Opinión

Un hombre, sencillamente


Pronto estaremos conmemorando 40 años de la caída del Che Guevara. Probablemente, el momento será propicio para recordar su gesta heroica y no faltarán libros, películas y entrevistas de personalidades famosas para tratar el tema.
En realidad, el personaje del Che ha sido tan magnificado a lo largo de estas décadas que varias generaciones han usado su rostro de guerrillero eterno como expresión de desafío en cualquier tipo de circunstancia. Es así que encontramos la imagen del Che en los lugares más inesperados: en los estadios de fútbol y en los conciertos de rock, en camisetas vistosas y en tatuajes que adornan brazos y pechos, en los afiches que ponen los adolescentes en las paredes de su cuarto y en calcomanías pegadas en los vidrios de los carros. En fin, en cualquier lugar, incluso en las casas del enemigo de siempre... el imperialismo.
En definitiva, se ha agigantado tanto su imagen con la mirada en alto que nos hemos olvidado de la condición más noble del Che: un hombre, sencillamente y antes que todo. Por eso, al borde de la muerte en las montañas de Bolivia le dijo a su verdugo que no tuviera miedo, que no temblara su mano, que iba a matar a un hombre.
Pocos en la actualidad saben que el Che era asmático y cómo debió lidiar con esa enfermedad en las montañas. Tampoco saben que el Che era médico y cumplió a cabalidad con el juramento de Hipócrates, llegando incluso a asistir a los heridos de las fuerzas enemigas después de crudos combates durante la guerra revolucionaria en Cuba.
Las palabras de Fidel son, sin duda alguna, las que mejor definen la sencillez humana del Che. En una Facultad de Derecho de Buenos Aires desbordada, el Comandante en Jefe respondió a una petición de los estudiantes argentinos que querían conocer anécdotas del Che. Contó Fidel que todos los fines de semana el Che trataba de subir el Popocatepetl, un volcán en alta montaña de nieves perpetuas. Iniciaba el ascenso, hacía un enorme esfuerzo y no llegaba a la cima. El asma agudizada con la falta de aire y el frío se lo impedían. Pero era tanta su insistencia y tenacidad que se habría pasado toda la vida intentando subir el Popocatepetl aunque nunca alcanzara aquella cumbre.
La insistencia, una de las cualidades humanas más sencillas, caracterizó las acciones del Che durante toda su vida. Una vida de hombre, sencillamente.