado con el mismo esmero y delicadeza con que lo hace un escultor bendecido. Discípula de Carlos Monsiváis, Gabriel García Márquez, Eduardo Galeano y John Lee Anderson, sus mayores influencias literarias vienen de Horacio Quiroga, Manuel Puig y Jorge Luis Borges.
Crónicas malditas muestran a una escritora que sabe su oficio. Olga Wornat posee la fuerza, entereza y valentía exhibida por Oriana Fallaci, antes de que ésta escribiera con una descendencia inusual, La rabia y el orgullo, donde sin desearlo menoscaba su honroso y prestigioso pasado. Todos estamos expuestos a la aquiescencia y a las contradicciones. ¿Sucumbirá Olga Wornat algún día? La prueba de fuego se le vino encima. El lanzamiento oficial de la candidatura de la senadora Cristina Fernández de Kirchner, Reina Cristina (intimidades de la mujer más poderosa de Argentina), como gusta llamar a la esposa de Néstor Kirchner, para optar a la presidencia de su querida y odiada Argentina, la coloca frente al dilema de continuar siendo ella misma, crítica solvente e incorruptible, o bien transfigurarse en un travestí del periodismo, cosa que no espero, aunque todo está por verse. Ojalá no defraude a los millares de lectores que se atienen a su santo y seña, como los cristianos ante la señal de la cruz. ¡Ver para creer!