Opinión

Posición del pueblo Kichwa ante la visita de Benedicto XVI


Los pueblos y nacionalidades indígenas del continente de Abya Yala (América) rechazamos enérgicamente las declaraciones emitidas por el Sumo Pontífice en lo que se refiere a nuestra espiritualidad ancestral, y a los comentarios políticos emitidos con relación a algunos presidentes latinoamericanos y del Caribe, más aún cuando éstas son realizadas ante un continente en el que se acrecienta la brecha entre pobres y ricos, y en donde se encuentra gran parte de la feligresía católica del mundo, lo que ha implicado siglos de “evangelización”, misma que lastimosamente no ha logrado dar como frutos una vida justa y digna para sus habitantes. Es hora de que se entienda que nuestro continente tiene el derecho de ejercer su libre determinación.
Si analizamos la historia de la invasión a Abya Yala, realizada por los españoles con la complicidad de la Iglesia Católica, no podemos menos que indignarnos. Seguramente el Papa desconoce que los representantes de la Iglesia Católica de ese tiempo, con honrosas excepciones, fueron cómplices, encubridores y beneficiarios de uno de los genocidios más horrorosos que la humanidad haya podido presenciar. Más de 70 millones de muertos en campos de concentración de minas, mitas y obrajes; naciones y pueblos enteros fueron arrasados; usurparon las riquezas de nuestros territorios para salvar económicamente a su sistema feudal; las mujeres fueron cobardemente violadas y miles de niños murieron por desnutrición y enfermedades desconocidas. Todo lo hicieron bajo el presupuesto filosófico y teológico que nuestros ancestros “no tenían alma”. Junto a los asesinos de nuestros heroicos dirigentes siempre estaba un sacerdote u obispo para adoctrinar al condenado o condenada a muerte, para que se bautice antes de morir, y, por supuesto, a que renuncie a sus concepciones filosóficas y teológicas.
Recordemos al cura Valverde que en el Cusco presenta la Biblia a Atahualpa diciéndole que es la palabra de Dios, ante lo cual el soberano, viendo que el libro no habla y considerando que la palabra de su Dios hablaba en el corazón de la Madre Tierra, en el agua, el viento, en la fuerza luminosa del Sol y en la fecundidad de la Luna, en los latidos del corazón de los seres humanos, animales y plantas, arrojó la Biblia, ante lo cual el cura Valverde dio la orden a los soldados que apresaran a Atahualpa. Posteriormente el representante en estos territorios del Dios Solar-Lunar fue asesinado luego de ser bautizado y puesto el nombre de su asesino Francisco Pizarro. Muchos prefirieron ir a la hoguera que renunciar a sus principios, basta citar a nuestro hermano Hatuey en la isla de Cuba, que ante el adoctrinamiento del sacerdote que iba a bendecir su asesinato, sobre la importancia de ser bautizado para que después de muerto vaya al “cielo” donde van los “cristianos”, Hatuey dijo que prefería ir al infierno antes de estar en la otra vida junto a los opresores, ladrones y asesinos, luego de lo cual fue llevado a la hoguera. Habría que preguntar al Papa si Cristo, a quien dice representar, estaría de acuerdo con estos crímenes de lesa humanidad.
Las iglesias cristianas y de manera particular la Iglesia Católica tienen una inmensa deuda con Cristo y con los pueblos y nacionalidades indígenas que hemos resistido a semejante barbarie. Si bien el Estado español y el Vaticano no pueden resarcir las consecuencias del monstruoso genocidio, el jefe de la Iglesia Católica debería al menos reconocer el error cometido, como lo hiciera su antecesor Juan Pablo II en relación con el holocausto nazi, y aprender de Jesús que siendo Cristo para dar su mensaje se encarnó en la cultura del pueblo hebreo con respeto, y fue coherente puesto que predicó el mensaje con su ejemplo asumiendo todas las consecuencias de ello.
