Opinión

La lujuria del poder


Al famoso médico y escritor español Gregorio Marañón debemos la biografía: “El Conde-Duque de Olivares, o la pasión de mandar”, que es uno de los estudios más lúcidos sobre las consecuencias de acumular mucho poder.
Utilizando magistralmente de trasfondo la figura del célebre Conde-Duque de Olivares, favorito del rey de España Felipe IV, y el hombre más poderoso de su tiempo, hasta su estrepitosa caída en desgracia, Marañón analiza la psicopatología de quienes se las ingenian para acumular un gran poder personal, del que luego se les hace sumamente difícil desprenderse.
Marañón sostiene que los poderosos se enamoraron de tal manera del poder que “la pasión de mandar” los llega a dominar por completo, hasta el extremo de nublarles el discernimiento, como cualquier otra pasión, transformándose en adicción.
La biografía del Conde-Duque da lugar a Gregorio Marañón para analizar los llamados “tres ciclos del poder personal” (ascenso, acumulación y pérdida del poder), ciclos que indefectiblemente se cumplen en la biografía de casi todos los poderosos que ha conocido la historia.
El hecho de que ninguno escarmiente en cabeza ajena se debe, en buena parte, a esa “lujuria del poder” que los mueve a aferrarse al mando bajo la creencia de que nadie puede ejercerlo mejor que ellos, de suerte que llegan a convencerse de que su presencia al frente de los negocios del Estado es absolutamente indispensable. El país, la nación, el pueblo, según ellos, reclaman su “sacrificio”.
Los ciclos, descritos por Marañón en la introducción de su obra, se vienen repitiendo en el decurso de la historia, así se trate de reyes, emperadores, favoritos, validos, déspotas, dictadores, comandantes o presidentes de república. La pasión de mandar termina por cegarles, hasta que el tinglado se derrumba estrepitosamente y, en su caída, los arrastra junto con todos sus allegados.
En nuestra historia patria es fácil comprobar el acierto de los análisis de Marañón. Para el caso, baste citar los ejemplos del Gral. José Santos Zelaya, los Somoza, etc., que, víctimas de la “lujuria del poder”, se enamoraron del mando presidencial con los resultados por todos conocidos.
Pareciera que en nuestra cultura política está tan firmemente arraigada esa “pasión de mandar” que ha sido preciso establecer preceptos de rango constitucional para combatir esa propensión de nuestros gobernantes, prohibiendo la reelección absoluta, el continuismo y el nepotismo, vicios estos últimos estrechamente ligados al uso y abuso del poder.
Desafortunadamente, son muy pocos los ejemplos en nuestra historia de gobernantes que ejercieron el poder con mesura, con plena conciencia de su transitoriedad, y sin pensar en perpetuarse en él ni en buscar como heredarlo a sus allegados. Estos pocos ejemplos, casi todos pertenecientes al período de los llamados “Treinta años”, contrastan con quienes tan pronto probaron “las mieles del poder” se aferraron a él hasta empalagarse.
Generalmente, los primeros síntomas aparecen cuando el gobernante quiere estar en todo, nombrar personalmente, como si fuesen prebendas, a los funcionarios de menor categoría de los ministerios, decidir sobre lo que debe informarse o no, concentrar la comunicación con la sociedad y hasta intervenir en la asignación de la publicidad gubernamental, irrespetando a sus propios ministros, reducidos al triste papel de simples “amanuenses” del señor Presidente, etc... Ese es el momento en que el poderoso debe superar su “lujuria del poder” y comenzar a ejercerlo con mesura, espantando a los aduladores que suelen revolotear cerca del poder, como moscones deseosos de probar su miel, y que siempre son pésimos consejeros.
Managua, abril de 2007.