Opinión

El discreto encanto del cine


Siempre he creído que el cine es el arte a través del cual los hombres aseguramos nuestra inmortalidad. Es el espejo infinito donde nuestros rostros se bifurcan en miles de imágenes. Es la fábrica de sueños e ilusiones; el escenario ideal donde convergemos todos con nuestras máscaras. El ojo mágico que nos recicla nuestras miserias y grandezas.
Creo que el mundo es menos aburrido y un poco más soportable desde que existe el cine. Quien inventó esta magia nos salvó del aburrimiento y la mediocridad. Gracias a esta fábrica de historias e ilusiones que se tejen por el celuloide, logramos distraernos un rato, dar rienda suelta a nuestra imaginación, enfrentar con más estoicismo nuestras frustraciones y disfrutar de una felicidad íntima al menos las dos horas que dura la película, para luego enfrentar los avatares insufribles de la vida cotidiana.
Quizás lo que voy a decir suene a herejía, pero creo que la mayoría de personas pueden prescindir de la literatura, del teatro, de la música, pero nunca de los sueños que surgen de ese haz de luz mágica que se proyecta sobre una pantalla en una sala oscura y nos transporta a universos desconocidos. Esa sensación maravillosa de transportarse en el tiempo y en el espacio sólo la puede dar el cine. Pero para entrar en esa magia que produce el kinoscopio, necesitamos redescubrir a ese niño que todos llevamos dentro.
Yo conocí el cine una tarde cálida de verano en que mi abuela me llevó a la sala oscura del cine Salazar a ver Los Diez Mandamientos. Recuerdo que era un Jueves Santo, y mi abuela, una religiosa fanática que odiaba el cine porque lo consideraba diabólico, creyó que una buena penitencia para mí sería observar al desafiante Moisés, cuya barba sucia y crecida parecía salirse de la pantalla, anunciar al pueblo israelita las tablas de la ley. Efectivamente, a mis seis años, y en medio de la oscuridad, me dio miedo ver cómo aquel hombre alto y barbudo, de ojos grandes y desafiantes, me quedaba viendo con severidad y rudeza. Esa noche no pude dormir, nervioso y traumatizado por esa interpretación de Moisés que lejos de asustarme y obligarme a rezar, me acercó a conocer la magia del cine.
Durante mi adolescencia seguí frecuentando la sala oscura, enamorado de las historias y de las vidas de esos personajes que circulaban con impunidad en los límites de una pantalla, y que se convertían al final en héroes y villanos. Comencé a equivocar la ficción con la realidad, a creer que el cine era la realidad y mi vida la ficción. Tremenda y feliz equivocación. Ensayaba voces, gestos, maneras de caminar. Mis problemas de múltiple personalidad se incrementaron. Una mañana amanecía con el talante de Humprey Boggart y me dormía afiebrado como Jack Nicholson cuando se convertía en hombre lobo al lado de Michelle Pfeiffer. Otras veces amanecía humanista y quería ser Roberto Benigni en la hermosa película La vida es un sueño. Pero siempre me identifiqué con Woody Allen, el judío neoyorkino que imité como un loco en mis años juveniles. ¿Cuántas veces no hubiera deseado ser Boggart con su voz varonil, de macho metrosexual despidiéndose de Ingrid Bergman en la escena clásica de Casablanca? ¿Quién no hubiera deseado ser Jack Nicholson enamorándose a pellizcos de Helen Hunt en Mejor Imposible, o Marlon Brando haciendo el papel de Vito Corleone en El Padrino? En fin, era un cóctel de personajes y no era nadie a la vez. Otra de las maravillas del cine.
Todos, sin excepción, somos, sin quererlo, actores de cine. Algunos somos protagonistas, otros actores de reparto, otros extras, y otros ni siquiera salen en la película. Pero así es la vida, como el cine, cruel y excluyente. Todos quisiéramos ser actores de películas taquilleras, pero a veces nuestras vidas apenas alcanzan para elaborar un triste guión. Somos actores de nuestra propia película. Y el cine, al final de cuentas, es nuestra vida contada por otros, los que irónicamente se inspiran en nuestras miserias y grandezas, y se llevan las estatuillas, la fama, el dinero, y nos roban nuestros corazones.
Al cine le debo muchas cosas: fue en una sala oscura, viendo y revisando rollos de películas, que conocí a mi esposa, coprotagonista de mi película. Allí, entre centenares de metros de celuloide y olores a sarro y cintas viejas, filmamos un largometraje que ya dura veinte años. También el cine ha sido generoso con mi imaginación: gracias a él he conocido un paraíso de imágenes que mi pobre memoria quizás nunca hubiera imaginado para escribir mis cuentos. Pero lo que más agradezco del cine es que me enseñó la capacidad de soñar despierto.
El cine es tan liberador que en ocasiones, cuando los problemas me atribulan, quisiera colarme en la última escena, antes que aparezcan los créditos, en el último milímetro del celuloide, para perderme en los paraísos imaginarios y desaparecer, pero no puedo. El cine es mágico, pero desgraciadamente no puede cambiar el mundo. Nos da, como toda magia, la oportunidad de compartir una historia, de encarnarnos en un personaje, de disfrutar un paisaje, para que nosotros, como niños, juguemos con todas estas cosas y nos divirtamos. Es tan noble que nos hace reír y llorar, enfurecernos y compadecernos. Claro, es tan mágico que nos hace creer que el mundo es hermoso, pero eso es parte de su trampa. Porque de pronto, cuando se encienden las luces y la magia termina, la vida nos espera allí afuera, dura y terca, como una gigantesca piedra. Sólo nos queda el recuerdo y la nostalgia de haber vivido la vida varias veces, aunque sea de mentira.
Por eso es que mi vida depende del cine. Prefiero la ficción a la realidad. Me gustan los finales de algunas películas. Y si me dieran a escoger cómo quisiera morir, me gustaría hacerlo en una sala de cine, en plena película, en una escena que pudiera salvarme del tedio, la muerte y el olvido. De todas maneras, la vida, haya sido trágica o cómica, alegre o triste, vacía o llena, es una larga película.
Mientras tanto, me conformo con saber que las salas oscuras de cine seguirán existiendo, a pesar de que ahora las películas pueden verse en formato DVD, en la sala de nuestra casa o en nuestro dormitorio. Pero una cosa es ver una película y otra cosa es ir al cine. Por eso a veces pienso que el cine es un arte para adultos, sobre todo para aquellas personas que aún nos dejamos seducir por los encantos que tiene estar en una sala oscura, pendiente de que un haz luminoso nos haga la magia de transportarnos a otros paisajes, de vivir otras vidas, de sentir lo hermoso que es la vida, aunque luego nos despertemos nostálgicos de este sueño. Recordemos que la vida es una película, y que la película es un sueño, y que los sueños, cines son.
*Periodista y escritor nicaragüense
felixnavarrete_23@yahoo.com.ni