Opinión

Un día de gloria y felonías


Entre las innumerables efemérides que las luchas de la humanidad trabajadora por la justicia social han marcado de forma indeleble en la historia universal, la más conmemorada es la del primer día de mayo de 1886, fecha de donde arrancan los sucesos en la ciudad de Chicago, Estados Unidos. El Primero de Mayo es tan celebrado en Nicaragua como ignorado adrede su origen por unos, mientras otros sólo van dejando a flote la idea inicial de la lucha por la jornada laboral de ocho horas, lo que celebran cual rito religioso o fetichista, sin principios.
La causa del desvanecimiento de los orígenes del Primero de Mayo no es de ahora. En los propios días de los sucesos de Chicago, los medios de prensa estadounidenses, las autoridades judiciales, los políticos, la Policía al servicio de los empresarios y éstos directamente fueron los primeros en deformar los hechos. Necesitaron hacerlo, para hacer caer el peso de su justicia sobre ocho hombres inocentes, y tratar de frustrar la lucha por la injusticia social dentro de su sistema de explotación.
¿Qué raro es, entonces, que aquí, como en otras partes del mundo, y a medida que pasa el tiempo, de los sucesos de aquellos días sólo vaya quedando la verdad limitada a la demanda de reducir la jornada laboral a ocho horas? La ocultación de causas y motivos de las luchas obreras de Chicago ha echado su sombra en la conciencia de los obreros celebrantes --y hasta en sus dirigentes--, y muchos piensan que ese día, el primero de mayo de 1886, se produjo la conquista de las ocho horas de trabajo, y que los ocho dirigentes obreros conocidos como “Los Mártires de Chicago” fueron ahorcados el mismo primero de mayo. Ya hemos escrito sobre aquellos sucesos, pero no creo ocioso hacer ahora una breve síntesis.
La lucha por la reducción de la jornada laboral surgió con el mismo sistema capitalista, el cual, por sus limitaciones técnicas productivas de entonces, y bajo el estímulo de la feroz avidez por obtener mayores ganancias, obligaba a los trabajadores --hombres, mujeres y niños-- a producir en jornadas de veinte y dieciocho horas. Después, y a medida que crecía la inconformidad y la lucha de los obreros, las jornadas se fueron “normalizando” en doce y diez horas. Los bajos salarios y las condiciones de trabajo eran bestiales, en el más cabal sentido de la palabra.
Las luchas obreras comenzaron en Inglaterra y Francia, principalmente, en los primeros años del Siglo XIX; por medio de huelgas y afrontando las represiones patrono-estatales, y después, armados con sus organizaciones nacionales e internacionales, la lucha se extendió a toda Europa y Estados Unidos. En este país, la lucha comenzó en 1820, y en 1884, el congreso de la American Federation of Labor decidió emprender la lucha por la jornada laboral de ocho horas, con un movimiento huelguístico a partir del primero de mayo de 1886.
En cumplimiento de ese acuerdo se iniciaron las huelgas en Chicago, y al cuarto día, 4 de mayo, después de tres días de represiones de la Policía, cuando finalizaba un mitin en la plaza Haymarket, un provocador pagado lanzó una bomba contra los policías que vigilaban el acto, muriendo uno ahí mismo y seis más, después. Un pelotón de policías --“ávidos de sangre”, como lo percibió una de las víctimas-- se encargó de matar y herir obreros concentrados en el mitin, en número que aún se ignora.
La maquinaria represiva del sistema se puso en acción, y el 28 de agosto, de los ocho dirigentes capturados y procesados de forma amañada, siete fueron condenados a morir en la horca, y uno a quince años de prisión. Después, a dos les conmutaron la pena por prisión perpetua, uno se suicidó y cuatro fueron ahorcados el 11 de noviembre de 1887. (Algún día publicaremos los discursos de los ocho dirigentes en su defensa, que también fue una acusación contra el sistema que los condenó). La jornada de ocho horas se fue implantando poco a poco en Estados Unidos y Europa, y hasta 1919, después setenta y tres años de los sucesos de Chicago, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) recomendó a los Estados miembros la aprobación de la jornada de ocho horas, pero hubo de pasar muchos años de lucha para que se hiciera afectivo; en Nicaragua se hizo oficial hasta en 1945.
Sólo en los países donde los trabajadores tienen alto nivel de organización se expresan masivamente en esta fecha, en defensa de lo ya conquistado y en pro de otros avances sociales. En América Latina, sólo los trabajadores cubanos se manifiestan en grandes masas en todo el país; seguros de que en su poder y en su voluntad política radica la defensa de su revolución; los venezolanos se manifiestan por consolidar el proyecto revolucionario; y los de países sudamericanos con gobiernos de izquierda se manifiestan por el desarrollo de sus proyectos. En los países en donde prevalecen gobiernos de otro tipo, los trabajadores levantan sus demandas, y con frecuencia son reprimidos por las fuerzas públicas.
En nuestro país, la forma dispersa que se celebra este día es reflejo de la forma en que la influencia patronal y los partidos políticos dominantes han deformado la orientación clasista de los sindicatos, utilizando como sus agentes a dirigentes sindicales burocratizados y cargados de prebendas; entre éstas, diputaciones. Sólo se encargan de levantar tribunas para sus jefes políticos. No es casual que el actual movimiento magisterial no cuente con la solidaridad de los sindicatos.
Fue al final de la segunda década del Siglo XX que los pocos trabajadores organizados comenzaron a conmemorar el Primero de Mayo; en 1935, se libró una lucha ideológica contra la intención de un grupo de líderes mutualistas de adulterarlo como fiesta de la “Flor del Trabajo”; diez años después, en 1945, se celebró este día con la primera manifestación masiva por la calle Colón y la Avenida Central y culminó en la Plaza de la República. Los siguientes años, el gobierno somocista y los agentes patronales dentro de sus sindicatos se apropiaron de la Plaza los Primero de Mayo, obligando al sindicalismo independiente a celebrar en locales cerrados; en 1960 (estimulado por el triunfo de la revolución cubana), se lanzó de nuevo a las calles.
La revolución de 1979 dio la primera oportunidad al desarrollo en libertad del sindicalismo y de convertirse en protagonista de los cambios sociales, pero hechos como la guerra mercenaria, y algo más, frustraron se empeño. Y entre ese “algo más”, se cuenta la desnaturalización del sindicalismo, cuando en la Concertación Económica y Social con el gobierno de la UNO, las centrales sindicales asumieron empresas estatales a través de dirigentes que se hicieron administradores y terminaron convertidos en patronos.
Antes había fracasado el intento de unir al sindicalismo en una sola central, porque los sindicatos sandinistas quisieron mantener su hegemonía, y las otras centrales prefirieron aliarse con los partidos de la derecha; además, los sindicatos sandinistas se debilitaron por causa de que, para preservar la revolución, asumieron su defensa en todo terreno, descuidando los intereses inmediatos de los trabajadores.
Este Primero de Mayo seguramente no se escuchará la decisión de recuperarle el espíritu de clase y la independencia a los sindicatos; pero, con seguridad, llegará el día en que renacerá, y los trabajadores continuarán su lucha histórica más organizada y ellos mejor orientados.