Opinión

El centro y la participación del pueblo


En el debate público se produce, más cuando se acercan unas elecciones, el intento de unos y otros por apoderarse, como sea, del espacio en el que se ganan las contiendas electorales. Piensan que con sólo presumir de etiqueta centrista ya está, como si ser o practicar políticas centristas fuese tan fácil y tan sencillo. Unos y otros dicen por activa, pasiva y perifrástica que están en el centro de la izquierda o en el centro de la derecha, como si la solución fuese de geografía política. Afortunadamente, la cuestión es, para mí, más compleja y más interesante. Por ejemplo, es el tema de hoy, las políticas centristas facilitan y promueven la participación real del pueblo en los asuntos públicos, algo de lo que hoy se habla mucho, y a lo que, sin embargo, existe todavía una cierta alergia.
Pues bien, una aproximación razonable al centro significa precisamente colocar en el centro de la acción política al pueblo, es decir, sus aspiraciones, sus expectativas, sus problemas, sus dificultades, sus ilusiones. Por eso, parece que el espacio del centro no puede depender de una ideología cerrada en la conformación de su proyecto y de su programa, ya que el espacio de centro se delimita hoy, en primer lugar, por una renuncia expresa a todo dogmatismo político. La ideología --en el sentido en que aquí hablamos de ella--, en cambio, aporta ante todo una visión completa y cerrada de la realidad social y de la historia, así como las claves programáticas para la resolución del problema social, que tienen tanto de dogmáticas como de ineficaces.
En este sentido, la política de centro tampoco podría atender tan sólo los intereses de un sector, de un grupo, de un segmento social, económico o institucional, ya que una condición de la política de centro es el equilibrio, entendiendo por tal, moderación y atención a los intereses de todos. Hacer política para el interés de algunos, aunque se trate de grupos mayoritarios, significa prescindir de otros, y consecuentemente practicar un exclusivismo que es ajeno a una política auténticamente centrista. La persecución a que se somete, de manera edulcorada y algodonada, al disidente, al que se atreve a plantar cara al poder, es buen ejemplo también de ese pensamiento uniforme, único tan del gusto de unos dirigentes que piensan que ellos son quienes tienen las llaves del paraíso cívico.
Por eso, la determinación de los objetivos de una política centrista no puede hacerse realmente si no es desde la participación ciudadana. La participación ciudadana se configura, pues, como un objetivo político de primer orden, ya que constituye la esencia misma de la democracia. Una actuación política que no persiga, que no procure un grado más alto de participación ciudadana, no contribuye al enriquecimiento de la vida democrática y se hace, por lo tanto, en detrimento de los mismos ciudadanos a los que se pretende servir. Pero la participación no se formula solamente como objetivo político, sino que una política centrista exige la práctica de la participación como método político.
En efecto, hablar de la participación como método político es hablar de la apertura de la organización política que la quiere practicar, hacia la sociedad. Una organización política cerrada, vuelta sobre sí misma, no puede pretender captar, representar o servir a los intereses propios de la gente, de los vecinos. La primera condición de esa apertura es una actitud, una disposición, alejada de la suficiencia y de la prepotencia, propias tanto de las formulaciones ideológicas como de las tecnocráticas. Pero las actitudes y las disposiciones necesitan instrumentarse, traducirse en procesos y en instrumentos que las hagan reales. Y la primera instrumentación que exige una disposición abierta es la comunicativa, la comunicación.
Si ser de centro o estar en el centro significa centrarse en la gente, el giro al centro debe traducirse, en primer lugar, en estar receptivos, tener la sensibilidad suficiente para captar las preocupaciones e intereses de la sociedad en sus diversos sectores y grupos, en los individuos y colectividades que la integran. Pero no se trata simplemente de apreciaciones globales, de percepciones intuitivas, ni siquiera simplemente de estudios o conclusiones sociométricas. Todos esos elementos y otros posibles son recomendables y hasta necesarios, pero la conexión real con los ciudadanos, con los vecinos, con la gente, exige diálogo real. Y diálogo real significa interlocutores reales, concretos, que son los que encarnan las preocupaciones y las ilusiones concretas, las reales.

* Catedrático de Derecho Administrativo, Universidad de la Coruña, España