Opinión

“La colonia penitenciaria”


“Sería innecesario explicarle la pena,
ya la sentirá en su propio cuerpo”

Cuando se discute un nuevo Código Penal, nuevas penas y tipos delictivos, cuando se aplica el “procedimiento de ley”, cuando se investiga, acusa o juzga, no hay que caer en la tentación tan común de centrarse en el “instrumento” mecánico o jurídico y olvidarse de la gente, el ser humano: víctima y victimario. La razón de ser del derecho, al menos en la más pura teoría, no puede dejar de ser la persona individual y social.
Les invito entonces a leer un cuento. “La colonia penitenciaria” (octubre 1914), de Frank Kafka (1883 – 1924), muestra su rasgo característico kafkaiano, poniendo en evidencia la indiferencia, la melancolía y la tragedia del comportamiento humano del cual somos parte, el lado oscuro de la luna que sabemos existe y a veces preferimos no ver, que lamentablemente no es únicamente ficción, ya que, valiéndose de la ficción presenta, casi como un reporte periodístico o la crónica de una historia, la narración de un hecho que pudo ser y quizás sigue siendo, con sus actualizaciones y modernizaciones globalizantes, y esos trajes engalanados diseñados a la medida de un mundo contemporáneo (leyes, códigos, procesos e instituciones) que no ha dejado de ser inquisitivo e injusto, ni privilegiar la cosa, la norma, la formalidad, la autoridad, el poder, por encima del ser humano colectivo y social.
En el relato, un hombre es condenado sin saberlo, la condena consiste en ser sujetado a una máquina especial, compleja y cuidadosamente diseñada para grabarle en el cuerpo una inscripción que revela en una frase el hecho por el cual merece tal pena: honra a tus superiores. El dispositivo, con agujas especiales, va dejando marcadas las letras, el hombre se va desangrando y doce horas después irremediablemente muere. Su muerte es lenta, calculada, la lección la va aprendiendo a medida que las letras se escriben en su propio cuerpo, entonces comienza a comprender la sentencia. El oficial, quien opera el instrumento, hace gala de su precisión, se queja de la falta de recursos para su mantenimiento, le rinde homenaje y alaba el procedimiento sumarísimo utilizado para el condenado; sin lugar a defensa ni conocer la versión del acusado, la sentencia se basa únicamente en la versión de quien acusa, eso le proporciona al proceso, según afirma, la contundencia y claridad suficiente, no se contamina con las mentiras que el “culpable” agrega.
El oficial, ejecutor de la pena, ha sido el mismo juzgador del condenado, sobre la base de un procedimiento. Se ajusta a él y lo cumple con precisión. Se queja de la incomprensión y la falta de apoyo, en un escenario que el escritor ubica en un país tropical, pero que, desde mi punto de vista, puede ser el Norte o el Sur, Oriente u Occidente, Guantánamo o Bagdad, Guatemala, New York, Sao Paulo o Managua, con o sin las sutilezas de las conveniencias.
La historia me recuerda a aquel buen hombre honrado, el inspector Javert, personaje de “Los miserables” (1862), de Víctor Hugo, quien actuando con rigidez, pretende cumplir con la rigurosidad de la ley hasta el fin, “es un hombre que hace el bien a tiros”… en la convulsionada París de mediados del siglo XIX.
El oficial es observado por un visitante extranjero, el explorador, quien dice desaprueba este procedimiento. El hombre recibe aquello como una sentencia, sin oponer argumentos, suelta al condenado, quien yacía entre la maquinaria, escribe el texto de su sentencia: “SÉ JUSTO”, y se coloca en su lugar sufriendo finalmente la muerte en el aparato que comienza a desajustarse, pierde la capacidad de escribir con el arte para el cual fue diseñado, y mata sin lograr su obra artística. El operador del instrumento ejecutor es ahora víctima del sistema del cual fue partícipe y operador, en un ciclo que no es pasado, sino presente actualizándose.
Hay aquí frialdad calculadora ante el ser humano, ante el sufrimiento, la tortura y la muerte, la sentencia se ejecuta con placer en el cumplimiento de la ley, una ley creada a su manera, un procedimiento ajustado a la forma según se cree y no me refiero aquí, aunque podría, al otro extremo, según se falsea, interpreta, manipula y comercializa.
La sentencia no se dicta de una sola vez, el proceso mismo es la sentencia, como diría el mismo Kakfa en su novela “El Proceso” (1925), el reo no conoce de qué se le acusa, la sentencia fue dictada pero no la conoce o no la entiende que es lo mismo: porque no es ese su lenguaje, o por analfabeta, está aturdido o porque hablarle de “derecho” es lo mismo que hacerlo de “física cuántica”, comienza a cumplir la pena y no logra comprender. Quizás al final percibe claridad, cuando va a morir o ha dejado de tener identidad, cuando prefiere terminar de existir a seguir sufriendo, en el laberinto de lo irreversible, donde lo próximo está al otro lado y no aquí en el mundo de los vivos aplicando rigurosamente la ley y haciendo gala de ello.
¿Qué es la ley y qué la justicia? ¿Cuál es el procedimiento y donde está la consideración sobre el ser humano? Los argumentos afloran al borde de la “máquina de tortura”, se sonríe ante la precisa maquinaria, se ajustan sus mecanismos para evitar errores… Alejo Carpentier escribe en “El siglo de las luces” (1962): “con la libertad llegaba también la guillotina”, mientras llegaban los barcos franceses a las antillas después de la revolución.
Lo importante es el instrumento, el medio, la máquina, el sistema, lograr el fin, aplicar la sentencia, no importa ni la persona ni el dolor ni la justicia. Se rinde pleitesía a la norma, se le reverencia y exalta, se le erigen altares. Mientras tanto el hombre muere, es pisoteado o anulado. Se penaliza y agravan los mecanismos… Recorre un calvario de trámites administrativos, recursos, contingencias, citas, papeleos, privaciones…
El dolor ajeno está en el escenario, como diría Susan Sontag, porque para contemplar la ejecución, se ha hecho construir una galería, se hacen asambleas y la gente se sienta en las butacas, donde el público contempla desde la primera fila, las principales autoridades siempre ocupan las primeras filas para ver mejor o confirmar que todo está conforme. Ahora desde Internet o la televisión, en cualquier lado, puedes ver los instrumentos de la justicia actuando con precisión desde lugares lejanos, haciéndose cumplir la ley: Sadam cae desplomado con una soga al cuello… Otros desconocidos mueren en la cámara de gas o la silla eléctrica. Miles entre los barrotes pagan sus penas… porque la ley lo dice y se aplica… a quienes han sido “condenados” bajo los procedimientos diseñados, impuestos y aplicados por los “condenadores”, mostrando toda su “eficacia” aparente e inhumana, parecida, casi idéntica, a lo que cuenta en este relato Kafka. Dios perdone a quienes después se lavan las manos. Yo tengo unas dudas: ¿Dónde está la verdad y qué hace la pena? Menos mal, todo esto es sobre un “cuento”.

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