Opinión

Ecología mental en el poema “Las Piedras”


“El Coloquio de los Centauros”, de Rubén Darío; los poemas “Las piedras”, “Yo”, “La Danza de los Astros”, “la Canción del Espacio” y “Fuga de Otoño”, de Alfonso Cortés; “Canto de Guerra de las Cosas”, de Joaquín Pasos, y “Cántico Cósmico”, de Ernesto Cardenal, constituyen piezas paradigmáticas y arquetípicas de la ecología mental y ecología cósmica en nuestra poesía nicaragüense.
La ecología estudia las interrelaciones e interdependencias de todas las realidades no vivas y vivas en sus ecosistemas y de éstos entre sí.
La ecología mental reflexiona sobre cómo queda en el psiquismo de las personas y las colectividades humanas la naturaleza. Analiza cómo las imágenes, los símbolos y valores que emergen de la psicología profunda de las personas revelan la percepción de la naturaleza, las cosas y la vida. El diálogo y las relaciones que se construyen hacia el medio ambiente.
De tal suerte que no sólo existe la ecología exterior (ecosistemas) sino la ecología interior (el universo y las cosas en la psicología profunda), lo cual se expresa en mejores condiciones en la poesía, la emotividad, el modo de vida, la capacidad de convivir con las cosas, las plantas, los animales y los otros, así como en el encantamiento que ejerce la naturaleza, en lo tremendo y fascinante de ella. En lo numinoso de cada una de las realidades y cómo ellas vibran internamente, se sienten en el corazón, el mensaje que nos dan y el entusiasmo que nos provocan.
En la poesía, la revelación se expresa con mayor profundidad. Rubén Darío, místico, dijo: “El vate, el sacerdote, suele oír el acento/ desconocido; a veces enuncia el vago viento /un misterio; y revela una inicial la espuma/ o la flor; y se escuchan palabras de la bruma./ Y el hombre favorito del numen, en la linfa/ o la ráfaga, encuentra mentor:- demonio o ninfa”. Mi ex profesor de crítica literaria, Franz Galich, solía decirnos: “El Poeta ve lo que otros no ven”, y hoy expertos ecologistas como Lynton Keith Caldwel en su obra Ecología, Ciencia y Política Medioambiental (1993), dice: “Las insinuaciones de grandes acontecimientos son expresados más libremente y a menudo de forma más profética por el poeta intuitivo que por el científico cuyas predicciones deben someterse a la disciplina y las limitaciones de las metodologías empíricas”.
En “La Danza de los Astros”, Alfonso Cortés desarrolla su visión holográfica de la realidad y de cómo las cosas están interconectadas, y como decía Zubiri, filósofo vasco, en “la respectividad de las cosas desde sí misma hacia otras”. El poema resume el dinamismo estructural del universo, cómo las cosas fluyen y refluyen y el impacto emocional que ello produce en el poeta. Cortés escribió:
“ La sombra azul y vasta es un perpetuo vuelo
que estremece el inmóvil movimiento del cielo;
la distancia es silencio, la visión es sonido;
el alma se nos vuelve como un místico oído
en que tienen las formas propia sonoridad;
luz antigua en sollozos estremece el Abismo,
y el Silencio Nocturno se levanta en sí mismo.
Los Violines del éter pulsan su claridad”.
Sin embargo, el poema “Las Piedras” revela la profundidad mística de Alfonso. En estudios esotéricos actuales se habla de la capacidad que han perdido los seres humanos de escuchar el silencio de las piedras. Jesús mismo decía: “Os digo que si éstos callaran, las piedras hablaran”. Alfonso se nos presenta asertivo con las piedras, las escucha, construye una relación de diálogo y se compadece de ellas. Aunque para muchos una piedra puede ser tan sólo una “miserable piedra”, o un arma defensiva o un medio material para propósitos arquitectónicos o esculturales, en el poeta emerge en su psicología profunda, como alteridad, arquetipo, núcleo valorativo-emocional, mentalidad ecológica. El poema nos dice:
“Las piedras, ¡ah¡, las piedras tienen un secreto
dolor que se muestra como en carnes vivas
cuando en su egoísmo doliente y discreto
parece que no hacen de la vida caso
y ante el tiempo se alzan sordamente esquivas,
como si quisieran impedirle el paso.
Resignadamente mudas ante el viento
y el agua, no incuban otro pensamiento
que el de ser rebeldes a su propia suerte
y sufrir altivas su destino ciego,
mas allá del agua, del viento y del fuego,
sin ansias, sin fuerzas, sin vida, sin muerte.
Es un prometeico suplicio sin nombre,
más que el de ser bestia o árbol, se diría
que son anteriores momentos del hombre
y que sufren una vengativa norma
- presas en sí mismas -, quizás porque un día
robaron al caos el don de las formas.
Con el vano alarde de un símbolo serio
- cuando el rostro vago de la luna asoma -,
se las ve indagando cosas del Misterio,
y abren, ante el viento que audaz las golpea,
sus desesperadas bocas sin idioma,
o erigen su absurda testa sin idea”.

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