Opinión

Combustibles


Como producto social el combustible está sometido a las mismas contradicciones de la actividad social en general. Desde siempre, su obtención, uso e impacto sobre el medio aparecen estrechamente vinculados al orden social en que ocurren, al igual que el resto de las creaciones de la cultura humana.
No extraña entonces que para obtenerlos no sólo aparece el trabajo creador, sino la explotación desmedida, la guerra y la agresión; su uso más racional ha constituido un reto permanente y la inteligencia se ha aplicado con gran mérito a conseguirlo, desde el esfuerzo primitivo para obtener fuego hasta la moderna aventura con la energía atómica; ha sido elemento central para el bienestar de las comunidades y al mismo tiempo factor perturbador que transforma y afecta al medio ambiente. Parece que Australia era una enorme selva que los primeros ocupantes destruyeron hasta convertirla en el espacio árido que es hoy; lo mismo ocurrió seguramente en el Sahara y alrededores y según sugieren algunos investigadores --para desconsuelo de quienes adjudican a las culturas indígenas americanas una supuesta armonía con el medio--, la cultura maya decayó precisamente por un tratamiento equivocado de los bosques. En estos estropicios monumentales la obtención de combustibles juega un papel central.
El capitalismo y la modernidad están asociados al carbón y al petróleo. El carbón significó el uso industrial del vapor y el progreso, pero también la contaminación grave de ciudades enteras y la espantosa explotación de los mineros con accidentes, silicosis y tuberculosis. La historia del petróleo es igualmente sangrienta y desde sus orígenes se vincula al colonialismo y la agresión. Ahora, con las tendencias nacionalistas de algunos países y sobre todo con el pujante desarrollo de India y China y su incesante demanda de combustible, la guerra se vuelve más enconada. Las guerras de Afganistán e Irak, la muy preparada agresión a Irán o la abierta hostilidad contra Venezuela tienen al petróleo como primer motivo. Todo el discurso de los países ricos acerca de expandir la civilización y alcanzar un orden internacional armónico a duras penas consigue ocultar sus ansias insatisfechas por el oro negro.
Ya está comprobado y es admitido que la polución universal y el cambio climático tienen en el uso desmedido e irracional del petróleo una de sus causas principales; y es cada vez más evidente que el orden capitalista reinante es la razón primera por la cual ese impacto dañino y suicida no se puede controlar. De los gobiernos tan sólo se escuchan prédicas y buenas intenciones, pero ni se suspenden las guerras de agresión ni se toman medidas reales para someter las ganancias de unos pocos al beneficio colectivo.
En este contexto de crisis aparecen los carburantes obtenidos de la caña de azúcar, la palma africana, el maíz y otros productos agrícolas. Los gobiernos se felicitan y el propio Bush, presidente del país que ocupa el primer lugar del planeta en consumo y polución (y obviamente, también en guerras de rapiña por el petróleo), anuncia que con estos nuevos combustibles se llega a una nueva era pues son ecológicos, rentables, renovables y promueven desarrollo y bienestar en el tercer mundo.
Como no podía ser de otra manera, viniendo de quien viene, el discurso es un catálogo de inexactitudes interesadas.
Los nuevos combustibles no son necesariamente amigos del medio ambiente, pues aunque no polucionan en la misma medida que el petróleo, para obtenerlos se destruyen con gran prisa millones y millones de hectáreas de las selvas húmedas del planeta (Brasil e Indonesia se destacan). El resultado no es otro que una dramática reducción de los bosques que purifican el aire pues extraen el carbono del CO2 y devuelven el oxígeno a la atmósfera. Menos bosques significan menos filtros naturales, de manera que lo poco que se gana por un lado se pierde en gran medida por el otro. El balance es negativo.
Su rentabilidad es más que dudosa, pues para reemplazar el petróleo se tendría que sembrar prácticamente todo el espacio disponible del planeta y otros tantos planetas más. El deterioro del suelo por esta renovada “revolución verde”, ahora para obtener combustibles, sería enorme; un coste que no asumen las empresas sino la sociedad; un coste que no se registra en la contabilidad pero que sí va a la cuenta general de todo un país, a mediano y largo plazo. ¿En qué queda el supuesto beneficio?
Destinando caña, maíz y otros productos a la producción de combustible se limita drásticamente su uso original como alimento. En esta nueva relación colonial perversa el mundo pobre deja de consumir alimentos para que el mundo desarrollado mantenga su cultura dilapidadora. O sea, ante los riesgos del petróleo se opta por el llamado biocombustible aunque con ello se extienda más aún el hambre ya existente. El caso reciente de México es tan sólo una llamada de atención sobre algo que puede ir a más.
Por supuesto que estos combustibles tampoco son una solución pacífica o inocente. El mensaje de Bush es un regalo envenenado. Sembrar inmensas plantaciones con palma africana en Colombia, por ejemplo, va asociado a la actuación de paramilitares que masacran en áreas selváticas a comunidades indígenas, negras o de colonos pobres, a su vez desalojados por el latifundio de las regiones andinas. Igual está ocurriendo en Brasil o en Indonesia con el desalojo de los campesinos mediante la violencia cruda o la presión, y siempre con la connivencia de las autoridades locales. Y claro, ¡siempre en nombre del progreso!
El biocombustible no es inocente en absoluto. Está teñido con la sangre de las víctimas, signado con la complicidad de gobiernos serviles y asociado a la voracidad de las multinacionales. Sembrar maíz para alimentar automóviles es quitar de la boca el alimento básico a millones de hambrientos. Incentivar la producción de caña de azúcar como combustible significa promover la tala indiscriminada y criminal de los últimos reductos selváticos del planeta.
Por supuesto que la utilización de productos biológicos como complemento al petróleo no es mala en sí misma, pero en las condiciones actuales del orden social que nos somete, antes que una preocupación ecológica es un negocio, turbio y criminal como lo han sido todos los negocios ligados a los combustibles. El sistema no da para más.