Opinión

El fin de una Presidencia sin oposición


Los últimos seis meses han sido una pesadilla para George W. Bush. Las encuestas ponen su popularidad y aprobación a niveles bajísimos, superando a las peores encuestas del presidente Jimmy Carter, su partido sufrió una derrota en las elecciones resultando en la pérdida de control de las dos cámaras del Congreso, la guerra en Irak no parece tener salida, cada día brota un nuevo escándalo y sus políticas están siendo fuertemente cuestionadas por el Congreso.
Este cambio en fortuna no debe de sorprender a nadie ya que por primera vez, como resultado de las elecciones celebradas en noviembre de 2006, “W”, como le gusta llamarse para diferenciarse de su padre, se encuentra frente a la realidad del proceso político norteamericano. Durante sus primeros seis años como presidente, “W” logró mandar con poca interferencia o cuestionamiento por parte de los otros dos poderes (Legislativo y Judicial).
Esta circunstancia se dio gracias a que dos de las tres ramas del gobierno federal (el Ejecutivo y Legislativo) estaban bajo el control del Partido Republicano, mientras la tercera, el Judicial, está dominada por jueces nombrados por presidentes republicanos. Con el Senado y la Cámara de Diputados en manos del mismo partido del Presidente, el Congreso se convirtió en un cordero sumiso que en efecto abdicó su responsabilidad de ejercer el vigilancia sobre el Ejecutivo dándole carta blanca al Presidente.
El sistema norteamericano está basado en el concepto de balance entre los poderes. Este balance se logra por medio de varios factores. Primero, la doctrina de separación de poderes, desarrollada por el filósofo francés Montesquieu, que reparte el poder entre tres ramas que son independientes y que incorporan el principio de “checks y balances”, que es el mecanismo institucional para frenar abusos de un poder contra los otros. Además, aunque no escrito pero una realidad en la práctica, el concepto de gobierno dividido. Es decir que normalmente pocas veces se ha dado la circunstancia que un partido logra controlar la Presidencia y las dos cámaras del Congreso al mismo tiempo. Esto sirve para reforzar la separación de poderes y resulta en un proceso vigoroso, a veces confrontativo, que refleja lo mejor y lo peor de un sistema democrático. Citando a estadista Winston Churchill, “la democracia es el peor sistema de gobierno exceptuando a todos los demás”.
El balance tradicional que caracteriza los EU retornó en 2006, cuando el pueblo norteamericano rechazó rotundamente las políticas de “W” y le quitó al Partido Republicano su mayoría en las dos cámaras del Congreso.
El Presidente ya no puede contar con la aprobación automática del Congreso, más bien tiene que lidiar con un Congreso que aparte de estar en manos de la oposición, también se siente manoseado y pisoteado por el Ejecutivo.
La dinámica en Washington ha cambiado y entre mas rápidamente comprenda eso “W” menos mal le va a ir en los últimos 17 meses de su gestión. Bush tendrá que cambiar de forma de actuar si quiere que el Congreso lo apoye. Ya no puede darse el lujo de actuar como si fuera un Presidente con poderes imperiales. La elección de 2006 restableció el balance de poder, que es lo más saludable en una democracia, en donde los poderes tienen que dialogar entre sí y llegar a acuerdos para garantizar que el gobierno marche bien. La democracia depende de un balance y un cierto grado de tensión que obliga a todos los actores a buscar activamente el consenso y así respetar los derechos y opiniones de la minoría. Por primera vez “W” va a comprender que el Congreso es parte integral de la estructura gubernamental y que ser Presidente no significa simplemente dar órdenes o ser un administrador, pero requiere trabajar con los otros poderes, buscar el consenso a través de convencimiento y persuasión. Gobernar es una combinación de ciencia y arte, no es simplemente mandar.