Opinión

Wolfowitz se va, la corrupción se queda…


De nada sirvieron los esfuerzos del presidente Bush para evitar sumar otra derrota política tratando de salvar desesperadamente a Paul Wolfowitz, uno de sus más cercanos aliados y asesor de confianza, sobre todo en las semanas y meses posteriores al 9/11. En palabras vertidas por el vicepresidente Cheney, Wolfowitz es “uno de los empleados públicos más capaces que he conocido” y “él es un muy buen presidente del Banco Mundial y espero que sea capaz de continuar”. Intentos inútiles. Un comité del Banco Mundial, integrado por siete de los veinticuatro miembros de su directiva, concluyó que su flamante presidente violó normas éticas al promover a su compañera sentimental y empleada del banco, Shaha Ali Riza, ocultando deliberadamente que había manipulado para hacerla acreedora de una sustancial promoción salarial. El comité subrayó que Wolfowitz, al no aceptar las políticas del banco sobre conflicto de intereses “evidenció un juicio cuestionable y una preocupación con los propios intereses por sobre el mejor interés institucional”. Lapidaria frase para quien había hecho de la lucha contra la corrupción su bandera desde que asumió la presidencia de la institución financiera en 2005.
Aunque suene un poco repetitivo, hay que decirlo. La corrupción es inherente al sistema. Si para los teóricos marxistas la violencia ha sido la partera de la historia, podría afirmarse parafraseándolos que la corrupción es hija legítima del (neo) liberalismo, siempre lo ha sido y seguirá siéndolo por mucho tiempo. Por más que los Estados se doten de un ingente cuerpo de leyes y normas y se adopten programas con nombres cada vez más atractivos para los medios, la corrupción se mimetiza, a veces se oculta, siempre persiste y periódicamente resurge. Nunca ha desaparecido, está allí esperando que métodos y mecanismos, novedosos unos, viejos otros, faciliten su vigencia.
Un rápido vistazo por el mundo hoy en día puede ayudarnos a visualizar mejor nuestras aseveraciones. En narco-Estados como Colombia, en América Latina, y Afganistán, en Asia, el dinero generado en el tráfico de la droga ha corrompido sus sociedades a niveles demenciales. El país asiático posee el triste récord de producir el 92% del opio que se consume en el planeta, aunque en el marco de la intervención de los Estados Unidos a la cabeza de fuerzas de la OTAN, tanto la CIA como miembros del ejército interventor se hacen “de la vista gorda” de actividades abiertas relacionadas con el lucrativo negocio de la droga por parte de prominentes personajes que ellos mismos instalaron en el poder. Además, la lucha contra los talibanes es la prioridad; el mismo Rumsfeld se opuso a cualquier involucramiento militar en operaciones antinarcóticos, y en el otoño de 2004 Bush afirmaba que no quería “desperdiciar otra vida americana en un narco-Estado”.
El vecino Pakistán, por otro lado, cuesta a los contribuyentes norteamericanos la bicoca de mil millones de dólares anuales en concepto de “fondos de apoyo”, para un subtotal de unos US$5.6 billones en cinco años, sin contar “fondos encubiertos” y otro tipo de ayuda. Todo indica que la Casa Blanca preferiría seguir pagando a Pakistán para combatir a Al Qaeda y a los talibanes, muy activos al otro lado de la extensa frontera con Afganistán, y no correr el riesgo de desestabilizar a Pervez Musharraf, aliado cercano.
Más cerca de nosotros, en Colombia, los miles de millones de dólares de la coca y fondos no menos importantes de empresas nacionales y transnacionales han llevado su capacidad corruptora hasta los más altos niveles del poder: han financiado campañas de candidatos, han organizado y financiado a las autodefensas unidas --léase paramilitares surgidos de y protegidos por el ejército-- y hasta llegaron a colocar recientemente en el puesto de jefe de la policía secreta a una persona encargada de facilitar nombres de sindicalistas y activistas sociales que posteriormente aparecieron muertos.
En Irak, país intervenido y ocupado a causa de su petróleo, un informe borrador de la contraloría de los Estados Unidos (Governement Accountability Office) próximo a circular, establece que entre cien mil y trescientos mil barriles de petróleo por día, durante los últimos cuatro años, han desaparecido en una espectacular danza de corrupción en la que se han visto involucrados gruesos contrabandistas, pero sobre todo funcionarios bien ubicados en las esferas de la producción y comercialización de petróleo, estos últimos colocados en sus puestos por el ejército de ocupación. Traducido en dinero contante, una estimación del valor de lo robado lo calcula entre cinco y quince millones de dólares diarios, a un valor promedio de cincuenta dólares por barril. ¿A alguien le importa el destino de esa fortuna? Cuentas en bancos de Gran Caymán, Suiza, Luxemburgo. Difícil decir. En cualquier caso, a cualquier parte menos a la reconstrucción del destruido país.
Así podríamos seguir enumerando los casos de conglomerados, transnacionales, monopolios, oligopolios y países en donde la corrupción campea y nada indica que ello tienda a disminuir en intensidad, pero “para muestra un botón”. Un miembro de la casa real holandesa que recibía un “regalo” de cinco millones para cabildear a favor de una firma fabricante de aviones militares en el marco de la renovación de la flota aérea del diminuto pero rico reino en lo que se dio en llamar el contrato del siglo XX; un presidente mejicano que, al decir de un ex agente de la CIA, recibía un extra sueldo por facilitar información variada; una firma nórdica pagando jugosas sumas para arrancar contratos en el sur del continente, y… la lista no tiene fin. No podría ser de otra manera.
Así será mientras reine don dinero y se conjugue con la política, la geopolítica, y con el interés primero y último de las ganancias de la libre empresa en el cada vez más asfixiante contexto del mercado salvaje. Y la tan últimamente cacareada competitividad global en el marco de la globalización elevada a categoría de divinidad absoluta no augura sino escenarios cada vez más marcados por la corrupción, en un mundo en donde todo --o casi todo-- está a la venta.