Opinión

¿Lo perdurable del boom?


I
Dos hechos trascendentales ponen en perspectiva y reavivan la mirada en el denominado boom literario latinoamericano: la celebración de los cuarenta años de la aparición de Cien años de soledad y la certeza de que el premio Nobel de Literatura ronda sobre las cabezas de dos de sus figuras más emblemáticas: Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa.
Aun cuando nadie se ha puesto de acuerdo en qué novelas y qué novelistas pertenecen a esta prestigiosa secta o controvertida mafia, como fue llamado el boom a raíz de su encumbramiento en la década de los sesenta, algunos de los autores que irrumpieron exitosamente en la literatura mundial siguen siendo objeto de singulares reconocimientos y enconadas diatribas. Su celebridad continúa vigente, a pesar de que los críticos no se ponen de acuerdo a la hora de certificar qué autores pertenecen a la camarilla exclusiva, ni exista unanimidad de criterios en la escogencia de las razones y motivaciones para tenerlos como miembros de número de este acontecimiento literario que para muchos eclosionó a principios de los sesenta y detonó a principios de los setenta, a raíz del caso Padilla en Cuba.
Estas reticencias, malos entendidos, incertidumbres, envidias, rencores y satanizaciones no han tenido el impacto ni la contundencia para sepultar bajo tierra un fenómeno histórico literario, objeto de pleitesía y análisis en las universidades de distintas partes del orbe, y aunque para muchos disuelto, sus gestores aún vivos prosiguen su camino escribiendo novelas y generando un sentimiento de arraigo y de continuidad a través de la nueva generación de escritores latinoamericanos que siguen sorprendiendo al mundo, mostrando la vitalidad de un género que los creadores del boom se encargaron de engrandecer y todavía planea en las alturas.
Uno de los autores en pasar revista sobre este acontecimiento mundial fue el chileno José Donoso, compañero de ruta y miembro activo del boom, quien creyó oportuno brindar su visión acerca de la trascendencia y significado de este hecho capital en la historia de la literatura latinoamericana. Donoso escribió en 1971 Historia personal del “boom”, un libro en que evita asumir el papel de historiador, cronista o crítico, por una razón de peso: albergaba el temor de que sus explicaciones, citas, informaciones y juicios no fuesen completos ni precisos, pero en verdad, sin esta obra no tendríamos una aproximación valiosa sobre los alcances de esta explosión literaria. No importa que sus apreciaciones sean controvertidas, contradictorias e intimistas. Más bien estas características otorgan a su visión cierto halo de credibilidad y perdurabilidad, aun a riesgo de ser juez y parte. Donoso pasó la prueba escribiendo a tumbos El obsceno pájaro de la noche, que le abre espacio en este apretado círculo de escritores perdurables.
Texto provocador, para algunos injurioso, para otros sincero y valiente, establece la diferencia de fondo de los propulsores del boom, en relación con la narrativa precedente, siendo el origen la ruptura de fondo con sus antecesores, al no soportar la asfixia que provocaba escribir para su parroquia, sobre problemas de su parroquia, “con el idioma de su parroquia, dirigiéndose al número y calidad de lectores --muy distinta por cierto, en Paraguay que en Argentina, en México que en Ecuador-- que su parroquia podía procurarle, sin mucha esperanza de más”. El quiebre provocado por los gestores del boom fue profundo, irreversible. Albergaban el deseo explícito de parecerse poco a sus precursores. Se lanzaron por los caminos a poner nuevos mojones y a extender sus dominios, donde no habían puesto pies sus predecesores. Un juicio severo que encierra una verdad a medias. Comparto plenamente que había que hacer algo diferente a lo hecho hasta entonces. No podían seguir repitiendo lo que hicieron los autores de Doña Bárbara, Don Segundo Sombra, El hermano asno, Los de abajo, La vorágine, puestos frente a sus ojos como modelos únicos y obligados puntos de referencia. Tenían que hacer algo nuevo y lo obtuvieron.
II
Como todo iconoclasta, Donoso carece de contemplaciones. No busca cómo dulcificar su juicio. Hurgando el porvenir, se propusieron escalar las cimas y lo lograron. Fuentes, Cortázar, Vargas Llosa y García Márquez, la florcilla del boom o la primera línea de fuego, dispusieron su ánimo y sus plumas a borrar fronteras, a salirse de la parroquia; a no dejarse seducir por “los criollistas, regionalistas y costumbristas, atareados como hormigas”, haciendo lo contrario, reforzando las fronteras entre región y región, entre país y país, volviéndolas “más inexpugnables, herméticas, para que así nuestra identidad... que ellos veían como algo frágil o borroso, no se quebrara o escurriera”. El pecado mayor consistía en imponerles como sus “inmediatos padres literarios” a estos escritores fosilizados o esclerotizados, según el renovado gusto devenido de la asimilación temprana de la literatura inglesa, norteamericana y europea. Transitar por otras veredas o perecer. En eso consiste la singularidad y coincidencias entre los forjadores del boom latinoamericano.
