Opinión

Cuando la pobreza se cuenta por millones


En América Latina hay 205 millones de pobres y 79 millones son indigentes. Con estas cifras, ¿hay motivos para ser optimistas? No y sí, aunque parezca una contradicción. Y me explicaré. No, porque las cifras siguen siendo de auténtico sonrojo. Y sí porque, según la Comisión Económica para América Latina de las Naciones Unidas (Cepal), tras el estancamiento del periodo 1997-2002, en 2005 el porcentaje de pobres bajó del 44 al 39.8 por ciento y el cuatrienio 2003-2006 ha sido el mejor de los últimos 25 años.
Estos datos fueron ofrecidos por el economista José Luis Machinea, secretario general de la Cepal, en la presentación del Informe sobre el Panorama Social de América Latina 2006, en un acto organizado en Madrid por la Universidad de Alcalá. En él se especifica que ha habido mejorías significativas en Argentina, Venezuela y Ecuador. En Argentina porque tras el desastre del “corralito” se ha producido una recuperación. En Venezuela porque los altos ingresos del petróleo se han distribuido mejor y la tasa de pobreza ha descendido en un 12.3 por ciento. Y en Ecuador, por el petróleo y por el aumento de las remesas de los millones de ecuatorianos que tuvieron que emigrar. En el resto de los países, los avances son muy escasos.
Porque, se diga lo que se diga, hoy por hoy la pobreza no es una prioridad ni de los gobiernos ni de los dueños de las grandes fortunas, y así lo asegura Jeffrey Sachs, un destacado especialista del PNUD, que además afirma que lo grave es que en el mundo hay recursos económicos y conocimientos suficientes como para acabar con esa lacra. Lo que no existe es la voluntad política y en ese saco de la falta de responsabilidad mete a todos, al Sur, pero también al Norte.
Las oligarquías, casi siempre indiferentes ante la pobreza de sus países, se niegan a construir Estados equitativos que distribuyan la riqueza y, siempre que pueden, evaden impuestos y trasladan sus millones a los paraísos fiscales. Y los pobres, que tienen que emigrar, huyendo de la miseria, son los que envían puntualmente el dinero a su país y los que sostienen, en buena parte, la balance de pagos. Pero su capacidad de ahorro e inversión, obviamente, es insuficiente.
“A la fuerza ahorcan” dice un refrán castellano y eso fue, según el historiador británico Eric Hobsbawn, lo que ocurrió en Europa Occidental después de la Segunda Guerra Mundial. La amenaza de una posible expansión del bloque comunista hizo que las grandes fortunas se avinieran a colaborar con los gobiernos democráticos y aceptaran pagar impuestos, contribuyendo así a la construcción del Estado de bienestar. A cambio, la izquierda reconoció la economía de libre mercado.
Con todos sus defectos, ahí están los 50 años de una Europa empeñada en reducir drásticamente la pobreza de sus ciudadanos. En América Latina, en estos 50 años, ha habido dictaduras civiles y militares, democracias frágiles e inestables, fuertes convulsiones sociales, violencia política, caudillos y predicadores de izquierdas y de derechas. Sin embargo, no se han logrado pactos que permitan progresar y las brutales cifras de pobres siguen sin conmover a los que tienen los recursos económicos y políticos. ¿Qué más se necesita?

*Profesor de la Universidad de Alcalá