Opinión

Terror en la burocracia del III Raid


A partir de enero de 2007, los más sensibles sismógrafos alrededor del mundo han registrado actividades telúricas inusitadas en Nicaragua. Los sabios terremotólogos del mundo han descartado como causas de la sismicidad el frecuente choque de las placas tectónicas Coco y Caribe, que se haya activado la gran falla de San Andrés, ese pavoroso abismo de la orilla continental del Pacífico americano o que nuestra cadena volcánica hubiese entrado en febril actividad.
Expertos chinos, los únicos capaces de predecir terremotos guiados por el I Ching, el Libro Rojo de Mao y por aparatos sofisticados y prodigiosos, han concluido que la actividad sísmica nicaragüense se debe al temblar de rodillas (canillera) y al castañetear de dientes de los empleados estatales nicaragüenses enfrentados a artimañas para despedirlos urdidas por los nuevos jefes delegados por el flamante Gobierno de la coalición Unida Nicaragua Triunfa.
Protegida por una Ley de Servicio Civil ad hoc, la burocracia estatal media que goza de salarios “regulares” para este empobrecido país de cesantes, desde febrero no ha podido dormir en paz una vez demostrado que las promesas de la campaña de no tocar a nadie eran como dice Shakespeare: palabras, palabras, promesas. Los empleados menores no son mayor problema por ahora, porque sus salarios exiguos no son nada apetecibles. Digo por el momento, ya que de no generarse los miles de puestos de trabajo contemplados por el programa Hambre Cero, por la construcción de la refinería de PDVSA y por la construcción del canal interoceánico por Nicaragua, afanadoras, choferes, cepoles y similares deberán poner sus barbas en remojo, para que el agua y el jabón haga que la mano que pretenda halarlos y despedirlos, se resbale.
Los despidos masivos en el Estado nicaragüense aplicados por cada nuevo gobierno son parte de nuestra tradición política. Si no recordad los miles de despedidos por el gobierno de la UNO (Chamorro-Lacayo) y por los gobiernos de la Alianza Liberal en sus dos capítulos: Alemán y Bolaños. Éstos siguieron fielmente las recomendaciones del FMI, el BM, el BID, los EU, la UE, Japón y Taiwan de reducir el gran Estado paternal y ampliado heredado por la revolución popular sandinista. Todos los gobiernos “democráticos”, sin excepción, redujeron y ampliaron. Es decir, primero despidieron masivamente para luego volver a contratar gente de su clientela política. Entonces objetivamente debemos verla como una práctica histórica de un Estado nutrido siempre por el partido, la alianza política, la familia y allegados a la familia de los líderes detentadores del poder. Quien a buen árbol se arrima, buena sombra lo cobija.
La productividad de la burocracia estatal a nivel mundial no se caracteriza por ser muy alta. Más bien la gente que goza del privilegio de pertenecer a ella tiene una buena parte de su tiempo laboral, pagado por todos los contribuyentes, para desarrollar la imaginación. La burocracia estatal nicaragüense no es la excepción. De ahí que el imaginario burocrático a partir de las experiencias vividas en esta nueva coyuntura, haya producido todo un extraordinario capítulo de “terroríficas” leyendas urbanas sobre el horror al desempleado experimentado por los y las burócratas frente a sutiles o vulgares artimañas del o la burócrata inmediatamente superior. He aquí algunas de ellas.
En estas leyendas encontramos de todo. Desde el/la burócrata cuyo jefe inmediato lo deja sin contenido de trabajo, sin tareas que hacer, ni siquiera la de servirle café, y que se dedica a leer el diario, principalmente los clasificados, o a llenar por enésima vez el crucigrama después de haber escrutado los astros en su horóscopo, con ganas infinitas de asomarse a la ventana de su oficina y gritar a todo pulmón: “Vuélvanme a ver, no me despidan, yo también soy brujo”. Pero nada, su jefe o jefa lo ve como un bicho raro de quien no se explica cómo pudo sobrevivir 16 años de regímenes neoliberales, además se pregunta ¿por qué ese bicho o bicha sigue diciendo que es, ha sido y será sandinista? Este jefe o esta jefa jamás concluirá que ese bicho es un excelente trabajador y ante sus propuestas de plantearse él mismo los contenidos de un trabajo que conoce a cabalidad, el plan se lo regresará cortésmente para un buen día de éstos aplicarle el artículo de los superfluos o supernumerarios y ponerlo de patitas o patotas en la desértica y cruda calle.
Otra leyendita urbana terrorífica es aquella del subalterno sandinista llevado por su jefe sandinista a trabajar en la burocracia estatal de los 16 años neoliberales, pero que ahora se ha convertido en un informante falaz del nuevo gobierno. Lo único que le interesa es serrucharle el piso a su jefe/jefa y en medio de una reunión, si su jefe/jefa hace una broma, allí mismo con una habilidad digital inusitada envía un chat a sus oidores (él es oreja) advirtiendo sobre los peligros estratégicos que entrañan los comentarios de su superior para el nuevo gobierno. Consideremos que a nivel de información, el chisme se ha hiperdesarrollado, alcanzado velocidades luz, por el desarrollo de la tecnología cibernética (teléfonos y computadoras). La velocidad del chisme es tan portentosa que ha habido eventos, como la reunión de los jefes sandinistas con el presidente Ortega, sabidos mucho antes de que ocurrieran en el tiempo factual.
Éstas son experiencias si se quiere amables. Hay otras más crudas y amargas. Los nuevos burócratas que irrumpen abriendo violentamente las oficinas de los pobres empleados para someterlos a un vertiginoso interrogatorio sobre su quehacer laboral, burlarse de sus planes de trabajo, acusarlos de inútiles y pelándoles los dientes con los ojos inyectados de draculeana sangre, les dejan entrever que sus días en esa dependencia estatal están contados.
Ojalá que los sismólogos chinos no sigan detectando movimientos telúricos en Nicaragua producto del terror que está viviendo la burocracia heredada por el neoliberalismo donde hay algunos sandinistas y sandinai laborando. Un Estado responsable no debe perder cada cinco años los conocimientos, la experiencia y la continuidad de aquellos proyectos dirigidos a desarrollar la nación. Tampoco los políticos inteligentes pueden estar defraudando promesas y creando una amplia capa de resentidos. Hay que hacer el esfuerzo por crecer juntos y ubicar a cada quien en un lugar pertinente donde su productividad, eficacia y provecho sean explotados al máximo. No hagamos de nuestra fuerza laboral un universo de seres prescindibles.
Y ustedes, mis caros lectores, tampoco se confíen y no confundan el sismo burocrático con el probable gran terremoto que cada treintena de años nos suele visitar como un megaproyecto de reconversión y reubicación laboral.