Historia personal del “boom” resalta el sentido de apropiación, de ruptura, acercamiento, fraternidad y concomitancias entre quienes lanzaron al estrellato a la novela latinoamericana. El sentido de internacionalización de la novela, no como lo piensan o suponen algunos, sino entendida como la propuesta de un lenguaje, una nueva manera de expresarse, experimentar, sentir y asumir los malabares esteticistas. En eso radica la apuesta. La hermandad surge a partir de estas coincidencias. Carlos Fuentes será el primero en tirar los dados. La región más transparente (1958) marcó para Donoso el principio de esta nueva dictadura. Luego vendría La ciudad y los perros (1962), que supone un deslumbramiento. Nada de atenerse a nada. El narrador en primera persona y el narrador omnisciente desaparecen. Novela experimental y también consagratoria de una nueva forma de poner en perspectiva todo lo narrado. Retorcerle el cuello a la sintaxis y jugar al infinito con los tiempos verbales. Encabalgamiento de diálogos y superposición de personajes.
Lo grandioso de Vargas Llosa es haber logrado su proeza a los veintitrés años. En una edad en que otros comienzan a despertar, Vargas Llosa logra su consagración definitiva. El premio Biblioteca Breve (1963), el más prestigioso de la época, lo catapultará con sobrada holgura. Su equivalente contemporáneo, el Premio Alfaguara de Novela, ganado por el nicaragüense Sergio Ramírez con su novela Margarita, está linda la mar. Ese mismo año (1962), el prolífico Fuentes dará a luz La muerte de Artemio Cruz y un año después Julio Cortázar parteará a Rayuela. Será hasta tres años después que Gabriel García Márquez sacudirá al mundo. Hablo claro. Cuando digo al mundo, ¡aludo al mundo! Será el primero en obtener tres logros: el primer escritor latinoamericano en conseguir la impresión de millares de ejemplares; el primero en vivir de sus derechos de autor después de dos decenios de penurias y sinsabores y el primero en obtener el Nobel. ¡Será quien en verdad haga boom al boom! Aunque Fuentes haya sido el primer agente literario y el primero en caminar sobre los desfiladeros de la internacionalización de la nueva novela latinoamericana.
Imposible reducir al boom a estas cuatro figuras o super stars, como llamó primeramente Donoso a Vargas Llosa y luego repetirá lo mismo Sergio Ramírez de García Márquez. Existen otros nombres, los cuales menciona y su grandeza aplaude. No los omite. Cómo dejar fuera a Lezama Lima, Onetti, Rulfo, Sábato, Carpentier, Uslar Prieti, Roa Bastos, Cabrera Infante, Benedetti, Manuel Puig. Con el que rompe lanzas y tira a las brasas es al guatemalteco Miguel Ángel Asturias. Sobran los motivos. En un congreso de escritores en España (1971), acusará a los nuevos agraciados de ser un producto refinado de la maquinaria publicitaria. Persistente en sus ataques, después dirá que El otoño del patriarca (1974) es un plagio de En búsqueda de lo absoluto de Balzac. Con cierta sorna Donoso dirá que si García Márquez es un cachinflín publicitario, no se explica cómo Asturias, poseedor del Nobel, no hubiese conseguido ni los tirajes ni la consagración universal alcanzada por García Márquez.
Estos cuatro grandes: Fuentes, Vargas Llosa, Cortázar y García Márquez son lo más perdurable del boom. Estando pendiente saber a quién de los dos, si a Fuentes o Vargas Llosa, le corresponderá el Nobel. Ambos lo merecen. Sólo hay espacio para uno. ¿Eso significa que su obra sufrirá mengua? ¡No lo creo! Como ocurrió con Borges, el eterno postergado, sus engendros continuarán leyéndose y traduciéndose a los más diversos idiomas. Han legado una obra perdurable. Una pléyade de nuevos escritores latinoamericanos se abren espacio entre la vorágine de la literatura y clavan lanzas poniendo en alto sus nombres, en un relevo magistral, esperado, deseable. La continuidad está asegurada. Mientras tanto, sentémonos a esperar por quién de los dos se decidirá al fin la Academia Sueca. ¿Se lo otorgará a Vargas Llosa? ¿Fuentes será el favorecido? ¿Cara o sol?