Opinión

“Todo mi pueblo”


Cuando los periodistas y los curas, cuando la Red de Mujeres y el Cardenal, cuando la Policía y el Gobierno, cuando la familia y la gente, cuando los médicos, cuando la comunidad internacional, cuando todo mundo acudió al Vélez Paiz en busca de una niña violada hace unos años, nadie reparó un minuto antes de que estaban a punto de atravesar uno de los territorios más oscuros de todos nosotros. Un auténtico laberinto de sombras, de dolor, de pesadilla, de recuerdos y de confusión del que casi nadie sabe mucho más.
Aquella niña, cuyo nombre es conocido por todos, estuvo en boca del país, y su nombre, y probablemente su vida, quedó a merced de todos los vientos. Ha sumado una larga lista de despojos físicos, psicológicos y de todo tipo. Y al final, su caso, su misma historia, pareció quedar en eso... su misma historia, sin que en Nicaragua se hayan tomado cartas en el asunto del abuso sexual infantil, una auténtica lacra. No se puede entrar de noche en un hospital, buscar una niña violada y hacer un espectáculo, un combate ideológico, una lección no aprendida para volver a caer en lo mismo.
Estos días ha habido artículos a la estela de las declaraciones del ahora sospechoso padrastro de “Rosita”, que se han ido a rastrear los rumores del vecindario, y en base a ellos, se ha hecho una noticia. Yo no sé qué decir. Sé que estamos donde estamos y que estos temas son como son, pero si uno se acerca a todo lo que se ha formado, perdónenme la palabra, da un poco de asco, en todas partes donde se huela. Un coro morboso ha acompañado a este caso, como sucede con los hechos criminales que se muestran en el lamentable 22/22 y en otros pseudo noticieros del mismo estilo.
Se ha abusado de esta niña desde todos los ángulos. En los casos de abuso sexual, de violación y de pederastia no se puede, no se debe, hacer públicos a la víctima ni al agresor supuesto. Y ahora MiFamilia, la Red de Mujeres y los mismos medios no han hecho más que seguir alzando la voz sobre la vida de una niña sobre la que ha habido demasiados gritos. No se puede ni se debe, porque simplemente se está invadiendo uno de los territorios más íntimos de una persona. A la niña se la exhibido para un combate de otros. Después de aquello, las cosas siguen igual, el mismo ocultamiento y el mismo abuso. Pero hay que hablar de la agresión y de las múltiples agresiones que existen en este país.
Si ustedes acompañan a muchos niños de vuelta a sus comunidades de origen, en zonas de montaña, verán que allí también ocurre. “Ese mal que tienen los hombres”, he oído decir de boca de una mujer que sabía que un familiar suyo muy cercano violaba a una menor repetidamente. “Era ella la que le buscaba”, he oído decir a otra mujer. Mujeres hablando de mujeres o más bien mujeres hablando de niñas como si fueran mujeres. Podrán decir que esto sólo ocurre en la geografía de la pobreza. Pero lo cierto es que no es así.
La ruptura interna que viven las familias se convierte en un sinfín de relaciones extrañas de hijos desconocidos o mantenidos que relativiza cualquier parentesco. Y en esa desprotección, los niños se hacen más vulnerables a todo. Recuerdo estar dentro de una champa donde se albergaban los sobrevivientes del volcán Casitas. Una niña que parece jugar se me acerca corriendo y sin darme cuenta se abraza a mi pierna, mientras su tía me cuenta que ha perdido a sus padres en el deslave, y que un vecino (otro sobreviviente) abusa de ella por las noches. Me lo cuenta con la voz del miedo, mientras la niña se abraza a la pierna jugando con una muñeca. No quiere decir quién es el hombre. La mujer no quiere ningún escándalo. Ya han sufrido bastante, dice. Teme a posibles represalias. Yo me salgo de la champa a tomar aire. La niña sólo me mira. En aquel momento te quedas sin nada en el alma. Estás como ido, hasta que después reaccionas, y avisas a quien puede echar una mano discreta y efectiva para detener esa locura. A veces ocurre, otras no puedes hacer nada. Y es una locura.
Si vamos a las ciudades de Nicaragua, y de Centroamérica, si vamos, por qué no, a Managua, encontraremos en los barrios la misma historia, pero no se termina ahí, vuelve a empezar en las grandes casas, donde el lujo no evita para nada que un hombre, padre, padrastro o de otro parentesco, se acerque, bajo los efectos de una brutal confusión, a un niño o una niña. En algún caso se ha hablado de que estamos ante un tema de interés nacional, de urgencia nacional, pero al cual se le ha puesto todas las trabas posibles como si desde todas las instancias se quisiera ocultar, disimular, negar realmente la barbaridad que ocurre en esta Nicaragua nuestra.
Si pudiéramos conocer la cifra real de niños y niñas que han sido abusados sería un auténtico escándalo. Personas muy influyentes son sospechosas de haber cometido estos abusos. Algunos de esos nombres también son de sobra conocidos, y esos algunos se han refugiado en el silencio, en la omisión y en el horroroso poder que confiere el abuso.
Muchos hombres en Nicaragua vienen y van como quien puede hacerlo. Unos pocos pasan por encima de un niño. Otros se desentienden de su responsabilidad, como si estuviera escrito en la ley que la crianza es cosa de mujeres. Sólo hay que mirar en las salas de espera de pediatría o en las de parto: apenas un hombre se asoma, apenas se mira un hombre acompañando a su hijo al médico, en esta cola enorme de machismo recurrente que sufren sobre todo los más pequeños además de las mujeres.
Es de implorar que no se haga más daño sobre el daño. Que se lleven estos casos con la discreción que es el respeto que merece el niño o la niña. Pero que se actúe fuertemente para no permitir más silencios, ni ocultamientos. Las secuelas del abuso o del abandono paterno no son cuantificables ni medibles. Ni tampoco sirve de mucho la conclusión sociológica. Lo que cuenta es el dolor, y la vergüenza, el miedo que da salir de nuevo al aire después de sufrir tanto despojo. Perdonen pero siempre recuerdo dos versos, como una de las verdades más ciertas. Se escribieron en época de guerra contra una dictadura, los escribió uno que murió en combate, pero aunque hayan pasado muchos años, tengo que esas palabras son tan de hoy como de entonces, son tan de Nicaragua, tan de todos nosotros, que de alguna manera definen nuestro propio dolor:
“Que mi niña violada llora con desconsuelo
Que en su himen está todo mi pueblo”.
franciscosancho@hotmail.com