No es concebible que en pleno siglo XXI todavía se crea que sólo puede ser concebido como Dios un ser definido como tal en Europa. Debe saber el Papa que antes de que vinieran a nuestros territorios los sacerdotes católicos con la Biblia, en nuestros pueblos ya existía Dios, y su palabra es la que siempre ha sostenido la vida de nuestros pueblos y a la Madre Tierra. La palabra de Dios no puede estar sólo contenida en un libro, mucho peor se puede creer que una religión puede privatizar a Dios. Los pueblos originarios éramos civilizaciones que teníamos gobiernos y organizaciones sociales estructuradas de acuerdo con nuestros principios; por supuesto que también teníamos religiones con libros sagrados, ritos, sacerdotes y sacerdotisas.
La Biblia enseña que quien dice que ama a Dios, a quien no ve, y no ama a su hermano, a quien ve, es un mentiroso. Los que profanaron el nombre de Cristo, presentándose como representantes de él, cuando en realidad fueron socios de los ladrones y asesinos, fueron traidores a la noble misión del Cristo. ¿Cómo podían ser representantes de aquel que nació en un pesebre, de padres obreros, rodeado de campesinos y perseguido a muerte desde su nacimiento por los jerarcas que ostentaban el poder político, económico y religioso de ese tiempo? No podían representar a aquel que dijo que las aves tienen sus nidos y los zorros sus madrigueras, mas él no tenía nada de posesiones materiales. ¿Cómo podían los que estaban llenos de codicia representar a aquel que toda su vida se consagró al servicio de la humanidad, hasta la entrega cruenta de su vida por revelar la verdad a los pobres de todos los tiempos? ¡No eran representantes del Dios de Jesús, su “dios” era un devorador de vidas humanas y de riquezas usurpadas a costa de sangre!
Es de justicia rescatar y valorar las vidas ejemplares de los sacerdotes que ante tanta barbarie se pusieron del lado de los que llamaron “indios”, como es el caso de Bartolomé de las Casas y otros sacerdotes dominicos que ejercieron la defensa de los derechos de nuestros antepasados vilmente ultrajados. Cabe también reconocer y presentar nuestro más profundo respeto a todas las religiosas, sacerdotes, obispos y pastores que han entregado la vida por servir a los más pobres en nuestro continente y en cualquier parte del mundo.
Los representantes de Cristo hoy, pertenecientes a cualquier iglesia cristiana, deberían respetar y venerar la vida como lo hizo Jesús. Tienen el deber ético y moral de condenar toda injusticia y consecuentemente deben entregar el mensaje de Jesús estando al servicio de los pobres y no del lado de los opresores, y si quieren realizar una verdadera evangelización a los pueblos y nacionalidades indígenas deben entregar el auténtico mensaje del Cristo sin pretender destruir nuestras culturas, porque así lo hizo Él, a quien dicen representar. No se puede predicar el mensaje de Jesús el Cristo desde la opulencia, desde el lado de los que profanan la vida creada por Dios, desde el lado de los mayores destructores de la vida planetaria.
El Pontífice aseguró que “la utopía de volver a dar vida a las religiones precolombinas, separándolas de Cristo y de la Iglesia universal, no sería un progreso, sino un retroceso” para los “pueblos originarios” que han logrado “una síntesis entre sus culturas y la fe cristiana que los misioneros les ofrecían”. Nosotros respetamos a sus auténticos seguidores. La vida nos ha enseñado que al “árbol se lo conoce por sus frutos”, como dijo Cristo, y sabemos distinguir quien le sirve en los pobres y quien se sirve de ellos. Cabe comunicar al Pontífice que nuestras religiones JAMÁS MURIERON, aprendimos a sincretizar nuestras creencias y símbolos con las de los invasores y opresores. Continuamos asistiendo a nuestros templos, porque sabemos que debajo de los principales templos católicos están los cimientos de nuestros templos sagrados que fueron destruidos.
En nombre de nuestros ancestros ultrajados y de los millones de pobres que en el continente de Abya Yala tenemos la esperanza de una vida digna para todas y todos, renovamos nuestra firme determinación de recuperar nuestros derechos.

* Presidente de la confederación de pueblos de la
nacionalidad Kichwa del Ecuador
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