Opinión

Mitos

A Michelle, mi hija.

Entre las mil y una canciones creadas por nuestro poeta cantor, Carlos Mejía Godoy, siempre me atrajo ésa que en el Canto épico al FSLN escribiera para el legendario guerrillero Pablo Úbeda. Y esa atracción no sólo me la provoca la pegajosa melodía del son nica y las soberbias voces corales de Los de Palacagüina, sino en particular su letra, cuyo contenido es síntesis de toda una historia, característica presente en la mayoría de sus composiciones. Pero con la de Pablo Úbeda, Carlos captó y “capturó” el espíritu que concibe y alimenta los mitos que nutren la fantasía, el imaginario, las esperanzas, y por qué no decirlo, la conciencia mágica del pueblo nicaragüense, ese fatalismo de creer que las cosas suceden porque Dios así lo quiso, factor primordial de nuestros atrasos.
Se sabe que se convierten en mitos los sucesos provocados por personas, animales o cosas, que trascendiendo los elementos de la vida cotidiana, se arropan con las misteriosas y etéreas energías de lo sobrenatural, a lo que muchas veces recurrimos cuando no podemos explicar los fenómenos que ocurren en nuestro derredor. Esos mitos gozaban de buena salud en las hermosas consejas que nos contaban nuestras abuelas, quienes con su histrionismo aprisionaban nuestra imaginación y liberaran nuestros miedos, en memorables noches alumbradas con ocotes o candiles, cuando aún no había televisión, ni nos había atrapado la española maldición de Unión Fenosa.
Y es que el mito se cuenta para que viva y sobreviva, y en nuestro pueblo encuentra un excelente medio para persistir y reproducirse, pues estamos marcados por la palabra y nuestra historia cruzada por la oralidad, no sólo porque sus protagonistas supieron leer o no, sino porque el nicaragüense es un pueblo que habla, cuenta, platica y fantasea con tal convicción y vehemencia que es capaz de creer lo que él mismo inventó. Así se explica que aceptemos, y hasta creamos, que Pablo Úbeda “se disfraza de espadillo y de mozote, y se convierte en pocoyo, conejo, garrobo, cusuco, pizote”. Como antaño, la naturaleza humana se trasmuta hacia los vegetales y animales, antecedentes ya inscritos en leyendas de mujeres que en noches de luna llena se descarnan y adoptan fisonomías de monas o chanchas brujas para hacer sus hechizos “y otras cochinadas”.
Y Carlos conoce y domina, crea y recrea la mitología nicaragüense, e incluso sabe que se necesitan testigos masayas, para aseverar lo invisible e increíble, y describirlo con pelos y señales. Por eso el de Somoto afirma que Pablo Úbeda “pasó ayer mismo muy temprano”, y para confirmarlo pone de testigo a Carlos Reyna, quien “lo encontró allá en el comisariato”, pero luego le echa leña al fuego de la imaginación del auditorio al preguntarse --como inocente de todo su invento-- “cómo sucedió, si ayer en la madrugada el Juez de Mesta lo vio cruzándose la cañada”, generando así una confusión, para la que un sargento --nica pobre de comunidad pobre-- intenta hallar explicación preguntándose a su vez si “no será que este cabrón es el mentado Cadejo”, asunto que se enreda más, pues otras personas también “lo vieron en Cuscawás, en La Tronca y en Waslala”, y para sorpresa de todos advierte que “ya no lo verán jamás”, pues “se lo tragó la montaña”. ¡No jodás!
Por si todo esto fuera poco afirma que al guerrillero de leyenda “lo ayudan los vientos y las siete cabritas”, es decir, lo protegen los elementos del más allá, lo sobrenatural, pero que además tiene otros aliados en el más acá, donde “lo oculta el chagüite y lo esconde la milpa”, por eso cuando “la guardia dispara contra el cafetal” no encuentra nada; nacaradas conchas del perseguido; suspenso del que salimos gozosos cuando con la imaginación vemos a nuestro héroe --al ahora Pablito, diminutivo cariñoso que lo acerca más a nosotros hasta convertirlo en alguien tan cercano como un familiar-- escapar del mal y burlarse de la muerte “sereno, pajito, bordeando el cañal”, ya camino a la leyenda, a lo legendario, convertido en un nuevo mito, en un ser mitológico que al caer en defensa de sus ideales agiganta su estatura y se convierte en mito, ícono, símbolo… en leyenda.
Leonel Rugama, el muchacho de Estelí, “que cometió el atroz delito de agarrar la vida en serio”, también sabía de mitos, con seguridad oídos más de una vez de boca de la Candidita, su mama, alumbrados con ocotes en las noches de Matapalo, comunidad de agricultores donde nació.
Por eso no me extraña que en su poesía --calificada de matemática-- incorporara mitos, como en El libro de la historia del Che, genealogía donde Guevara es hijo de Lautaro, el hermano de Caupolicán y de Colocolo, quien engendró a Oropello, de quien desciende Tupac Amaru, Urraca de Panamá, Diriangén de Nicaragua, Bolívar, Sandino y sus guerrilleros, hermanados sin genética humana, ruta por la que se puede llegar a Carlos Fonseca y hasta el mismo Leonel Rugama, de quien el viejo José Coronel Urtecho afirmó que es “uno de los grandes santos de la revolución. Uno de esos santos de ella, posiblemente el más puro”. Es decir, el heroísmo y la grandeza del muchacho poeta, que les respondió a los guardias que se rindieran sus madres, convertida para siempre en uno de los más hermosos mitos de nuestra historia contemporánea.
Pero no debe olvidarse que para alcanzar la condición de mito, o estatura mitológica, se necesita haber muerto, pero además defendiendo una causa, un ideal, o un pueblo, salvedad necesaria, pues cuando Rigoberto ajustició al viejo Somoza, la jerarquía eclesiástica de entonces lo bautizó Príncipe de la Iglesia, título nobiliario con el que jamás alcanzó la estatura de mito en esta tierra de mulatos y mestizos. Tampoco la obtuvo en vida Tacho hijo, cuando varios “cepillos” --del montón que proliferan en todos los gobiernos--
lo llamaron Huracán de la Paz, título que más bien nos pareció un apodo propicio para la burla, la risa y la jodedera que nos agarra para ponerle al mal tiempo buena cara.
Por ello, adjudicar a un vivo linajes como los escritos y descritos por Rugama, puede ser reflejo de adulación, culto a la personalidad, fanatismo, nutrientes para conciencias mágicas, o como sin ambages señala El Eclesiastés: ¡Vanidad de vanidades! Y con la vanidad hay que tener mucha cautela, precaución y moderación, pues el uso o abuso de estos estímulos lleva a muchos al paroxismo del narcisismo… y los hace agarrar la vara.