Opinión

La nueva estrategia


Mientras la resistencia iraquí pueda mantenerse, no parece verosímil que la nueva estrategia estadounidense arroje mejores resultados. Un par de miles de soldados más están lejos de completar ese medio millón que según los expertos sería necesario para pensar en una victoria (tampoco garantizada, por supuesto). Además, el Pentágono no tiene de dónde sacar más soldados, como no sea volviendo a la leva obligatoria, un asunto de consecuencias sociales catastróficas si se dan por buenas las encuestas que arrojan un rechazo generalizado entre la población al envío de más hombres al campo de batalla.
Menos claro es el objetivo de trasladar un peso mayor de las responsabilidades al actual gobierno de Maliki (“iraquizar” la guerra). Éste no tiene ni poder político ni fuerzas militares suficientes, como tampoco condiciones para llegar a tenerlas. Una ofensiva contra los radicales (tanto del chiísmo como de los suníes) podría, inclusive, propiciar lo que por ahora parece impensable: la unión de esas dos comunidades, quitando a los invasores una de sus mayores ventajas, como es la guerra entre etnias; el enfrentamiento por motivos religiosos que alimenta buena parte del caos y en cuyo fomento muchos creen ver la siniestra mano de los servicios secretos de Occidente y de Israel. Y evidentemente de Al Qaeda, que con su estrategia de terrorismo fundamentalista hace el juego a los intereses del invasor.
Amenazar de manera más directa a Irán y Siria no desdeña los consejos de la Comisión Baker si el objetivo es crear mejores condiciones para preparar un arreglo y ganar en la mesa de negociaciones algo de lo perdido en el campo de batalla. Pero en todo caso, lo más probable es que en dicho acuerdo Estados Unidos tenga que reconocer los intereses de Irán (¿incluido el derecho a la energía nuclear?), y poner fin a las hostilidades contra Siria, algo que exige un reordenamiento general de las relaciones con los aliados árabes de la región y sobre todo con Israel. Y no precisamente para darles nuevas ventajas, sino para exigirles sacrificios (sobre todo al sionismo). Pero si por el contrario, y como algunos temen, se prepara contra Irán una ofensiva de tierra arrasada como la empleada en Irak o Afganistán, las posibilidades de cambiar las cosas con esta nueva estrategia del Pentágono son aún más inciertas.
Estados Unidos hubiese podido emplear métodos menos torpes contra Sadam Hussein. Un envenenamiento oportuno que no dejase huellas, un golpe militar debidamente preparado, algo fácil para expertos en la materia como los estadounidenses, o sencillamente una guerra por interponer mano, como hacen con tanto éxito los europeos en sus antiguas colonias africanas.
Pero los estrategas del Pentágono calcularon mal sus propias posibilidades, se llenaron de arrogancia y ahora no saben cómo salir del atolladero, un error que en manera alguna puede endilgarse a Bush y su equipo en solitario, pues en tan descabellada decisión contó con el cerrado apoyo de todos en su país y de no pocos gobiernos en el extranjero. Sólo ahora, y por razones de oportunismo político, los demócratas y hasta algunos republicanos se rasgan las vestiduras y claman al cielo pero sin ofrecer alternativas creíbles. Sólo un parlamentario demócrata se opuso en medio del griterío patriotero que desnudó tantas cosas. Ni los medios de comunicación que se dicen tan objetivos e independientes pueden ahora negar que apoyaron sin fisuras esta aventura criminal. Ahora crecen las voces en contra de la nueva estrategia de Bush pero nadie ofrece la fórmula para ganar la guerra de otra manera; nadie quiere reconocer que Estados Unidos la ha perdido y que sería más inteligente buscar la salida menos vergonzosa posible (en parte, es lo que sugiere la comisión Baker).
Sin embargo, algunos de los objetivos que se perseguían desde el comienzo se han alcanzado. La estrategia de destruirlo todo deja un Irak irreconocible, inviable, del cual se marchan en cuanto pueden las gentes con mayor educación y medios (dos millones largos de refugiados en los países vecinos). Una táctica de destrucción masiva que han empleado con éxito los sionistas en Palestina y en menor medida en Líbano. La idea no es otra que someter a la población mediante el descabezamiento de su elite política, la destrucción sistemática de las infraestructuras y la economía y la violencia ciega, indiscriminada, como respuesta a cualquier señal de descontento. La vieja táctica criminal de represalias del “mil por uno” que practicaron Japón y los nazis en la Segunda Guerra Mundial y que con tanto entusiasmo utilizan los sionistas contra palestinos y libaneses, es la misma de las tropas ocupantes en ciudades como Faluya, reducida a escombros como represalia por la muerte de cinco marines en una emboscada de la resistencia. Preguntado acerca del carácter tan indiscriminado de los asesinatos en Argentina, un general dijo --palabra más palabra menos-- que si entre cien muertos había algún comunista, la muerte del resto estaba justificada. Era el precio por salvar la democracia.
En el objetivo de hacer inviables como estados a Irán y Afganistán, los agresores han tenido éxito. También hay que reconocerles que las alzas impensables del precio del petróleo como resultado del conflicto han permitido ganancias fabulosas a las multinacionales del ramo, así como enormes dividendos para las empresas bélicas que han hecho su agosto en estos tres últimos años.
Las multinacionales de la reconstrucción (el necesario complemento de la estrategia de destruirlo todo) tendrán que esperar un poco, pues la mínima y necesaria estabilidad que requieren los negocios no se consigue por ahora, y con la nueva estrategia de Bush tal objetivo es apenas una ilusión que bien puede desvanecerse. En eso sí han fallado los invasores, que no han logrado asegurar una mínima estabilidad administrativa y han fracasado en la tarea de ganarse a la población. Y precisamente en este punto es donde la estrategia vieja o nueva del Pentágono tiene su talón de Aquiles, pues sin el apoyo o al menos la neutralización de la población, la resistencia local puede anular la enorme desventaja tecnológica, el enorme poder del invasor y someterlo a un acoso permanente, al desgaste y la desmoralización, como condiciones previas a su derrota final.
Sin duda, Estados Unidos tenía otras alternativas para defender sus intereses en aquella zona, pero las agotó con la invasión ilegal de Irak. Nada hace prever que con la nueva estrategia las cosas vayan a ir mejor. Tampoco parece probable que se vaya a reconocer la derrota militar con la salida precipitada de sus tropas. En consecuencia, los Estados Unidos se verán inmersos en las arenas movedizas de la resistencia popular iraquí, cada vez más débiles y abocados a negociar a la baja cualquier arreglo futuro. A los gringos les ocurre en esta guerra como a los malos jugadores, que según el proverbio chino: “Entre más juegan, más pierden, y entre más pierden, más juegan; y así hasta perderlo todo”.