Opinión

Desplazados nicaragüenses


Tengo un amigo que una vez trabajó en la realización del censo de Managua. Él creía en los números por encima de casi todas las cosas. Creía que los números se traducían en cosas reales, que simplemente con decir un número, las autoridades que gobernaban en ese momento alcanzaban a ver lo que significaba y en consecuencia, actuarían facilitando el acceso a los servicios de salud, de higiene, de educación, etc. Finalmente, mi amigo creía que los números podían producir un escándalo y no dejaba de contar managuas, uno a uno de los que venían de las comunidades del interior a los barrios aledaños, y se iba a contar a los nuevos asentamientos, como al principio del barrio Hugo Chávez.
Después de un tiempo, mi amigo abandonó el censo como un asunto imposible. Decía que no podía mantener un conteo medianamente real de la población que se desplazaba hacia Managua de forma más o menos permanente procediendo en su mayoría de comunidades rurales. Población que acudía donde familiares y conocidos, o colonizaba tierras confusas, o venían primero unos y luego el resto de la familia. Una Nicaragua entera que baja a Managua y que, según mi amigo creía, podía contabilizarse en más de 500 personas diarias. Yo lo veía un poco exagerado, pero aunque fuera la mitad ya me parecería demasiado.
Son los desplazados internos, no por la violencia de una guerra, sino por la de la pobreza. En Managua, el reclamo principal que engulle todas las alternativas de trabajo se concentra en la amalgama de zonas francas. La inestabilidad del café, de los precios de los granos básicos, etc. fuerza a buscar la miseria constante de las zonas francas que, aparte de los números del desempleo, no ha tenido un beneficio real sobre el nivel de vida de los trabajadoras (en su mayoría) de Nicaragua.
El desplazamiento del campesino no es sólo traumático porque lo causa la pobreza, sino porque la razón de ser de su trabajo, la tierra, pierda su capacidad de siempre de producir el alimento. Venir de un sitio donde más o menos todo lo da la tierra a otro donde no se puede hacer nada sin dinero, no es tarea fácil. Es pedirle a una familia que asimile lo que a la humanidad le ha costado cientos de años. Es pasar de un tiempo a otro, de un mundo a otro sin transición posible, más que la de la noche sin dormir.
Hoy, contar los números exactos, cada una de las personas que vienen a Managua forzadas por la pobreza del campo, no es sólo necesario, sino que forman parte de una acusación. La acusación a quienes han marginado a los trabajadores de la zona agrícola del corazón de Nicaragua. Los habíamos visto a veces en largas marchas desde el hambre del Tuma o La Dalia en Matagalpa; o desde las minas de veneno de las bananeras, de Chinandega, de Corinto. Pero éstos, que apenas resisten ser contados, que llegan de noche a veces, como de visita, que se ocultan y nadie sabe de qué tierra vienen, son los desplazados invisibles, a quienes nadie reconoce su condición especial, y por lo tanto sus derechos.
En Nicaragua no hay industrialización, sino una utilización de mano de obra para industrias de otros países. Si esa es la alternativa para el campesinado, el problema es aún mayor, porque cuando las zonas francas ya no sirvan, cuando ya no les interese quedarse en Nicaragua porque la mano de obra no les salga tan rentable, entonces, el desplazamiento volverá a ser de la nada a la nada.
No hacen ruido. No se declaran. Simplemente vienen donde está todo, y en realidad, donde está nada. Y es una multitud, pero hoy en día, ¿a quién le pueden escandalizar los números, sobre todo si son de gente que aún se mantiene con vida?

franciscosancho@hotmail.com