Opinión

La información, el secretismo y el poder


“…el que manda debe oír,
aunque sea las más duras
verdades y, después de oí-
das, debe aprovecharse de
ellas para corregir los ma-
les que producen los errores
propios”

Simón Bolívar,
9 de abril de 1820.
Hugo Torres Jiménez

La información es poder, y verdadero poder, pero por sí sola sirve de muy poco si no es en función de una causa a la cual corresponder. Sea en provecho de una persona, organización social, gremial, sindical, empresarial, religiosa, política o de cualquier índole, la información viene a ser como la sangre al cuerpo, vital, tanto que sin ella es impensable que se pueda dar el funcionamiento de la sociedad, en cualquiera de sus expresiones. A través de la información se educan los pueblos en el conocimiento de las artes, las ciencias y la cultura en todas sus manifestaciones.
La educación, formal e informal, es inconcebible sin la mediación de la información. Los instrumentos para su conducción o transmisión son diversos; desde el oral, que comienza en el seno familiar con las palabras o los cantos de una madre a sus pequeños hijos, hasta la que se da y recibe a través de la educación formal en las escuelas y universidades, los medios de comunicación social, sean éstos escritos, radiales o televisados o a través de los medios electrónicos modernos.
A través de la información que recogen de sus padres y familiares, sea por vía oral, visual, auditiva o a través de los otros sentidos, los hijos se enteran de cuáles son y cómo se manifiestan los sentimientos de los seres humanos, cómo se identifican las cosas, cómo se adquiere una profesión, un trabajo o una habilidad cualquiera y cómo se debe reaccionar --además de la reacción instintiva-- ante determinados estímulos. A través de la información nos educamos en principios y valores que consideramos justos y necesarios para convivir con el resto de seres humanos y en armonía con la naturaleza, a los cuales les debemos respeto y consideración; es a través de la educación que limitamos y domesticamos la capacidad de acción del ser primitivo, irracional y bárbaro que llevamos dentro; es a través de ella que nos hemos ido volviendo --poco a poco y a costa de muchos sacrificios-- seres civilizados.
La información, usada en forma periódica y oportuna, contribuye al buen gobierno de una casa, una empresa industrial, financiera o comercial, una iglesia, un partido político, una hacienda, un sindicato, un centro de estudios, un país, etc. Gobernantes y gobernados necesitan de la información para conocerse, para saber de sus propósitos y necesidades, para establecer las prioridades de su gestión, para corregir los yerros, para ajustar y afinar los programas a desarrollar, para racionalizar las fuerzas y los recursos presentes y por obtener y para crearse confianza mutua en la coincidencia de los objetivos a alcanzar. Un buen gobierno sabe que tiene en la información transparente a una aliada insustituible para disipar dudas y resquemores, para evitar en gran medida interpretaciones antojadizas de sus adversarios sobre su labor e intenciones, y para sumar cada día más voluntades a lo que debería ser un común esfuerzo para la resolución de los problemas que aquejan al país, al Estado y la nación.
Cuando los gobernantes de un país hacen uso de la información en forma sesgada y parcial, o cuando manipulan ésta en función de oscuros propósitos personales o de determinado grupo, no sólo crean desconfianza, incertidumbre, desasosiego e irritación en amplios sectores de la población a la cual están obligados a servir, sino que ponen en serio peligro al régimen, sea éste conservador, socialista, social demócrata, liberal o de cualquier signo económico, social y político adoptado. Es, además del irrespeto hacia los gobernados, que fueron quienes los eligieron y quienes pagan sus salarios, una medida equivocada y torpe, y más temprano que tarde tendiente al fracaso. El problema mayor es que, detrás de tal fracaso, terminan causándole graves perjuicios no sólo al proyecto de sistema que creen defender e intentan establecer al pueblo todo.
Cuando el objetivo principal del partido en el poder es de tal naturaleza que para tratar de alcanzarlo requiere de la alteración de las reglas del juego democrático instituidas, amparándose en una práctica conspirativa permanente para evadir controles y fiscalizaciones, en relación al obligado cumplimiento impuesto por las leyes y las normativas para el ejercicio de los cargos del Estado, estamos en presencia de un fenómeno político de nuevo tipo de carácter negativo; un fenómeno que tiene en la manipulación de la ley en el clientelismo político para mantener adhesiones, en la censura y el control férreo de la información que manejan los funcionarios públicos, en el tráfico de influencias para favorecer a familiares y amigos y en la presión y el chantaje empleados contra los que considera sus adversarios, sus expresiones particulares de hacer política subversiva de la institucionalidad establecida; es decir, un fenómeno antidemocrático que niega el ejercicio político a través del cual, precisamente, llegó al poder el partido en referencia.
Por todo eso, cuando los ciudadanos se encuentren frente a gobernantes que tienen en la práctica del secretismo su peculiar forma de comunicación con ellos (¿?), no sólo deben desconfiar de sus planes y propósitos --reñidos con las prácticas de la democracia moderna--, sino que deben exigirles información oportuna, permanente y transparente en relación con el ejercicio de sus responsabilidades. Si lo que se quiere es desarrollar la incipiente democracia que tenemos para hacerla cada vez más fuerte, grande y permanente y cada vez más participativa, en términos institucionales, se debe hacer uso de los recursos y mecanismos que ella misma ofrece, para tratar de alcanzar ese objetivo. Los gobernantes que se nieguen a ello son sospechosos de abrigar una vocación autoritaria y hasta dictatorial; y de ésos el pueblo ya está harto. Recordemos que el secretismo, en el ejercicio del gobierno del país, si no es estrictamente por razones e intereses de Estado, es muy dañino para la salud del régimen de democracia plena que todos debemos buscar cómo alcanzar, si es que queremos tener verdadero futuro.