Opinión

Irreality show


(Desde Barcelona)
UNO. Recuerden, sucedió durante los primeros días del Tercer Milenio: el primer sello del Apocalipsis se abrió, se supo que los profetas Andy Warhol y Philip K. Dick tenían razón, y entramos de lleno en la era de la irrealidad. Y primero Gran Hermano y enseguida todos sus derivados se derramaron por la superficie del planeta como una octava plaga bíblica y catódica. Así, los anónimos fueron conocidos, lo privado fue público, lo espontáneo fue trama o tramoya, y ya nada volvió a ser lo mismo. Y ser expulsado de la casa era ser expulsado del paraíso. Bueno, no tanto. Porque al salir descubrían que eran famosamente infames o infamemente famosos, o como se llamara eso en lo que se habían transformado.
DOS. En un futuro próximo, supongo, existirán residencias geriátricas y cementerios (y hasta barrios y ciudades y, por qué no, todo un atolón en el Pacífico) donde irán a dar con sus carnes y huesos todos los ex concursantes de estos programas en los que conocieron la traicionera fama de ser ellos mismos sin hacer nada, pero esa nada elevada a la millonésima potencia. Porque -–además de kilos-– la televisión aumenta taras y pecados. La televisión es nuestro eléctrico retrato de Dorian Gray ejerciendo un nada remoto control sobre la programación de nuestras vidas. Volviendo a lo del principio: estoy seguro de que la llegada de Gran Hermano y afines fue un punto de inflexión secreto, pero trascendente en nuestra Historia. Pensarlo un poco: a partir de entonces -–cuando la televisión supuestamente se volvió verité–- a la realidad no le quedó otra, para poder competir con eso, que irrealizarse. Así, enseguida, el más grande reality show jamás emitido en tiempo real invadiendo todas las pantallas del planeta aquel 11 de septiembre de 2001. Y eso fue sólo el principio, y nuestros días y noches y trasnoches se fueron volviendo más y más bizarros hasta llegar a este presente con Bush asegurando que tiene la clave para ganar algo, el clima cada vez más imprevisible y ciclotímico, Condoleezza Rice –-con gramática de azafata de acero–- admitiendo que “hemos enviado a mucha gente por todo el mundo”, refiriéndose a los vuelos secretos y torturadores de la CIA; ETA asegurando que mantiene el alto el fuego a bombazo limpio, y mucha gente convencida de que Penélope Cruz es una gran actriz y que Bono es un humilde santo que sólo piensa en los demás.
TRES. Fue entonces cuando Gran Hermano y su familia -–comprobando que la vida real le presentaba batalla-– mutó a numerosas variables virósicas: dejar tirados a los concursantes en una isla, a merced de Donald Trump, construyendo su propia casa, adelgazando hasta el delirio, dando a luz en cámara, siendo acosados por ninfas y sátiros frente a sus propias parejas, lo que sea. Y, por supuesto, no tardó en diseminarse la cepa más oscura y contagiosa de todas: stars como Britney Spears y “famosos” normales de segunda o tercera fila (o gente que alguna vez había sido más o menos reconocida por la calle) lanzándose famélicos sobre su ración de reality y enloqueciendo aún más nuestro paisaje: antes nos intrigaba saber cómo era en la intimidad la beautiful people de la televisión, a dónde iba y qué hacía al salir del aire. Ahora, de pronto, podíamos ver exactamente eso por televisión. Lo mejor de ambos mundos, de ambos infiernos y hasta las series de ficción aprendieron del asunto: Lost (esa mezcla de La isla de la fantasía con sueño de David Lynch después de una comida pesada) o 24 (tan apasionante como siniestra apología de La Ley actuando fuera de la ley) toman prestado y roban premisas reality: la historia pasada de los aislados conociéndose a medida que avanza el “concurso” sin reglas claras, el falso tiempo real, la trumanesca sensación de que, detrás de todo, hay otra vanguardia que apenas intuimos. The Office, Extras y, muy especialmente, The Comeback y Curb your Enthusiasm son reality-sitcoms en los que la gracia de los gags pasan más por el desarrollo que el remate. Como en la vida.
CUATRO. Y superado el escándalo racista en el Gran Hermano británico, el domingo pasado me puse a ver la nueva gran espora ibérica: Unan1mous -–con un 1 en lugar de la i, ya probado en EU–- es, tengo que reconocerlo, la versión más perversa y sabrosa del monstruo. Novedades, particularidades: los nueve concursantes, luchando por un millón de euros, no tienen noción alguna del afuera o del paso del tiempo. Allí, en el búnker, son ellos mismos quienes, por unanimidad, deben decidir quién se lleva el botín. Con cada votación en la que no alcanzan un acuerdo total, el pozo disminuye un poco, no pueden pactar para repartirse los billetes, y lo más bestial de todo: los eliminados --por ellos mismos-- no abandonan el lugar sino que permanecen ahí adentro, sabiendo que no tienen oportunidad alguna, pero más que dispuestos a molestar e intrigar a los otros que no dejarán de mentir sobre sus motivos para haber entrado y necesidades para llevarse la platita. Entre ellos, un hallazgo: el inevitable concursante argentino, Gustavo Rodríguez, que todo reality español parece obligado a tener. Gustavo –-una especie de clon imperfecto de Adrián Suar–- habló de traerse a su padre con cáncer y de lo caro de los tratamientos para, acto seguido, en sala insonorizada, de frente a la audiencia y periodistas y faranduleros en el plató, afirmar que lo que dijo no era del todo mentira, porque hacía ocho años que no sabía de su padre y quizá se esté muriendo, ¿no? Un bloque después, Gustavo lanzó el siguiente teorema: “Si tienen culo, no tienen tetas; si tienen tetas, no tienen culo, y si tienen tetas y culo, no tienen cerebro”. Enseguida, acusado por una participante con culo y tetas, de hablar todo el tiempo y enredar con palabras, Gustavo, ofendido, se defendió: “A vos lo que te molesta es que yo tenga temario”. En estudios centrales, un especialista veterano de varios realities adelante o detrás de cámaras, dictaminó: “Los argentinos tienen una capacidad para saberse vender que los europeos no tenemos”. Mientras tanto, en el búnker, Gustavo interrogaba a sus camaradas -–una actriz de telenovelas colombiana, un acompañante de señoras, un jugador de póquer, un guardaespaldas en el País Vasco y una recolectora de residuos que en su juventud asaltó 35 bancos, una almodovariana teleoperadora-– con los bracitos cruzados sobre el pecho, meciéndose sobre sus talones, diciéndoles que no les creía nada y que le enseñaran evidencias de lo que contaban.
Habían pasado dos horas y faltaban dos horas más, pero yo -–cerebro sin tetas ni culo-– me fui a dormir. En alguna parte, Jack Bauer picaneaba a la realidad exigiéndole que se le ocurriera algo todavía más irreal, pronto, ya, para después de los avisos.