Opinión

¡Una muerte que duele!


La forma inesperada y dramática en que sucumbió Jairo Osorno, mi estudiante de comunicación en la Universidad Centroamericana (UCA), enlutece al periodismo nacional. Una muerte que duele. Murió demasiado joven, apenas al despertar de una pasión que le envolvía, con la misma atracción y fidelidad que guardó siempre a su mujer, la estudiante Julieta Arróliga. El suyo fue uno de esos amores tempranos que nacen, crecen y se consuman en las aulas universitarias. Se conocieron en los pasillos de estudios y flechados por los turbulentos correntones del amor, comenzaron un idilio que fructificó y luego se tradujo en la venida al mundo de su única hija, Julisa. Como acostumbro hacer con mis alumnos, con esa camaradería abierta y franca con que nos relacionamos, apenas despuntó su amor embravecido por Julieta, ambos fueron víctimas de mis dardos como ya antes lo habían sido de Cupido. Todas las mañanas, cuando les encontraba, reverenciaba su relación, dejándoles ir una frase afectuosa, que encendiera aún más su pasión desbordante. Jairo atendía más a Julieta que a sus propios estudios.
La primera vez que vi cómo se le estiraba el vientre a Julieta estaba frente a hechos consumados. No había vuelta atrás. Con su determinación pulverizaban ese lugar común, aunque un poco cierto, que la novia del estudiante no es la esposa del profesional. Jairo y Julieta mostraban lo contrario. Esa entrega mutua que no daba sosiego ni reposo a su reputada relación de novios, enloquecía a Jairo como una criatura, pese a que los años cambiaban su fisonomía, convirtiéndole sin quererlo en un joven adulto. Cambió sus camisetas por camisas ceñidas, y su barriga empezó a crecer, mucho antes que Julieta mostrase al mundo el resultado de ese amor desquiciante que los precipitó por caminos sospechados.
Jairo se aparecía por la decanatura a saludarme, pero estaba seguro que se trataba de una mariposa revoloteando, mientras esperaba que Julieta terminara de realizar sus trámites de estudios donde Payita o doña Wenceslaa. Como mi puerta siempre permaneció abierta, sentía que estaba en su derecho de entrar, puesto que se encontraba en su propia casa. Era la personificación de Mauricio Babilonia. Nada más que él mismo se había convertido en una mariposa de un amarillo intenso y un andar pausado que lo hacía girar sobre su propio eje de gravitación, mientras la niña de sus ojos estacionada en la Secretaría Académica no se moviera. Era tan íntima su relación que no le dejaba espacio ni para respirar. Juntos hacían todo, hasta el amor, que era la única y verdadera razón que les unía como el oxígeno a nuestros pulmones. En diciembre de 2001, cuando la UCA era estremecida por una huelga estudiantil, surgió el pretexto para conocerse y dar inicio al año siguiente a una relación que algunos pensaron se trataba de un amor disparatado que terminaría antes que el crudo invierno nos anegara de agua.
Jairo formaba parte de una pacotilla de jóvenes enamoradizos que competían por seducir antes del alba a la joven sobre la que habían posado sus miradas. José Miguel Fonseca había dispuesto que Amalia Barrios fuera su novia mucho antes de que cantara el gallo. Pero su aventura lo lanzó a los abismos de la desilusión, porque su iniciativa no cuajó como él había apostado ante sus compañeros. Adrián Uriarte me quedaba viendo huraño y mostraba un enorme desdén cada vez que me acercaba a las aulas para saludar a Beatriz Blandón, la joven a la que le dispensaba un trato especial parecido al amor, que al final no se vio correspondido. Enamoradizos incurables con un giro brusco cambiaban de parecer y a la mañana siguiente, cuando la derrota era evidente, alzaban vuelo buscando una nueva rama a donde ir a posarse.
Entretenidos por los celos que despertaba su ánimo, cada vez que encontraban una nueva vestal, para muchos de ellos los estudios se volvían una cosa secundaria. Lo único que tomaban en serio era su encaprichada decisión de seducir a jóvenes agraciadas y de mirada altiva que estimulaban su apetitoso paladar y que muchas veces ni siquiera alzaban la mirada para volver a verles. Sergio Castillo fue el más consecuente de todos. Las aulas universitarias lo retuvieron más allá de todo término. Pero contaba con fieles acompañantes. Para ellos terminar la carrera en cuatro años no estaba dentro de sus planes. Darwin Galeano, Wiston Potosme y Francisco Cedeño se pegaban con mayor esmero y parsimonia a las faldas de sus compañeras que a sus propios estudios. Eran consecuentes con sus maneras de concebir el amor.
Ahora que Jairo ha muerto, una muerte innecesaria, en pleno despegue profesional, cuando empezaba a demostrar que era tan buen periodista como mejor amante, dejando atrás la nota roja y habiéndose decidido a emprender un nuevo proyecto de comunicación bajo la certera dirección de la profesora Alina Guerrero, circunstancia que lo volvía a unir de nuevo de tiempo completo con Julieta, el estallido de la llanta delantera de su moto, el pasado cinco de mayo, truncó su destino. Una nueva etapa se abría en su vida. Ese momento que todos esperamos para demostrar la casta de la que estamos hechos le impidió demostrar a los lectores que era tan buen periodista como buen hijo y excelente amigo.
Jugarretas del destino, mientras Jairo volaba hacia el infinito dejando en la orfandad a su mujer, a su hijita y a sus amigos, José Miguel Fonseca, siguiendo sus pasos, termina los preparativos de rigor, porque ha decidido casarse en León en fecha próxima, rindiendo su rey de amante empedernido. Perseverantes concluyeron sus estudios y hoy son profesionales exitosos en sus respectivos campos. Sus nombres suenan como un día lo soñaron.
Jairo se nos va apenas unos meses después que mi ex alumno, el periodista Julio Padilla, brutalmente arrancado de este mundo en un fatal accidente de tránsito en la Carretera Norte, provocado por alguien que en vez de reverenciar a Venus, se pasó toda una tarde libando, rindiendo pleitesía a Baco, el Dios romano que enajena y desquicia a los hombres, provocando la muerte de pobres inocentes. Un juez misericordioso le impuso la pena agravada de tres años de prisión. ¡Después en el Poder Judicial se encabritan y gritan desaforados cuando se critica la falta de entereza de algunos de sus miembros en el momento definitivo de impartir justicia! A Julieta corresponde ahora concluir la tesis de grado, como un doble homenaje: a su querido Jairo y a su dulce Julisa. El profesor Jorge Navas, su noble tutor, tiene que redoblar esfuerzos para que el sueño inconcluso de Jairo sea una realidad tangible, palpable.
Mi saludo a Jairo durante los últimos meses era preguntarle: ¿cuándo viene el otro? Serio, como quien no lo quería, me respondía sonriente, por ahora no, profesor, por ahora ¡no! Dada su juventud y su contagiante alegría por la vida, ¡nadie hubiera imaginado que ya no habría otro para nunca jamás! Su muerte nos duele a todos, pero más que a nadie a Julieta y a su querida Julisa. Jairo disfruta en el cielo las prerrogativas que gozan quienes han sido personas extraordinarias en el reino de la tierra. ¡Hasta siempre amigo! ¡Hasta siempre!