Opinión

La inversión en educación superior


Siempre hemos afirmado que la inversión en la educación superior no sólo es prioritaria, sino estratégica para promover el desarrollo humano, endógeno y sostenible de los países.
También hemos sostenido que no es cualquier educación superior la que merece este tipo de inversión, sino aquella que es de calidad y responde adecuadamente a las necesidades de la sociedad, es decir que al atributo de calidad une su pertinencia o relevancia.
Invertir más en una educación superior que no reúne estas características puede ser un gasto inútil. Destinar más recursos para graduar muchos profesionales mal preparados, que no hacen más que incrementar la plétora de egresados sin trabajo o cuya demanda está más que saturada, no representa un auténtico aporte al desarrollo, sino un desperdicio de recursos humanos y financieros.
Recientemente, el Instituto Internacional de Planeamiento de la Educación (IIPE), que tiene su sede en París y está adscrito a la Unesco, dedicó su última Carta Informativa a discutir este tema llegando a la conclusión de que “las universidades desempeñan un papel clave en la generación de nuevas ideas, así como en la acumulación y transmisión de conocimiento, pero han permanecido en la periferia de la preocupación por el desarrollo. Aunque no son los únicos generadores del conocimiento requerido para el desarrollo, gracias a la enseñanza y la investigación ayudan a producir pericia, gestionar el desarrollo, organizar la transformación social y preservar los valores sociales y el ethos cultural… Las instituciones de educación superior son una fuente importante del capital humano requerido para producir conocimiento”.
Y frente a la afirmación, que en Nicaragua ha circulado como buena moneda, que la inversión debe priorizar únicamente la educación básica, el IIPE sostiene lo siguiente: “Durante un período en las décadas de los años setenta y ochenta, algunos individuos y organismos influyentes buscaron limitar activamente la inversión en educación superior en los países en desarrollo y reorientar los recursos al subsector de educación primaria. Sostenían que la educación superior tendía a servir a la elite y que la inversión en la base del sistema no sólo sería más igualitaria, sino que también daría mejores tasas de retorno económico. Durante este período, la Unesco mantuvo su foco de atención en la educación superior y en otros niveles y, en el seno de la familia de la Unesco, también lo hizo el IIPE. Aún se requieren balances adecuados y la misión del IIPE nos exige ser muy conscientes de la calidad de la educación en la base del sistema y las necesidades de los sectores desfavorecidos de la sociedad. Pero es evidente que la educación superior requiere atención en el marco de la planificación global de los sistemas de educación”.
Finalmente, ahora que se dice que la prioridad de la política del actual gobierno es la lucha contra la pobreza, conviene también tener presentes las conclusiones a que llega el profesor Jandhyala B.G. Tilak, de la Universidad Nacional de Educación de la India, acerca del papel de la educación superior en la lucha contra la pobreza: “Un análisis reciente de la India y de datos muestrales sobre educación superior, crecimiento económico y desarrollo, utilizando indicadores de pobreza y desarrollo humano, tales como mortalidad infantil y esperanza de vida, muestra claramente que la educación superior desempeña un papel significativo en el desarrollo. Se mostró empíricamente que:

- la educación superior mejora los ingresos de las personas y contribuye al desarrollo económico;
- la educación superior contribuye significativamente a la reducción de la pobreza absoluta y relativa;
- la educación superior está relacionada con los indicadores de desarrollo humano que reflejan otras dimensiones de la pobreza humana, dado que reduce significativamente la mortalidad infantil y aumenta la esperanza de vida”.

Lo que Nicaragua necesita es diseñar, como ya lo tiene nuestra vecina Costa Rica y otros países de América Latina, un buen Plan Nacional de Desarrollo de la Educación Superior, que parta de un diagnóstico actualizado de la situación y señale los objetivos, políticas y estrategias a seguir, con un horizonte de por lo menos diez o quince años. En su diseño deberá tomarse en cuenta tanto el aporte de las universidades estatales como de las privadas, a fin de promover la existencia de un verdadero Sistema Nacional de Educación Superior, debidamente integrado y coherente, que se proponga la congruencia de la oferta educativa con las necesidades reales de nuestro desarrollo.
Es evidente que facilitaría el logro de este propósito el hecho de que el país retome el Plan Nacional de Educación 2001-2015, que entre sus metas tiene lograr que en Nicaragua tengamos un verdadero Sistema Nacional de Educación, que comprenda e integre todos los niveles educativos.