Opinión

La Pastoral de la Carretera: una reflexión para el conductor


El hombre está cada vez más socializado. La interrelación humana, debido a los avances técnicos de locomoción de nuestro mundo en progreso, es cada vez más frecuente. Pero como todo progreso trae consigo consecuencias, una de ellas es la cantidad de muertes y lesiones causadas por el creciente índice de motorización.
Los accidentes de tránsito constituyen hoy una epidemia para la sociedad moderna, más de 1.2 millones de personas mueren en las autopistas y carreteras del mundo cada año, de ellas 400 mil son menores de 25 años. Cincuenta millones se lesionan o quedan discapacitadas. En algunos países de bajos y medianos ingresos, las víctimas de accidentes de tránsito ocupan hasta el 10 por ciento de las camas de los hospitales. Las muertes por lesiones aumentarán de 5.1 millones en 1990 a 8.4 millones en 2020. Las personas que mueren o quedan inválidas en nuestro entorno constituyen un problema dramático que afecta a toda la sociedad.
A nivel mundial, los costos económicos de las lesiones causadas por accidentes de tránsito en carreteras se calculan en 518 mil millones de dólares por año. En los países en desarrollo, los costos se estiman en 100 mil millones de dólares, una cifra que representa el doble de la cantidad anual de ayuda a los países en desarrollo.
La Organización de las Naciones Unidas (ONU), la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Organización Panamericana de la Salud (OPS), la Unión Europea (UE), El Banco Mundial (BM), la Cruz Roja, los Cuerpos de Bomberos, gobiernos, agencias internacionales y organizaciones no gubernamentales han dirigido la atención a la promoción de medidas en torno a los principales factores causados por el tránsito y su prevención.
Al igual que muchas iniciativas mundiales, la Iglesia Católica --preocupada por los usuarios de las carreteras y calles-- ha dirigido recientemente la atención de sus fieles sobre el tema de los accidentes de tránsito, publicando un documento titulado “Orientaciones para la Pastoral de la Carretera”. El documento, cuyos resultado es fruto de la escucha, ponderación y discernimiento, fue presentado recientemente por el cardenal Renato Raffaele Martino, Presidente del Pontificio Consejo para los Migrantes e Itinerantes, y por el secretario del Dicasterio, monseñor Agostino Marchetto. La idea de preparar este documento surgió durante el I y II Encuentro Europeo de Directores Nacionales de la Pastoral de la Carretera, celebrados en Roma (3-4 de febrero de 2003) y en el Vaticano (1-2 de diciembre de 2006).
El extenso documento está constituido en cuatro partes, muy distintas unas de otras, pero todas de contenido social. La primera pastoral está dedicada a los usuarios de la calle (automovilistas, camioneros) y de los ferrocarriles. La segunda pastoral se refiere a la liberación de las mujeres de la calle, donde se define la prostitución como una forma de esclavitud y ofensa a la dignidad humana. La tercera pastoral está referida a los niños de la calle, sobre las formas de esclavitud infantil y las ofensas a la dignidad de la infancia, y la cuarta pastoral está centrada en los “sin techo”, los que viven y duermen en las calles y representan uno de los muchos rostros de la pobreza en el mundo de hoy.
A semejanza de los verdaderos diez mandamientos, el Vaticano propone un decálogo para el conductor: Primero: “No matarás”. Segundo: “La carretera sea para ti un instrumento de comunión entre las personas y no de daño mortal”. Tercero: “Cortesía, corrección y prudencia te ayuden a superar los imprevistos”. Cuarto: “Sé caritativo y ayuda al prójimo en la necesidad, especialmente si es víctima de un accidente”. Quinto: “El automóvil no sea para ti expresión de poder y dominio y ocasión de pecado”. Sexto: “Convence con caridad a los jóvenes, y a los que ya no lo son, a que no se pongan al volante cuando no están en condiciones de hacerlo”. Séptimo: “Brinda apoyo a las familias de las víctimas de los accidentes”. Octavo: “Haz encontrar a la víctima con el automovilista agresor en un momento oportuno, para que puedan vivir la experiencia liberadora del perdón”. Noveno: “En la carretera, tutela la parte más débil” y el Décimo: “Siéntete tú mismo responsable de los demás”.
El documento, que también llama a conocer y respetar los reglamentos viales que hay en cada país, y a hacer la señal de la cruz antes de comenzar un viaje, hace énfasis en que para un cristiano conducir debe ser una aplicación práctica de su cristianismo en el uso del vehículo. Ello le ayudará a ser responsable, evitando daños a personas y cosas, y al mismo tiempo, le ayudará a santificarse mediante el ejercicio de las virtudes de la prudencia, de la solidaridad y de la caridad, socorriendo, perdonando los fallos humanos de los otros.
De igual forma, manifiesta que el automovilista está obligado a hacer todo lo posible para encontrarse en condiciones físicas y psicológicas adecuadas para manejar. Si se halla en estado de embriaguez, no deberá ponerse nunca al volante. Denuncia, asimismo, aspectos psicológicos que hacen que muchísimas personas normales manifiesten al volante desequilibrios e incluso regresión a formas de comportamientos primitivas. Por ello, llama a controlar esos impulsos que llevan a gestos ofensivos y blasfemias, que hoy en día es común ver en plena calle, donde los nervios suelen estar a flor de piel. Además, destaca la tendencia de muchos a utilizar sus automóviles como objetos de ostentación o como medio para eclipsar a los demás y suscitar sentimientos de envidia.
Rolando_Brenes@teranet.com.ni